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AL PIE DE LA GUILLOTINA

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 Por Luis Sexto

Los médicos conservan el halo místico de los viejos alquimistas, los remotos curanderos, los brujos de la tribu: despiden inconscientemente el azufre de lo mágico; sudan en la humedad de la recóndita cueva de los Papeles del Mar Muerto Sus antecedentes son el Buen Samaritano, Galeno, Hipócrates, Cagliostro, Simón el Mago. Por todo ello, que los enriquece con milenios de tradición, y por su ciencia moderna y eficaz, respeto a los médicos. Cuando ellos hablan sobre mi salud, yo callo: oigo, asimilo; me reoriento, confío…

Alguno ha sido mi amigo. El doctor Tomás Morejón, muy querido en San José de las Lajas. Con él yo podía conversar, preguntarle, y él me respondía tan amablemente que la fraternidad endulzaba sus respuestas. A mí lo ligaba su pasión por el ejercicio del periodismo, tanta que por unos años fue corresponsal voluntario,  y como había nacido en Placetas y yo muy cerca, en General Carrillo,  le parecía que él y yo estábamos vinculados desde mucho antes de nacer. Murió sin conocer la última prueba de nuestros telepáticos acercamientos. Cuando falleció repentinamente durante una visita familiar a Nueva Jersey, yo estaba, sin saber uno del otro, en Nueva York, cubriendo el viaje de Fidel en el cincuentenario de las Naciones Unidas… ¿Casualidad? Él me hubiese querido más por ese azar.  Morejón tenía sus ideas… Pero médico, gran médico, era. Y yo lo escuchaba, a veces con miedo: no solía equivocarse cuando miraba y juzgaba a un paciente.

Pero con ningún otro médico me atrevo. Les informo escuetamente de mis síntomas. Y ellos juzgan, comprueban, y deciden el tratamiento. A lo más que me he aventurado es a no cumplirlo, o a no asistir al laboratorio para un análisis o a someterme a un aparato de diagnóstico. Y de ello tengo que arrepentirme, porque alguna vez he llegado un poco tarde a la solución del mal.

En estos días, mi cervical ha salido a navegar: los tumbos del mareo me han mantenido medio atontado. Y el ortopédico, con el propósito de descartar otras causas posibles, me remitió al hospital para que me revisaran el canal de las carótidas y precisaran si algún arrecife tupía el fluido sanguíneo.

La mañana me favoreció. Apenas había leído yo las primeras cinco líneas de una crónica de Rolandito Pérez Betancourt –las cuales aseguraban una lectura interesante- oí mi nombre en voz alta: me tocaba entre los primeros. Entré tímidamente en una pequeña habitación junto con otro paciente; una mampara dividía el mínimo espacio. El doctor dijo: esperen al lado. Y unos segundos después pronunció mi nombre.

Saludos. Y enseguida: Bájese los pantalones.  Un tanto dudoso, los bajé sin preguntar. No me atrevía. Supuse que como nunca me había hecho un ultrasonido especial, quizás la medicina habría hallado nuevos fórmulas, nuevos caminos para llegar desde abajo a arriba. Oí una señal rápida como rasgar de papeles y vi unos signos y rayas en la pantalla del monitor.  Luego, el doctor me ordenó: Súbase los pantalones. Fue en ese instante cuando  me arriesgué: Doctor, perdone, le voy a preguntar solo por curiosidad, no se ofenda. Qué tienen que ver los testículos y la cervical. Una pausa, casi invisible. Y dijo:

Nada; me equivoqué- y explicó que él le había pedido a la enfermera que llamara primeramente a los pacientes con órdenes de  “doppler” en los testículos.

- Suerte que no estamos en el salón de operaciones… comenté.

Ah, sí, repuso avergonzado, mientras hacía un paneo por mi cervical. Pero, advirtió, creo que con ánimo de atenuar su bochorno: Tiene usted un “huevo” duro….

Y yo, dejando a lado mis aprehensiones, mi clásico respeto por los émulos de Merlin  y Bianchón, el médico de Balzac, dije: No se preocupe, debe ser el calor, el calor…

 

 

 

05/10/2008 16:04 Luis Sexto #. Crónicas



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