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LA OBRA DE LA VIDA ES UNA QUIMERA

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Por María Luisa García Moreno

Entrevista a Luis Sexto, Premio Nacional de Periodismo “José Martí

Luis Sexto es ese periodista-escritor buscado por los lectores en las páginas de cualquier publicación. Su firma resulta una de las más atractivas de la contemporaneidad cubana, tanto por esa capacidad de decir “al pan, pan y al vino, vino”, de reflejar en sus palabras las ideas de muchos, como por esa prosa exquisita de la cual hace gala. Es, sin duda, una de las figuras más verticales e incisivas del periodismo de estos tiempos. Ahora que ha recibido el más alto reconocimiento de la prensa cubana, la Casa Editora Abril conversa con Luis Sexto con el fin de conocer un poco mejor al hombre y sus motivaciones 

Acaba de recibir el Premio Nacional de Periodismo “José Martí” por la obra de toda una vida de servicio activo desde la trinchera de la palabra oral y escrita. ¿A quiénes recordó en ese momento?, ¿quiénes son las personas que han contribuido profesional o espiritualmente a que usted sea el periodista de excepcional calidad que es?

Tal vez lo que resulta de excepcional calidad sean mis propósitos de alcanzar una alta calificación en el ejercicio del periodismo. No me sonrojo al decir que me he entregado, sin condiciones, a mi vocación. Ese es mi mérito. Ahora bien, respeto el criterio de la entrevistadora y de otras personas. Cuando de pronto, sin estar habituado, uno se halla braceando en una mar de reconocimientos,  se confunde, duda y teme no ser de verdad digno. Pero me consuelo cuando viajo al pasado y empiezo a recordar a tanto amigo célebre que me auguró ese futuro que es hoy presente. Son muchos. Si no soy mejor, es por mi incapacidad para hacer fructificar el poco talento con que nací. Claro, no soy responsable de mis dotes, pero sí de no haberlas empleado con más eficacia. Pienso, pues, en José María Chacón y Calvo, que me enseñó la diferencia entre la palabra que empacha y la que se subordina al buen gusto; en Waldo Medina, que me recomendó que nunca desdeñara un espacio por mínimo que fuera; en  Dora Alonso, que me hizo ver que la autocrítica excesiva conduce a la esterilidad; en Enrique Pichardo, hombre sin fama, pero tan agudo que era  capaz de enmendar la plana de cualquier sesudo con una pregunta o una tímida observación. Y pienso en mi madre, Elda, que cuando yo era aún adolescente y ella vio mi vocación me animó diciéndome que sería mi secretaria cuando fuera famoso. Y en mi padre, Manolo, el obrero, el hombre sin letras, pero con el corazón diplomado en el amor y la cordialidad, que me trató siempre, aun desde niño, como un ser importante. Y pienso —excusen lo de patética que pueda resultar esta referencia— en mi difunto hijo menor, Víctor Manuel, que, siendo muy pequeño y yo aún un aprendiz, me dijo sentado sobre mis piernas mientras yo tecleaba un artículo: “Escribe duro, papá”. Y presente tengo a mi hijo mayor, Luis Felipe, que ha compensado todas las pérdidas: ha sido mi más reluctante y zahorí crítico; mis ideas se han depurado en la discusión, a veces apasionada, con su juvenil y madura lucidez. Y pienso, y doy gracias a mi esposa, Zenaida; ella ha garantizado mi retaguardia para que yo llegara, al fin, a ser un periodista y un escritor aún en cierne.

 

¿Recibir el Premio significa que, tras 40 años de labor, llegó al fin a la cima?

¿Se llega alguna vez a la cima? ¿Cuándo estamos en el pico propuesto y miramos arriba no nos seduce alcanzar el cielo? ¿No nos sentimos tan pequeños como la cabeza de un alfiler? Qué es la cima si no una altura relativa. Elio Constantín, otro de mis maestros, me dijo un día, siendo yo aprendiz: En este oficio del periodismo, el que cree que ha llegado, todavía  no ha arrancado. Repito: el Premio “José Martí” me ha beneficiado a tiempo para percatarme de que cuanto me resta de vida útil debe ser dedicado a tratar de merecerlo. La obra de la vida es una quimera: suele quedar corta.

Durante todos estos años ha ejercido un periodismo de opinión caracterizado por su honestidad y valentía. ¿Qué importancia concede usted a la labor que la prensa puede desarrollar en la Cuba de hoy?

Honestidad y valentía ha dicho. Y no de otra manera se ejerce el periodismo.  A 40 años de haber publicado mi primer artículo, repaso mi ejecutoria profesional y me doy cuenta de que la ética también es un aprendizaje lento. No he sido valiente en todo momento; alguna vez fui pusilánime. Y quebré la honradez plegándome a intereses seudopatrióticos pues, desde luego, no podían servir a la patria si eran deshonrosos. Y guardé silencio. Ya ve, desde “la cima” uno ve con más amplitud todo cuanto dejó de hacer o hizo mal. Ahora bien, he llegado a mis 63 años de edad convencido de que una sociedad sin prensa, sin una prensa que ejercida como instrumento autónomo de la conciencia crítica, se corrompe desde adentro. Este, ya parece claro, es el mayor riesgo de la sociedad cubana.

Simultánea a las tareas de periodista ha llevado la docencia.

¿Qué recompensa supone para usted esta labor? ¿Cuáles serían las principales recomendaciones que quiere trasmitir a sus estudiantes?

La docencia ha sido una extensión de mi vocación periodística; Kapuschinsky dijo que ninguna mala persona podría ser periodista, porque esta es una profesión que se ejerce para la gente y que se nutre y depende de la gente. Vivimos, pues, ofrendándonos,  arriesgando moral y físicamente lo que somos, incluso la vida. Por tanto, en el aula devuelvo algo de cuanto me han dado, y enseñar equivale, para mí, a un acto tan placentero como el de escribir. Siempre recomiendo a mis alumnos que el talento puede sobrar, pero sin la dedicación, sin la certeza de que el periodista lo es las 24 horas del día, las facultades pueden anularse o frustrarse.

Su prosa hermosa y vital le ha permitido publicar unos cuantos títulos, varios de ellos relacionados con el periodismo; pero ha dado a conocer también los poemarios Noticias de familia y Con luz en la ventana. ¿Cómo explica esa veta lírica en un hombre que usa la lengua como arma de combate?

Supongamos que la veta lírica  haya nacido conmigo, y presente ha de estar, incluso, en la “prosa de combate” que es el periodismo. He dicho nacido, porque de niño sentí habitualmente una tristeza indefinible, una inquietud anormal por la caducidad de todo; un día me preguntaron qué iba a ser cuando fuera grande y respondí: poeta. No creo que poesía y prosa  se excluyan. Salvando las diferencias insalvables, Martí supo combinar la poesía con las letras “fieras”; es más las enriqueció con su poética. La poesía, la veta lírica, corresponde a las esencias, y estas pueden circular, a veces irreprimiblemente, en la prosa.

En la recien finalizada Feria del Libro presentó un nuevo volumen. ¿Puede adelantarnos su título y tema?

Digamos que se vendió en algún lugar después del período internacional de la Feria. Es un pequeño volumen que reúne reportajes, quizás alguna estampa,  publicados la mayoría en Bohemia hace 15 o 20 años y también algunos en Juventud Rebelde en fecha más reciente. Son historias de personajes, es decir, presento a la gente común en su trabajo y ellos se van revelando como personas no tan comunes. Verdaderamente, ese era el periodismo que me gustaba: la búsqueda de personajes en lugares apartados o cercanos, aplicados a labores difíciles o con alguna singularidad. Se titula El camino siempre va a alguna parte. Y lo más que me escuece de ese librito son tres erratas imperdonables que me atribuyo. No hay justificación, ni mucho menos, culpar a otros. Solo me tranquiliza la certeza de que los lectores sabrán salvarlas.

Disfruté su maravilloso El cabo de las mil visiones: misterios y leyendas del cabo de San Antonio. Sé que fue publicado en Brasil y que la editorial Pablo de la Torriente salvó la honrilla nacional con una modesta y reducida edición.

¿Cuándo llegará ese libro al gran público cubano?

Le agradezco sus calificativos; sé que usted ha dicho eso mismo en otros sitios. Tal vez en alguna oración yo pueda pedir cuándo, cuándo llegará ese libro a tener una edición más numerosa. No tengo respuesta. Sé que otros juicios calificados lo han elogiado, como Joquín G. Santana, que profundizó en sus valores formales, exaltando la adecuación del lenguaje al medio y a la historia que narra. La editorial Casa Amarela, de Sao Paulo, también tuvo en cuenta el tratamiento del lenguaje. Y no tuvo reparo en hacer una fina edición, que agradeceré siempre al recién fallecido Sergio de Souza, director de esa casa editora, dedicada a publicar libros no escritos para el mercado sino para la sensibilidad. Para los brasileños, la reconstrucción del mundo mágico del cabo de San Antonio no fue un “tema local”.

¿En qué está trabajando ahora? ¿Qué sorpresas nos reserva aún Luis Sexto?

Proyectos existen: tengo trabajo hasta los 80 años. Que los realice con calidad, lo veremos. Ahora reviso un libro sobre Pedro Junco, célebre por su bolero “Nosotros”. Lo he concebido en coautoría con Viñas Alfonso, director de Palante. Investigamos, principalmente en documentos, y  el resultado rectifica el mito que envuelve al autor y su canción. Simplemente, hemos hecho un libro curioso que determina la verdadera causa de su muerte, revelador de que la novia de quien se despide en  “Nosotros” no fue una, sino muchas; en fin, datos que pueden interesar a cuantos se enternecen aún oyendo ese bolero, uno de los más universales de nuestra cancionística.

Quedan, además,  cuentos, una novela de autoficción que reviso y reviso y nadie conoce. Un poemario en fase de corrección. Y así otras letras y letrillas que llenan mi disco duro, además del periodismo y la docencia que me hacen olvidar que me voy poniendo viejo y ya recibo homenajes.

Y dejo a Luis Sexto “braceando en una mar de reconocimientos” —así, “una mar” con el cariño de los marinos o de quienes vivimos en esta Cuba rodeada de mar—, con esa modestia que lo caracteriza y hace de él lo que es: excelente persona, reconocido periodista y, a la vez —si es que eso no resulta una incongruencia—, desconocido escritor. Quizás “la mar de reconocimientos” llegue hasta allí y le abra a Luis las puertas de nuestro mundo editorial. Les aseguro que desde el libro, tiene también mucho que decir… (Casa Editora Abril)

 




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