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EL CRIMEN QUE NO COMETERÉ

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Por Luis Sexto

No mataré a mi maestro. 

Aunque  León Bloy haya repudiado al suyo –Barbey D’Aurevilly- seguiré respetándolo, alzando su nicho como si con el tiempo ganara un puesto cada vez más selecto en el escalafón de la gloria, aun cuando yo llegue a aceptar, quizás contra toda lucidez, que puedo escribir mejor que mi maestro. Los que me instan a incinerar sus páginas, alegan que es demasiado antiguo y desmesuradamente personal, y por ello ya parece críptico.  Me lo advierten porque una tarde reciente de verano comenté que aún le debía a mi maestro, a mi autor predilecto, el libro que soñé dedicarle a mis 22 años.    

León Bloy o la violencia del amor. Así pensé titularlo. Y quién es. Qué ecos levanta. Qué propone al hombre de la postmodernidad. Las objeciones se repiten, insisten, intentan doblegarme, y luego recomiendan: mátalo. O –de nuevo el recurrente mandato- tuércele el cuello, como al cisne de los modernistas.

No lo mataré.

Habría que dilucidar antes cuáles son las aspiraciones del hombre configurado por la tan encarecida postmodernidad. Y qué le ofrecen los escritores de esa corriente más fantasiosa que real, más especulativa que concreta, retrógrada por la vía del extremo opuesto: el navegar en círculos,  que  es una vuelta a lo primitivo mediante la estilización del gusto y el vestido. Con lo cual la estampa del hombre en la vidriosa red del ciberespacio, resulta la de un solitario cazador de desnudeces, en cuya oreja derecha cuelga un teléfono celular  con la geometría imperfecta de un signo de interrogación. Moderno o postmoderno, el hombre sufre habitualmente las mismas necesidades de afecto, amparo, justificación ética. Y como en cualquier otra época sigue experimentando la desazón de su destino irreversible: quedarse a solas con la muerte.

Mi maestro, pues,  no merece morir porque todavía me está dictando a gritos. Es tal vez el único hombre al que le tolero las admoniciones en voz alta. Porque León Bloy escribía en un grito. Más bien era un grito desbordante de fe, de la prístina fe de un cristianismo desafiante, retador de todo lo verosímil, lo lógico, lo palpable, lo racional con que justificamos una existencia global sin espíritu, ni trascendencia, hedonísticamente encarnizada en un edénico hacer sin responsabilidad. León Bloy nunca estuvo de moda, ni se atuvo a la moda. Ahora necesitamos que sea puesto como una moda reivindicadora de cuanto ha perdido la literatura en el último siglo. Que venga, desmelenadamente, a ultrajar el realismo sucio, o las bagatelas seudo místicas, o las exigencias de un mercado que no tolera los libros sin sexo crudo, sin sangre, sin la banalidad y la presunción como control del índice cualitativo de la escritura.

Con una edad que  casi triplica mis 22, ya he aprendido que las actitudes de un hombre, de un escritor también, no son solo válidas por su afinidad con la razón o la verdad; más bien lo son por la intensidad, por el grado de pasión que fluye en la acción o la escritura. León Bloy desafió a la ortodoxia religiosa, al menos la jerárquica; insultó las conveniencias sociales; obró contra la razón; pidió tal un mendigo, un Mendigo ingrato como se calificó. Pero se respetó a sí mismo irrespetando la hipocresía, el descoco, los aspavientos de una  generosidad calculada para enmascarar la vergüenza. Puso en alto, en un altar de pobreza, a la honradez.  Y solo conservó, además de los títulos que él mismo se atribuyó como Desesperado y Vociferador de lo Absoluto,  el que le estampó Rubén Darío en un libro que intentó ser justo al concederle la originalidad de Los raros.  Extrañó lo llamó recientemente Abelardo Castillo, también conquistado por ese escritor aborrecido y menospreciado a la vez que  incomprendido, e incomprendido por temido.

La honradez empieza dentro del hombre. Como la libertad. Y como la violencia. Cuanto más honda la honradez más justificado, más puro, el furor y la libertad que lo elige y gobierna. Miguel de Unamuno, otro violento, confesó que Bloy le agradaba por que sabía indignarse. Pero saber indignarse asusta a las mediocridades, a los apegados a posiciones y créditos. Y el autor de La mujer pobre fue despreciado, rechazado, satanizado por cuantos, en la sociedad francesa de entonces, se inclinaban ante el poder político, el dinero, la vanidad. La violencia les repugnaba, incluso la violencia del amor, que era la pasión que exaltaba a Bloy y convertía sus escritos en un látigo en cuya punta colgaba la provocadora sonoridad de un grito. El grito  de la violencia. La violencia del amor.

León Bloy era, pues, un enfático. Su estilo se concretó como “en un estado de sitio permanente” al decir del español Ángel Zapata a propósito del énfasis en la escritura. Pero habrá que deslindar las esencias y las apariencias de lo enfático. Si el estilo de Bloy andaba habitualmente por los superlativos techos de la expresión, no era la hipérbole rabelasiana, la pantagruélica selección de los estrambotes para coser la frase o el párrafo, lo que campeaba en sus páginas. Más bien el desbordamiento de su propia naturaleza. El hombre Bloy espiraba a lo Absoluto. Y el escritor lo magnificaba como a través de un carillón celestial. El término medio le estaba prohibido por aquel celo que bíblicamente lo devoraba, como al salmista. Aquel celo de la Casa de Dios. Aquel celo encabritado contra la impureza, empeñado a que la sociedad volviera a penetrar en el ancho y silencioso templo de la Edad Media, donde Dios regía, reconocido e indiscutido, como Señor de la Historia.

He leído a Bloy repetidamente desde aquellos mis tiempos juveniles en que lo elegí como maestro, seducido por aquel estilo grueso, crudo, que aleteaba en su ira con como si fuese un elefante sacudiendo sus orejas, y que en la debilidad del hambre física y en la desolación de la angustia moral, golpeaba tan contundentemente que pocos se atrevían a acercársele para presenciar su agonía. Y de cuanto he leído –El Desesperado, La mujer pobre, Aquella que llora, Exégesis de los lugares comunes- me inclino a releer las páginas de su Diario y las cartas a su novia, Juana Molbech, hija de poeta, danesa protestante que la pasión de Bloy atrajo al catolicismo heroico de un alucinado. En esos libros –como he sugerido en otra página- queda su más abarcadora revelación: el hombre que escribía por la urgencia inaplazable de sacudir, barrer, expulsar, disgustar, vomitar frente a un espejo  pulido por los dedos de mil señoritas incólumes, después de haber sido dilacerado  por las uñas de mil malvados.

Mi maestro sigue vivo… Nadie más ha sido como él.

 

 




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