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UNA HISTORIA DE CICLONES

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Por Luis Sexto

Rescatemos esta crónica, que  nos recuerda las furia de un huracán

Elisa  McHatton-Ripley no conservó memorias gratas de su estancia en Cuba durante el último cuarto del siglo XIX. Aún las observaciones más favorables sobre el verdor eterno y el clima benigno de la Isla, sufrieron las quejas de esta mujer que no soportaba la monotonía de lo invariable. No le fue bien. Hasta el nombre del ingenio azucarero que su esposo compró en la jurisdicción de Matanzas, a unos 100 kilómetros al este de La Habana era un presagio de mala suerte en español: Desengaño, lo que equivale a decir la muerte de cualquier ilusión.

En un libro titulado From flag to flag, publicado en New York por la Editorial D. Appletton and Company, en 1889,  entre otras experiencias, Elisa McHatton  contó las peripecias de los 10 años que residió en Cuba.  Nació en  Kentucky en 1832 . Y en 1862 la guerra civil la obligo, junto con su marido, un hijo y dos criados, a marcharse de su plantación en Arlington,  cerca de Bouton Rouge.  Tres años después, tras una estadía en el México ocupado por los franceses, la familia McHatton–Ripley llegó a La Habana. Y seguidamente  se estableció en el ingenio Desengaño donde Elisa conoció la decepción en una tierra que la misma autora estima como “el lugar más prolífico del globo”.  El nombre de la plantación, repetido en ingenios de otras zonas del país, expresaba los altibajos que entonces sufría la industria azucarera cubana que, de prometer el paraíso, pasaba por temporadas de angustias e incertidumbres para cuantos había puesto su fortuna en la fabricación del grano.

From flag to flag se suma a los más de 700 libros  que viajeros de diversa procedencia escribieron sobre  Cuba hasta el final del siglo XIX. Y compone una visión muy especial, porque es una extranjera que no solo observa y ve,  sino que  su vida y la economía familiar dependen de la entonces riqueza principal de Cuba. Se comprende, pues, que la visión idílica del paisaje no aparezca en sus páginas; la escritora y su esposo tuvieron que trabajar duramente para que su plantación azucarera prosperara, y pudieran sostener aquella vivienda que, al comprarla junto con el ingenio, pasaba como una de las “más presuntuosas y considerables” de Matanzas.  Las memorias de Mrs. McHatton-Ripley  se dedican a describir las costumbres, las comidas, y el paisaje humano de la plantación, donde el negro y el chino esclavo conviven bajo el tañido de una campana de 900 libras que uniformemente les organiza la jornada desde el amanecer hasta la hora de dormir.

A pesar de su nombre, Desengaño prosperó.  El trabajo y la agrotecnia sirvieron allí para que el suelo de Matanzas, uno de los más feraces de Cuba, no se cansara como en las haciendas colindantes, sometidas a una explotación que confiaba más en la bondad de la naturaleza que en la inteligencia y la aplicación de los hombres.

La familia McHatton-Ripley, sin embargo, se cansó. “Nos cansamos del eterno aire dulce y apacible, del invariable verdor del paisaje, la perpetua temperatura que hacía cómoda la ropa de hilo más delgada; las estaciones solo variaban en seca y en húmeda: la seca muy seca y polvorienta; la húmeda, muy húmeda y lodosa (...) Un clima como este empalaga a quien se haya acostumbrado a las variaciones de la zona templada. El verdor inalterable es como una boba sonrisa permanente en la cara de una mujer bonita: su constancia la hace inexpresiva e insípida.”

Del clima lo probó todo. Porque Mrs McHatton-Ripley, afrontó,  como  cualquier cubano actual según las estadísticas, la posibilidad de ver un ciclón  catastrófico más de una vez cada 10 años. Y lo vio. Estuvo dentro, afanándose en atrancar puertas y ventanas, en proteger animales y bienes materiales.  “Cuando, por último, después de 30 horas de lucha exhaustiva y alarma mortal, nuestras puertas volvieron abrirse de par en par, la escena de desolación que contemplamos desafiaba toda capacidad de descripción. Los ilimitados campos de caña ondulante, que solo antes de ayer deleitaban nuestra vista, habían desaparecido por completo; derribadas las cañas por el viento, las rápidas aguas en descenso las cubrían totalmente. La casa de azúcar había quedado enteramente destechada, y las anchas láminas de metal se trajeron  durante días, desde campos a cientos de yardas de distancia, tan retorcidas como si el martillo de Vulcano les hubiera dado infinitas formas fantásticas.”

Dos o tres años más tarde, en 1875, los MacHotton-Ripley se fueron de Cuba  para siempre. Pero no creo que el calor, la lluvia, el polvo, el lodo y los vientos, hayan influido en la determinación.  La autora de From flag to flag había venido a Cuba buscando las ventajas económicas de la esclavitud  que la guerra civil abolió en los Estados Unidos. Pero en la llamada Perla de las Antillas,  la primera guerra por la independencia procuraba también eliminar la esclavitud.  Y, por supuesto, la prosperidad del ingenio Desengaño se ahogaba en la libertad que poco a poco negros y chinos iban ganando. Además, refiriéndose a la administración colonial española, la autora concluyó:  “Esa soberbia provincia, cuyos recursos naturales son casi inagotables, ha sido desangrada por las sanguijuelas y parásitos a quienes se confió su bienestar y su gobierno”

Elisa McHotton-Ripley murió en Kentucky en 1912. Tiempo tuvo para percatarse que los años más esplendorosos de su vida habían coincido en su patria y en Cuba con un cambio de época. Y tal vez haya recordado con cierta justiciera nostalgia sus días en Desengaño, allí donde creyó haber enterrado sus ilusiones.

 

10/09/2008 22:02 Luis Sexto #. Crónicas



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