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UN HUECO EN LA PARED

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Por Luis Sexto

Escribir libera, justifica. O ¿acaso no he procurado yo, anónimo escribidor, en tantas notas, cartas, diarios, crónicas personales, en tantas referencias a mi itinerario existencial, el modo de descargar la pasión que ningún evangelista ha narrado?

 He sido un “Cristo” que se ha erigido a sí mismo como su hagiógrafo. Hasta un epitafio sobre mi sepulcro podrá salvarme del anonimato.

A los 20 años empecé a escribir un diario íntimo que tres meses más tarde interrumpí en una resolución sumarísima. Un amigo me atizó la duda al decirme que uno comenzaba escribiendo las cosas que le sucedían y terminaba inventando las cosas que escribía. Como en un tránsito estupefacto hacia la novela de sí mismo: la autoficción.

 Aquella noche deduje que el hombre que habla con el hombre que consigo va, como en el verso de Antonio Machado, no podía perecer por la baba de una ingobernable tendencia al mito. Yo solo pretendía entonces estampar en la libreta la verdad de mi circunstancia interior. Y para no contaminarla de artificios trunqué mis notas en una fecha que puedo confirmar: 11 de octubre de 1966.

Admito que exageré. Y acepto también que el impulso mixtificador de cuantos escribieron o escriben un diario, quizás provenga de la intención o se contenga con ella. Si  uno lo escribe con un afán profesional, para publicarlo alguna vez, o calculando que al futuro le interesará, puede vaciarse cautelosamente, restando o sumando en letras finas lo conveniente o lo inconveniente, lo útil o lo bello; o si los emborrona para pulir el espejo de la propia conciencia, lo único que le importa es la indivisible verdad personal; o, simplemente, si lo lleva como un jugador sus cuentas, tratando de justificar el tiempo perdido, tal vez sea pueril, intrascendente, o imaginativo. Pero las intenciones, múltiples y confusas, suelen escurrirse ante el yugo del análisis. ¿Cuál habrá sido el móvil de Ana Frank, la adolescente que compuso un documento donde el candor y la madurez compiten en un testimonio insobornable sobre la maldad del nazismo? 

A pesar de las aprensiones, me seduce leer la prosa lírica de los diarios íntimos, verla develar las tarjas secretas de la personalidad, o desenmascarar las opiniones más recónditas sobre los acontecimientos o las personas y personajes que te cercan e influyen. El Diario íntimo del Amiel me encaló la conciencia con un blanco nebuloso, reconcentrado, sintético, propiciador de excavaciones en los sótanos del espíritu. El de Thomas Merton, el monje escritor, me trasmitió la nostalgia por el fervor del silencio y la meditación, convenciéndome que existen valores éticos más humanos que el placer o el acomodamiento. Y el Diario de León Bloy, uno de los raros escritores franceses que Rubén Darío describió en su libro llamado así: Los raros, me mostró cómo resistir las cornadas de los prejuicios, el abatimiento, la mentira y, sobre todo, cómo defender el propio criterio con honradez, aunque uno quede sin zapatos y sin estómago.

Las páginas de mi diario, sin embargo, me abochornan. Después de tantos años de haber aprendido a discernir la distancia entre escribir un diario y escribir para un diario, me aterra repasarlo. Lo redescubro en una posición demasiado tartamudeante, planchada, acusando la vocación de un aprendiz de escritor que no precisa de qué lado sopla el silbido de los sueños. Recuerdo, en mi descargo, que necesité llevar el diario como un purgante. Atravesaba el desierto familiar –casi todos se habían ido al extranjero- y el amor primerizo y puro –puro por primerizo- también emigraba dejándome intactos los ahorros de la boda. Ahora, al reencontrarme en esas páginas, sonrío un tanto contra mí mismo. Todo pasa, menos las cicatrices que identifican lo vivido.

Saliendo de mi órbita, puedo aceptar que las prosas íntimas, plagadas de recuerdos personales, de vivenciales episodios suelen suscitar el interés mayoritario de los lectores. La idea quizás no sea mía, pero la sostengo porque parece convencernos: nada interesa tanto  a un ser humano como otro ser humano. Lo anónimo, lo excesivamente objetivo, no suele atraer tanto como las páginas donde haya lirismo, descarnada primera persona en el salto mortal de una a otra peripecia.  El secreto de los libros perdurables radica en la mayor carga de participación vital del autor, aunque trate de personajes que no se le parezcan, ni con él se relacionan. Interesa sobre todo la desgarradura humana recortada sobre la época que, esbozada con la connivencia emotiva del escritor, cobra una atmósfera de veracidad de la que suelen carecer las cronologías. 

Los libros de memorias, en su acepción más general, tal vez obedezcan a una voluntad de dar testimonio, a un propósito un tanto obsesivo de enfatizar el “he vivido” que toda criatura proclama en su misma existencia. Quizás también se escriban memorias con el ánimo solidario de advertir, enseñar la ruta a cuantos vienen detrás. O como confesión pública para explicar y justificar porqué, el que evoca sus actos, procedió de esta manera o de otra, de modo que el recuento ejerce de justificación y lavado de la conducta. Quién puede, en definitiva, precisarlo. Se escriben y se publican memorias, y lo indubitable parecer ser el hecho de que componen, hoy como ayer, un género de moda.

Todo el que escribe sus memorias o su diario, está seguro de que pueden interesar. Y aunque el memorialista, como el auto de diarios íntimos, escribe sentado sobre la roca solitaria, y a veces desolada, de la autocontemplación, intuye que el método breve y tajante que recomendaba Virgina Wolf –conocer para quién se escribe para saber de qué se escribe- prefigura la fórmula mágica de transformarse en Capitán Maravillas o tocarse con el turbante del genio de la lámpara.

Acabo de leer las memorias de María Teresa León, muchos años después de haber leído La arboleda perdida, de Rafael Albertí, el enamorado compañero de María Teresa. Y me-cómo decirlo sin que elija un lugar común del diccionario-, me ha… ¿cautivado, seducido acaso? Cualquier situación da lo mismo: indica la del lector prisionero de la atmósfera y el estilo con que la escritora recuerda la Memoria de la melancolía y reconoce que los años pasados en la guerra, en la república española de los 30, fueron sus años felices, los más plenos de plenitud juvenil, sin que ese explícito reconocimiento suponga darle la razón a Jorge Manrique y su clásico y popular verso de “todo tiempo pasado fue mejor”, aunque en la forma lo confirma con esa prosa minuciosamente compuesta dedo a dedo, hilo a hilo dorado. ¿Por qué será que el bien perdido y nunca recobrado es el más exaltado, añorado?  ¿O será caso verdad que solo lo que perdemos comienza a ser verdaderamente nuestro, como dijo Borges aludiendo a algún filósofo oriental? ¿O tendrá razón Giovanni Papini al decir que la poesía se salva por la pérdida y la ausencia? En esa relación de vaciedad halla su gruta lo más humano de esas evocaciones melancólicas.

Del Quijote, según este modo de ver, nos seduce superlativamente la angustia del viejo don Alonso Quijano que pretende trascender mediante la locura de los libros la poquedad de su aburrida existencia. En ese conflicto –tan parecido a los nuestros- se tornasola la savia que atiza la perdurabilidad en la historia del ingenioso hidalgo. Esa es la hechura de humana carne, la réplica, la catarsis de Cervantes, cautivo y lastimado soldado del rey en guerras contra moros, hambreado recaudador de impuestos, mohíno aspirante a viajar como burócrata al Nuevo Mundo. Pobre, pobre genio que inventó su modo de hacerse compensar cada una de sus frustraciones, convirtiendo los caminos de España en un manicomio. El loco es solo la versión tragicómica de un hombre obsedido por la imaginación trascendente. Al menos mi simpatía se entretiene en torno a la cama del anciano lector enfebrecido por apurar los trancos castellanos de la inmortalidad mediante la aventura demente y bienhechora.

¿O qué podríamos decir sobre Teresa de Jesús, en lo civil Teresa de Cepeda y Ahumada? Quizás lo mismo. El libro de su vida,  su “castillo interior”, “sus moradas”, esa desenfada crónica íntima de una mística, hace por la edificación de los lectores más que mil sermones. La monja carmelita alude a sí misma con la naturalidad de quien asume una vida superior sin quitarse el delantal de la cocina o los arreos de la labranza. Exagera –lo sabemos- cuando se confiesa autora de perversos actos, “pues ya andaba mi alma cansada y, aunque quería, no la dejaban descansar las ruines costumbres que tenía”. Y no podemos reprochárselo. Escribe de sí misma, porque ella compone, arriba y abajo, afuera y adentro,  la ciencia que más conoce y por tanto puede halar a la superficie su poquedad humana a través de la lente de su humilde autocrítica. Es de sí misma de la que más necesita hablar. En ese impulso puja también, junto con la perfección cristiana, la vocación de la ensayista que desbroza los fundacionales canales del ensayismo hispánico convirtiéndose en sujeto y objeto de su literatura.  Por ello la vemos tan cercana, tan vecinal mujer parladora que a tantos convoca y convence con  sus coloquiales  confesiones autobiográficas.

Desde mediados del siglo XX,  una tocaya de la española, la albanesa Madre Teresa de Calcuta escribe cartas para hallar, en la confidencial conversación del correo, cuanto cree que le falta. Y comenzando el XXI nos sorprende después de su deceso con sus secretos más íntimos, tan asombrosos como sus 50 años dedicados a servir a los más pobres entre los marginados. Mother Teresa: Come Be My Light (Madre Teresa: ven y sé mi luz), de la editorial Doubleday, se fundamenta primordialmente en cartas que la monja dirigió a  sus directores espirituales, quejándose de la aridez y la soledad de su espíritu y de las dudas contra su fe.  No me parece que la monja más popular del último siglo venga a dar la razón  a los que no creen o a los que intentan convertir su vida en una plataforma de saltos para el placer y la indiferencia, al contar, por obra de uno de los postuladores de su causa de beatificación, según la revista Times, su apagada y a la vez turbulenta vida interior. ’’El silencio y el vacío son tan grandes que miro pero no veo, escucho pero no oigo, la lengua se mueve pero no habla’’, confesó en una carta a su entonces asesor espiritual, el reverendo Michael van der Peet, a principios de 1980. Solo tuvo paz desde 1948, cuado inició su faena de caridad, unas cinco semanas en 1959, admite sor Teresa. Al leer el libro muchos nos percataremos de la hondura de los misterios del alma humana y nos asombrará cómo la abnegada religiosa aceptó su destino con disposición  a “sufrir (...) toda la eternidad, si eso es posible”. Tampoco nos extrañará que la eficiente dispensadora de caridad evangélica ceda relevancia a la mística que, en contra de la tradición más usual, no derramará deliquios del amor ágape, sino quejas y sequedad de hija abandonada.

De Agustín, el obispo de Hipona, nos atrae por sobre toda su obra de teólogo y polemista, Padre de la Iglesia, un título muy personal: Confesiones. Quién que sea culto, aunque no creyente, ha pasado sin detenerse a repasar ese libro –que alguien sustrajo de mi casa y porque supo elegir el objeto de su hurto lo respeto y excuso. Libro donde  un hombre enumera sus miserias en actitud de grandeza, porque las cuenta desde la humildad, la sinceridad y el buen humor. No retuve una sonrisa cuando ingenuamente el pecador Agustín quiere soltar los viejos vestidos de una moral sin reglas y pide: “Concédeme Señor, castidad y continencia, pero no ahora mismo.” Y al admitir que reclamaba un plazo mayor para seguir, desde luego, en aquello tan humano que tanto le agradaba, el teólogo se nos aproxima enteramente poniéndose al par de nosotros mientras se desnuda.

Existen confesiones que superan la obra por precisa y preciosa que resulte. No me inclino hacia una preponderancia de lo religioso, pero es en este terreno donde uno topa con los hechos más reveladores e insólitos. Conmueve la vida de Cristo del poeta y sacerdote español José Luis Martín Descalzo. Culta, contemporánea y convencida visión de Jesús de Galilea. Pero más me conmueve, más me gusta ese prólogo donde el autor cuenta cómo su escritor predilecto, su maestro Georges Bernanos, se propuso, bajo un rapto de fe durante una enfermedad en 1948, abandonar todo otro proyecto y escribir su vida de Cristo. Murió, sin embargo, pocos días después. Y el joven Martín Descalzo, inspirado, decidió  aplazar toda obra cuando cumpliera 60 años y aplicarse a componer  “su vida de Cristo”. Pero con el tiempo comprendió que tal vez él no alcanzaría a vivir 60 años, y se empeñó en el libro soñado, no fuera a pasarle igual que al autor del Diario de un cura rural. La escribió en tres tomos. Y lo que siguió Martín Descalzo no lo cuenta –no puede-; lo decimos los lectores: murió, en efecto, luego de concluir su cristiana biografía: a los 60. Con ese dato el libro irradia un valor personal más auténtico que si el autor permaneciera entre los vivos. En el prólogo estaba la fractura humana que para siempre nos hace participar, solidariamente, de la obra.

Quizás halle desacuerdo en esta opinión; no obstante,  es solo una opinión. Y me atrevo a creer que cualquier literatura  donde los diarios íntimos, las autobiografías, las memorias, las crónicas de remembranzas sean escasos o poco plausibles o reprobables, carecerá del sustrato sensible que estimule los canales de las experiencias más acendradas, y en su lugar discurrirá  el predominio de la banalidad. Lo menos humano del Hombre. O tal vez esas páginas interiores no abunden porque cuanto tengan que confesar los escritores sea… inconfesable.

Habrá quien suponga que la literatura intimista rehúye el compromiso social del escritor. Tal vez, a mi parecer, afinque el compromiso humano de lo escrito desde el más  soterrado de la conciencia. Los libros y los textos personales son como un hueco en la pared, o la cerradura antigua que nos permite, a través de su ojo, entrar en habitaciones ajenas. Quien escribe de sí y de sus cosas, se purifica, se limpia, descarga el peso de una existencia que no se resigna a la nulidad.  Y derivando en una campaña de redención, se explaya hacia fuera, contagiando, llamando, ejemplarizando la aventura  única y plural, vieja y nueva, de la mayor conquista humana: “lo interior”. Lo empuja un fervor artístico, tan próximo a lo divino: reparte la vida. Y en estas operaciones íntimas de la expresión literaria, la vanidad no interviene. Porque si diarios, cartas, memorias, crónicas y autobiografías fueran bacinillas de egocéntricas micciones nocturnas, qué seríamos nosotros sino visualistas empedernidos, noctámbulos rondadores de cualquier rendija ajena. Y qué es peor, como diría otra monja,  Juana de Asbaje: pagar por pecar o pecar por la paga.

 

 

28/05/2009 20:39 Luis Sexto #. Literatura



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