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Harold con su báculo de luz

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Por MIGUEL BARNET

No por esperada la noticia nos sobrecogió a todos. Harold, después de una intensa agonía, se despedía de nosotros. Ya sabíamos que esto iba a ocurrir, pero cuando tuvimos la certidumbre del final un nudo en la garganta y la indecisión de cómo comunicárselo a los demás nos turbó. Harold era ya parte de nosotros porque desde la ausencia de Manila estuvimos junto a él más que nunca, a su música, a sus inquietudes intelectuales, a sus tribulaciones, a su gradual deterioro físico.

Era parte de nosotros porque su ejemplo cívico, su honestidad, su lucidez, y su coherencia eran un magisterio diario. Harold nunca tuvo 90 años, siempre fue un hombre joven, coloquial, lozano, amistoso. Sus juicios eran tabla de ley, sin paternalismo y mucho menos arrogancia, nos dió una lección mayor de inteligencia y mesura. Sus principios éticos y artísticos fueron inviolables, así como su conducta patriótica puesta a prueba en múltiples escenarios internacionales. Harold fue un intelectual orgánico que puso su música al servicio de la modernidad sin sacrificar la herencia histórica, sin violentar con excesos manieristas lo más puro de la tradición. Y puso también su vida al servicio de una causa en que los valores del otro adquirían prioridad y lo situaban en la dimensión más alta de la condición humana.

Lo cenital y misterioso se conjugan en su persona. Escribió: "La vida es un misterio, nadie sabe nada de nada, simplemente lo que hay que saber es vivir dentro de ese misterio que se convierte para mi en un privilegio, el privilegio de vivir".

Harold fue la quintaesencia del amor sin tregua hacia la especie humana. Para él, la vida fue gesta, desafío, aventura sin fin. Por eso se entregó a aquello que lo retaba y fue libre como todo gran artista. Con su optimismo nos organizó la vida cuando pensábamos que el orden del Cosmos se descomponía y nos caía encima. Maestro de muchos, amigo de todos, fiel de la balanza, Harold fundó una cofradía luminosa que hoy se reúne en este lugar para decirle adiós a sabiendas de que no entrará en el reino de los olvidados ni de la soledad porque siempre tuvo una familia numerosa junto a Manila, sus partituras y su pequeña colección de caballitos de porcelana y cristal. Harold, como hubiera dicho Lezama Lima llevaba la mayor cantidad de luz que un hombre podía mostrar sobre la tierra. En sus ojos esa luz era un aliento para los que tuvimos el privilegio de ser sus amigos. Me imagino cómo se tienen que sentir sus alumnos, los que más allá de la composición musical aprendieron con él el oficio de saber estar en este mundo, asidos al báculo de ética que llevó siempre y que nos entrega hoy como acto de última voluntad. No voy a contar historias personales ni a hacer un compendio de anécdotas que confirmarían con creces la recia y a la vez tierna personalidad de Harold Gramatges. Son sus compañeros más cercanos, sus discípulos y los músicos cubanos los dueños de ese tesoro que soy incapaz de profanar con pequeñeces.

A mi me ha tocado poner luz sobre la sombra que ahora lo acoge en el más profundo silencio. A mi me ha tocado decir que este gran músico santiaguero, nacido en 1918, dio a su patria los lauros más altos. Que su obra le hizo merecedor del premio Reichold del Caribe y Centroamérica otorgado por la Orquesta de Detroit en 1945, que fue alumno destacado de Aaron Copland y de Amadeo Roldán.

Que junto a otros músicos de la vanguardia fundó el grupo de Renovación Musical y presidió desde su fundación la Sociedad Cultural Nuestro Tiempo, que aglutinó lo más conspicuo de la intelectualidad progresista de esos años en encarnizado enfrentamiento a la dictadura de Batista. Que fue embajador, dígase mejor, embajador de lujo, de Cuba en Francia, que fundó el Departamento de Música de Casa de las Américas, que sus clases de composición en el Instituto Superior de Arte adquieren la clasificación de magistrales lecciones cotidianas del saber hacer.

Que dirigió la Comisión de Escritores y Artistas por la Paz y Soberanía de los Pueblos, que fue, es y será siempre el honroso Presidente de la Asociación de Música de la UNEAC y que su obra de creación posee un repertorio infinito que ha enriquecido el catálogo de Cuba y el mundo. Distinciones y premios, casi todos; desde la orden Alejo Carpentier y la Félix Varela de primer grado hasta el Premio Nacional de Música y el Iberoamericano Tomás Luís de Victoria en España. Ninguno de ellos lo envaneció, por el contrario sembraron mayor humildad en su vida.

Harold, ayer por la mañana cuando supimos que ya te ibas, todos los que estábamos en aquella mesa de trabajo de la UNEAC te buscamos entre nosotros, y te vimos, estoy seguro de que te vimos, y no fue una ilusión óptica.

Tú estabas allí erguido, aureolado de ese misterio que siempre te acompañó, con tu báculo de luz y tu irrenunciable elegancia, con tu sencillez y con tu entereza, a punto de pedir la palabra. Tienes la palabra ahora y para siempre, maestro.

(Al despedir el duelo del maestro Harold Gramatges en la mañana del 17 de diciembre del 2008

 




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