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EN SOLEDAD Y SILENCIO

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Por Luis Sexto

Los periodistas hablan o escriben todos los días. Es su oficio. Quizá su destino. Mueren, y poco antes han firmado –o filmado- la última expresión de su trabajo, de su abnegada actitud de arriesgarse por servir a la gente y a la historia. Por ello, de los periodistas hay que hablar o escribir todos los días. Soy periodista, pero me inclino como acto de respeto ante el signo y el sino de mis colegas, que asumen una de las profesiones más peligros del mundo, quizá la más peligrosa.

Los peligros provienen de la propia índole del oficio. En cualquier sitio. Hay riesgos al cubrir una guerra, al develar truculencias políticas, al descubrir los canales soterrados de la droga, al caminar por geografías abruptas, al cruzar ríos crecidos, al creer en la libertad, al equivocarse, que suele ocurrir… En fin, cualquier riesgo por servir de espejo al mundo, para que el mundo se conozca entre sí y en sí.

Hoy quiero más bien hablar del libro de un periodista. Está compuesto por crónicas de todos los días. De esos textos que uno ha de concebir sin ninguna excusa para dejar de escribirlos, grabarlos o filmarlos. El espacio no puede esperar, como la novia al novio que fue a la guerra. La vocación nos exige encontrar las fórmulas, en medio de la urgencia o del desgano. Y toda esa angustia se vive en soledad y en silencio. Ahora bien, no porque sea un acto realizado de prisa y brevemente, el periodismo es eso que algunos tachan de “faena menor”. A veces -y esa es su grandeza-, a pesar de la obligación y la rapidez del cierre, los textos periodísticos no mueren con el día, como escribió Julius Fucik en su admirable Reportaje al pie de la horca, y pueden sobrevivir en un libro.

Un libro, pues, soporta las crónicas de Enrique Milanés, corresponsal del periódico Granma en Camagüey. Confieso que Milanés –apellido de prosapia poética y patriótica- ha constituido para muchos de nosotros una revelación. Los colegas de las provincias conocen a los colegas de los medios nacionales. Pero estos suelen no conocer a aquellos. Es obvia la causa: no los leemos en la capital, salvo alguien que se interese por razones muy personales. Hemos, así, descubierto a Enrique Milanés. He leído y releído su libro titulado Crónicas raras y otras redundancias, de la Editorial Ácana, y cada vez me sorprende un matiz, un acierto, una originalidad no vista antes.

Me he alegrado al “descubrir”a Enrique Milanés. Me percato que el talento no tiene lugar, ni fecha. Y a veces carece de fama y también de comprensión. Milanés escribe poniendo en guardia la creatividad, la imaginación, y dota a su estilo limpio, afilado, de un tímido humor que se transforma en ironía, una ironía tan sagaz que punza como la caricia de una pluma en los pies de un ser humano.

No sé que más decir. Tal vez, que quien merece ser “descubierto” por Milanés soy yo, inhábil periodista de la capital, que, en su prisa, se le olvida mirar hacia los lados y ver puntualmente a la gente buena y talentosa que nos acompaña en el ejercicio de este oficio tan peligroso y, a ratos, tan incomprendido.  




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