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DOS POETAS EN CASA

Por Luis Sexto

Dos poetas tocaron casi a la par en mi puerta. Llegaron por medios indirectos: en conserva, comprimidos, empapelados. Y además de haberlos atendido en la sala de casa, les daré más cordial, tal vez más cabal, cumplimiento en esta columna, prolongación periodística de mis afectos y secretos.

No es muy fatigoso aprehender este misterio de visitantes virtuales. Recibí sus últimos libros. Y quién que recibe un libro no acoge también a un hombre o a una mujer. Los leí en mi sillón habitual. Uno después del otro, sin que el orden implicara una preferencia. Me explico. No los leí en retahíla, compitiendo con el reloj. La poesía –y dudo que alguien no lo sepa- es lectura morosa, degustable en la pronunciación en voz alta de los versos más sugestivo, o en la relectura inmediata del poema más rotundo, tierno, armónico.

Lo que puedo asegurar ahora es que leí poesía. No su remedo picoteado en renglones irregulares, envuelto en subterfugios librescos. La poesía, si no un misterio, sigue siendo una escurridiza definición. Nadie la ha sometido para siempre a un concepto inalterable. Muchos lo han pretendido desde cuando el abate Brémond echó a la mesa redonda de la Academia Francesa –si mi memoria no confunde los datos-, una pregunta capciosa: “¿Qué es el fin la poesía?” Y podríamos hilvanar una útil cuanto curiosa colección de aproximaciones, pasando obligatoriamente por aquella del fino Gustavo Adolfo Bécquer de “poesía eres tú”. Prefiero, entre tantas, una que emitió el investigador y académico ecuatoriano Miguel Sánchez Astudillo en su ensayo ¿Qué es al fin la poesía? Es –definió- la “expresión de lo más humano del hombre”. Expresión que no incluye la sonoridad hueca, la palabra convertida en una cañabrava florida.

Y tal vez sobra decir que lo más humano del hombre late, respira en los libros de estos dos poetas de los cuales empecé a escribir: el colombiano José Luis Díaz Granado y el cubano Luis Lorente. Lo más humano del hombre: la ternura, la sinceridad, la conciencia adolorida, la nostalgia, lo perdido, el deseo inasible. Todo ello se nos aparece al leer Colombia ausente, y Esta tarde llegando la noche, premio del penúltimo concurso de la Casa de las Américas.

Díaz Granado, a quien leemos los domingos en el semanario Orbe de Prensa Latina -en Colombia es reconocido periodista, poeta y narrador-, escribe, siente, los tironeos de la patria distante. Habita en el exilio. Y para el poeta el exilio es “…un amor de locos/ muy sereno, muy cuerdo.”  Y hurgamos en su desgarrón de desterrado, porque “Cada mañana cuando despierto dibujo/ mi casa, calle mía, mi amigo, te estoy viendo:/ mi cerro de postal cincuentenaria…” Garabatos que murmuran y repiten que el exilio “Es una camisa prestada/ que nos queda grande/ o chica,/ pero nunca a la medida”. Y luego rectifican: el poeta ha nacido “otra vez, no hay tierra ajena”.

Los poemas de este libro de Díaz Granado fluyen en un espíritu doméstico, coloquial o soliloquial, con la certidumbre del que va dejando su más humana pobreza en las palabras que le traen la riqueza de estar vivo. En lo hondo.

Luis Lorente, en opuesta situación, vive en su tierra. Pero también en su libro se huele el “exilio” habitual del poeta. Los recuerdos, los sueños invocan otra tierra, tal vez la última tierra del que se va quedando cada día en lo que fue. Las cartas que el poeta recibe “versan sobre la apoteosis/ que hemos vivido juntos estos años/ en medio de la niebla inconfundible/ y el fuego aquí en los ojos dibujado.” Vuelve atrás. “Una masa de aire comienza a transcurrir/ de tarde en tarde y de nostalgia muero./ El noble dinosaurio, guardián de los tesoros/ de la casa me mira padecer sentado/ al lado de la puerta abierta por donde ayer pasó…” Y ve el poeta “cómo los años caían una noche/ sobre ti, sobre mí, sobre los techos/ que fulminan las aguas, sin precaución,/ sobre la faz del breve mundo nuestro.”

Ambos poetas –creo que no se conocen personalmente- llegaron juntos a casa. Uno, como Díaz Granado, con una música más velada, subterránea, y Lorente más insular, más abierto, más rítmico en su diversidad estrófica. Ambos arden en la misma fogata interior. Queman. Y ambos son poetas, porque, a más de expresar lo más humano del hombre, de todos los hombres, usan una voz única y distinta. Como si cada garganta fuese la del primer día del mundo.

 

 

05/09/2009 18:22 Luis Sexto #. Crónicas



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