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FRAGMENTOS DE UNA NOVELA INÉDITA

Por Luis Sexto

Entonces jugaban con el globo del mundo en oficinas confidenciales. Hoy se congregaban en el despacho de Allen Dulles, el director de la CIA. Allí estaban, entre figuras subalternas, el general Cabell, asistente de Dulles; Richard M. Bisel, jefe de planes especiales; su segundo Tracy Barnes, y Howard Hunt, uno de los programadores de la política secreta contra el Gobierno  cubano.

La CIA estudiaba las formas de resolver definitivamente el “caso Cuba”. En un ángulo de la oficina, un atril sostenía un mapa de la isla. La figura del caimán se hacía visible para todos desde su oriental mandíbula estriada por los picos de la Sierra Maestra hasta la cola estrecha y plana de la península de Guanahacabibes. Jack Esterline, jefe de la Cuban Task Force, avanzaba en su informe mientras con el puntero  tocaba  diversos sitios en el papel azul y verde de la hoja cartográfica. Un tanto quejumbrosamente reseñaba el fracaso, enumeraba  la crónica de la decepción. ¿Qué había pasado? Desembarcos e  infiltraciones se deshacían en las arenas de los playazos más inadvertidos, o entre los bosques más enmarañados.  Evitó  ejemplificar, pero si hubiese querido, o si Dulles le hubiera exigido una versión más prolija, habría contado la suerte reciente de Tony Salvard. Con sus comandos, había tocado tierra en las proximidades del río Navas, en el norte de la provincia de Oriente. Vestían de guerra y portaban armas de guerra. La aventura, sin embargo, terminó rápidamente. Milicianos y soldados los toparon en Nabujón, y Tony apenas resistió.

Jake pasó enseguida a quejarse de que los vuelos con suministros a las guerrillas anticastristas en el Escambray, en el centro sur de Cuba, erraban los blancos, y armas y recursos logísticos concluían su caída entre los milicianos.

-Para la mayoría de los guerrilleros la situación es desesperada –advirtió golpeando el mapa como si el puntero, con geometría de varita mágica, pudiera transformar de un toque aquellas desgracias cuyas evidencias más rotundas aparecían en los periódicos de La Habana cuando, tras la captura, los hombre de la CIA se asomaban a las fotos medrosos y compungidos, rodeados de los soldados de Castro.

Un sorbo de agua favoreció una transición hacia planos más halagüeños. Y Jake, que regía las operaciones luego de salir del pensamiento de los teóricos,  pasó hacia el aspecto medular del informe:  la invasión. Lanzaremos –dijo- un batallón de paracaidistas sobre la ciudad de Santa Clara. El  puntero se posó en el centro geográfico de la isla. Los comandos allí aprestarán mediante la sorpresa y el trabajo especializado un campo de aterrizaje y luego destruirán carreteras y líneas de comunicación, cortando al país en dos mitades. De inmediato, simulacros de desembarco distraerán al mando castrista. Uno frente a la capital; otro en el extremo oriental. El ataque verdadero se efectuará por Trinidad, en la  costa sur central.

-Con el grueso de las tropas de Castro concentradas en La Habana y Santiago de Cuba, la brigada invasora tendrá un área limpia por donde marchar hacia el oriente y  el occidente recogiendo refuerzos entre la población que se sumará a los libertadores.

Jackes Esterline calló. Los presentes se miraron entre sí, u hojearon algún papel. Dulles, un tanto seco, inquirió por un epígrafe que se mantendrá invariable durante los meses venideros.

-¿Cuál –dijo- será el papel del clandestinaje?

Jake no pensó; suponía la pregunta.

-Lo usual, jefe. Crear confusión entre los ciudadanos; volar puentes, sabotear las comunicaciones, destruir obras económicas, quemar plantaciones de caña de azúcar...

 El cuatro de noviembre un mensaje cifrado entró en la base Trax, en Retalhuleu, Guatemala, donde instructores norteamericanos entrenaban a cubanos cuya procedencia incluía a ex militares prófugos, políticos destronados, propietarios expropiados, gángsteres perseguidos, jugadores desbancados, estafadores despojados y algunos obreros manipulados. Como suele ocurrir en las pirámides de mando, la jefatura de Trax no entendió momentáneamente aquella orden de variar con tanta prisa y rotundez  los fines y los medios del entrenamiento. De  preparar guerrilleros para la lucha en las montañas, había que adiestrar una brigada de asalto anfibia y aerotransportada , “un mínimo ejército de bolsillo”, pero eficiente en la táctica y el uso de artillería ligera y antiaérea, tanques, bazookas, y apta para ejecutar sabotajes con explosivos en la retaguardia del enemigo.

Dulles había analizado el riesgo con sus colaboradores más íntimos. Y lo aceptó sin consultar al presidente. Pronto habría mudanza en la Casa Blanca y pretendió, en un acto de zorro avezado en ese patio, alistar la propuesta para cuando el nuevo ejecutivo le concediera la primera entrevista de trabajo. John F. Kennedy izó el pulgar en signo de asentimiento. Dulles tomó sus lentes montadas grácilmente en armadura metálica y las limpió con un papel que extrajo del estuche. Parecía borrar la humedad de una lágrima. Más bien disimulaba una sonrisa que apenas ensanchó su boca de por sí ancha. Su nariz –pensó- mejoraba en sutileza y capacidad de anticipación mientras su silla giratoria de director perdía brillo por el exceso de uso.  Era lógico prever la reacción del nuevo presidente. Si antes  Eisenhower había levantado  el dedo favor  de la primera variante,   ¿acaso no solía la administración recién electa continuar la tendencia bélica de su antecesora?  Desde luego. Y los peritos en propaganda y guerra psicológica prosiguieron abultando la leyenda que justificara, en medios diplomáticos, las operaciones encubiertas, las presiones económicas. Las palabras claves recorrían las tres Américas, y  seguían hacia Europa. Alcanzaban incluso a Asia y a África: democracia, libertad de prensa, mundo libre, propiedad privada. Todos los valores esenciales de la civilización cristiana padecían la amenaza de Cuba y el comunismo.

Para el aparato clandestino que tanto inquietaba a Allen Dulles y que él nombraba “el frente interno”, había en Cuba diversidad de elementos. Aunque las operaciones del G2 habían desarticulado a grupos de conspiradores en las ciudades, los más  sólidos, compuestos por  militantes de la Juventud de Acción Católica, la Juventud Obrera Católica, la Agrupación Católica Universitaria y otras asociaciones laicas de la Iglesia, intentaban recomponerse y extenderse. Y con frecuencia humeaba un incendio, se oía una explosión; moría un trabajador, herían a un niño. O desde una pared, un muro, un baño público, consignas que llamaban a rebelarse contra la revolución ostentaban la firma de movimientos como el MRR (recuperación revolucionaria), o MRP (revolucionario del pueblo), o DRE ( directorio revolucionario estudiantil), o MDC (demócrata cristiano).

La embajada estadounidense en La Habana influía en esos grupos. Los oficiales CIA que habitaban el rígido  edificio de Calzada y Malecón, en El Vedado, reclutaban, incluso, a personajes del gobierno revolucionario. Recientemente se pavoneaban de haber captado la adhesión del Humberto Sorí Marín, comandante del Ejército Rebelde y ex ministro de Agricultura. El doctor Sorí había renunciado al puesto, porque la Ley de Reforma Agraria trascendía sus aspiraciones reformistas entre cuyos linderos él pretendía conservar indemne la propiedad latifundaria, predominante entonces en  los campos de la isla.

Robert Wiecha se acercó al ex ministro. Concertó con él un encuentro en una suite del Hotel Nacional, previendo que el G2 no podía medir con suspicacia una visita al albergue insignia de la hotelería cubana,  foco y mentidero de personajes y satélites que aún mantenían vigente el cosmopolitismo de cuando la mafia norteamericana había establecido su plaza directriz en ese ecléctico castillo, erguido frente al mar sobre la colina de Taganana. 

-¿Whisky o ron?

-Whisky, sin hielo -prefirió e cubano que hoy vestía una guayabera blanca, en vez del uniforme verde olivo. 

Sorí no demoró en aceptar las propuestas del diplomático. Saber que los americanos confiaban en él y le destinaban un libreto significativo, con también significativos emolumentos, en la guerra contra el fidelismo comunista, lo indujo a creer en la certeza de proyectos subversivos en los cuales él, habituado a los riesgos del guerrillero, apenas tendría que exponerse. El escueto bigote que individualizaba el rostro común del ex auditor del Ejército Rebelde, se desplegó en una sonrisa mientras apretaba la mano de Wiecha.  (De la novela inédita Las espadas del paraíso)

 

 

 




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