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EL SURCO Y EL PAPEL

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Por Luis Sexto

La Revolución es la única que ha repartido tierras en Cuba. El capitalismo, en cambio, la concentró en pocos propietarios, a veces a través de la magia nocturna de cercas que caminaban o de desalojos a campesinos en los llamados realengos. Si alguna vez cedió algún pedazo fue para sacar algún provecho del sudor de los agricultores, mediante fórmulas medievales como el arrendamiento o el trabajo «a partido», es decir, la mitad o la tercera parte para el latifundista.

Por lo dicho y sabido, la resolución 259, de reciente aprobación, es una medida revolucionaria, opuesta a la práctica capitalista. Lo aclaro, por si alguno, habituado a considerar la propiedad estatal como la única forma posible de organizar el patrimonio agrario de la nación, puede estimar que distribuir 13 hectáreas como mínimo entre trabajadores que desean fajarse con tierras ociosas y enmarañadas por el parásito de la desidia, implica una concesión, un jugueteo inoportuno con el mal olor del capitalismo. A principios de la década de los 60, la Revolución triunfante no dudó en erigir como dueños de sus tierras, que a veces eran «ajenas», a millares de pequeños agricultores. Con ello, vertebró el campesinado cubano, que desde el siglo XVI clamaba por justicia, con una voz numerosamente amordazada por el desalojo y la sangre.

Ante la existencia del papel legal de la resolución 259, que expresa una voluntad política del Partido y el Gobierno, solo la aplicación consecuente podrá conseguir los fines que el documento —fruto sin duda de la reflexión— se propone como respuesta para revertir la improductividad de una apreciable porción de nuestras escasas riquezas.

Quizá lo peor que le pudiera ocurrir a medida tan consecuente sería que la creyéramos solución provisional, pasajera. Si fuera así y con esa aprensión se empezara a distribuir una parte de nuestro fondo agrario, ya estaríamos mediatizando la concreción de los propósitos de la 259. ¿Qué ofrece, en suma, esta resolución sino tierras que necesitan ante todo trabajo permanente y abnegado, en ocasiones sin los recursos básicos? Serán, por supuesto, tierras agradecidas a la aplicación laboriosa. Con tanto tiempo en descanso o habitadas por el marabú, la fertilidad se le ha ido acumulando en un humus generoso.

Este comentarista cree que más que solucionar una emergencia productiva, la Resolución 259 procura fijar a hombres y mujeres a la tierra; nutrir las filas del campesinado, que hoy tiende a desaparecer por vejez y muerte en sus más experimentados horcones. Si no persiguiéramos reestablecer en un mínimo el trabajo del pequeño agricultor, tal vez, a mi modo de ver, no podríamos trascender, con mirada de largo plazo, las limitaciones del presente.

No parece recomendable, valorando la historia de Cuba y el cuadro agrario de la actualidad, soslayar el fortalecimiento del campesinado. A lo largo de cinco siglos el conjunto de los campesinos ha demostrado su pertinencia, su perseverancia y su fidelidad a la nación. Cuba, en dimensión no desdeñable, ha sido campesina. Y lo sigue siendo. Las cifras publicadas en los últimos meses confirman que, a pesar de las turbulencias del llamado mercado agropecuario de oferta y demanda, con sus precios desmandados gracias a una escasa presencia productiva, los volúmenes que cuantifica la Asociación de Agricultores Pequeños, que une a productores individuales y cooperativos, son los mayoritarios en el país, en momentos de restricción agrícola.

Puedo equivocarme. Opinar comporta un riesgo. Y lo asumo porque incluso estoy convencido de que no hay opiniones eternas. Probablemente la vida exija hoy este juicio mío, y mañana, al cambiar la realidad, sea otra mi opinión. Por ello, me atrevo a recomendar que insistamos en el control, pero sin la rigidez que entorpece el verdadero control, de modo que al cortar el cordón umbilical le suprimamos también a la criatura del burocratismo la facultad de respirar. Habrá que insistir en lo positivo, lo creador. La Resolución 259 pone en manos de trabajadores honrados la oportunidad de ser parte de la solución y no parte del problema. Se desprende, pues, la necesidad de encarecer la abnegación, el patriotismo en un clima de confianza que exalte el estímulo junto con el cumplimiento del deber...

De cualquier modo, el marabú no es el problema capital del campo. La agricultura cubana sigue autobloqueada, o bloqueada desde dentro, además de bloqueada desde el extranjero. En estos días, de visita por esos campos, supe de cierta unidad básica de producción cooperativa que, con petróleo y fertilizantes asignados, no puede cultivar la tierra: carece de dinero para pagar sus insumos porque el ingenio azucarero cercano no le ha pagado 220 000 pesos de la última zafra. ¿Es una anécdota? Si lo fuera, es muy expresiva de que la pelea no se gana en los informes.

El surco no hace fructificar papeles. (Publicado en Juventud Rebelde)

02/08/2008 11:01 Luis Sexto #. Política



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