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UN JINETE EN EL AIRE

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Por Luis Sexto

Lucas Roque se despertaba a las cuatro de la madrugada y ejecutaba el ceremonial de todo hogar guajiro: colar y beber un café fuerte, proclive a lo amargo. Hora y media después, llegaba al palmar elegido. Y permanecía hurgando en el cielo hasta las dos de la tarde…

Nunca  leyó la crónica en que Anselmo Suárez y Romero decía que la palma real  era el árbol que no se cansaba de contemplar en Cuba y junto al cual, según el cuentista Alfonso Hernández Catá, “la vida del hombre adquiere una serena intensidad”. Tampoco supo que la palma era la referencia esencial de la nostalgia que el poeta José María Heredia evocó entristecido, a orillas del Niágara precipitado y soberbio. Ni que otro poeta, José Luis Alfonso,  hallándose en París, quiso ver en el horizonte antes de morir.

También ignoraba la ciencia botánica labrada en el tronco y el penacho de las palmas. Pero lo poco que sabía era bastante para domeñar a este árbol, figura natural de la altivez, vegetal con sueños de águila, que sólo se inclina  para mirarse en las aguas del río que le moja las raíces, pero que se rinde a la intrepidez. El conquistador es usualmente un hombre humilde a quien llaman desmochador y despojan de su grandeza con ese nombre, porque le ajustaría cualquier título con pretensión de nube: acróbata, alpinista, aviador, jinete del aire…

Algo de ello era Lucas Roque.

La palma ante las hazañas del desmochador se abate, se desnuda de sus riquezas. Aunque están en lo alto sus dádivas no bajan, como en la metáfora bíblica, del cielo. Preciso es subir. Seducirla con el señuelo de las acrobacias. El desmochador trepa con la astucia de un lagarto. Treinta metros arriba, la corona, el penacho que se agita como la cabelleras desmelenada de una sílfide criolla. Llega. Mira en lontananza. Millares de palmas se amontonan en las arrugas de los potreros. La visión lo tienta como a un solitario Alejandro Magno en la torre de la última ciudad tomada. Ya les llegará también el cuchillo. Ahora corta. El hombre alza el racimo en acto de triunfo. Lo echa a rodar por una soga, rampa delgadísima, que abajo sostiene su auxiliar –el cabuyero. Y luego otro, y otro racimos…

Comida del hombre y del ganado, cobija del campesino, envase del tabaco. Todo ello ha sido la palma con la masa del palmito, los granos del palmiche, las pencas del penacho y las sábanas de la yagua. El desmochador busca hoy principalmente esa tela flexible que envuelve la porción más suave y alta de la palma, para embalar las hojas curadas del tabaco y remitirlas a la industria, en ecológica preservación. También procura el palmiche. Sin ese fruto redondo, arracimado en la cresta, los cerdos no podrían almacenar debajo de la piel una manteca gruesa, granulada, “la más sabrosa de todas” al decir de un gusto guajiro. Y sin ese grano, también los cerdos enflaquecerían en  lugares donde la comida ralea como la manigua. Es su alimento principal. Prescrito y cedido por la naturaleza.

Cuáles serán los secretos de los desmochadores. Uno imagina la valentía. El gusto por desafiar la altura. O la díscola pasión por trabajar solitariamente, sin la observación fiscalizadora de un jefe. Cualquier cosa es posible en el hombre habituado a laborar en espacios libres, en comunión con el aire, abierta la nariz imperceptiblemente a olores limpios, y los oídos  sólo anuentes  a cantos y  murmullos calzados con la discreción del campo. La costumbre, sin embargo, atempera las impresiones, la propia estima, y el desmochador carece de la arrogancia que podría acomodarse en el desdén  de quien se pudiera considerar superior por sus nervios sin temblores, cuando se introduce entre las muelas del peligro.

En áreas abruptas, sitiadas por el lomerío de Tapaste y Jaruco, vivía  Lucas Roque, hecho fibra en su cuerpo seco, mínimo, rebijido, como se definía. Lo vimos escalando  palmas. Después,  echado sobre la hierba, cerca de un arroyo, enumeró las reglas y accidentes de su faena diaria, regida por el sol.

Si las palmas estaban mojadas, o había neblina, o viento, iniciaba la tarea cuando la humedad se secaba, se disipaba la bruma, el aire se aplacaba. El clima en contra es tan peligroso para el aviador de un jet como para el palmanauta de alturas menores. Un día, con el tronco mojado por el relente, se atrevió a subir. Resbaló de improviso.  Vino abajo, como en un bache aéreo, unos cinco metros. Sólo su experiencia sorteó la desgracia.

 La empresa lo abastecía de medios de protección. Pero Lucas pensaba que ningún accidente podría evitarse con aquel cinturón para atarse a la palma, como un liniero de la electricidad. Y lo rechazó. Tampoco aceptó los estribos de cuero, más rígidos y menos duraderos que los de yagua. En suma, todo cuanto el desmochador lleva innecesariamente en su despegue, estorba.

Aparte del cuchillo y la soga, porta un mechero, tubo de caña brava relleno de estopa o trapos humedecidos con kerosina. En la cúpula, entre el follaje de las pencas las avispas suelen aposentar sus colmenas. Y cuando asoma el rostro intruso, el ataque de esos insectos amenaza la estabilidad del que en lo alto pende solo de su pericia de escalador. El fuego asfixia, quema, calcina tanto abajo como arriba.

Lucas era un desmochador “largo”. Bajaba diariamente unos 11 “caballos”.

La voz del desmochador sonó alegre, juguetona. Sí, “caballos”.

Caballo para los de su oficio son 10 racimos; quizás los que caben precisamente sobre esa bestia.  Le pagaban un peso y 34 centavos por cada unidad y aun era poco. Antes de 1959, 40 centavos. “Era criminal. Porque todo cuanto gano se lo quito a mi cuerpo. ¿Ha sacado usted la cuenta de cuántas palmas tengo que trepar al día, si a veces una, una sola, da dos racimos?”

A Lucas le inquietaba la falta de desmochadores. Uno no encuentra rápida y fácilmente a un desmochador. Pocos se interesan hoy por un oficio para el cual las piernas y los brazos han de ser elásticos y recios, y la cabeza inmune a la altura, y la voluntad dispuesta a desechar pantalones y camisa con frecuencia casi mensual, y cambiar las botas cada dos meses. Hay, en realidad, tantas otras labores, comparativamente mejor pagadas. Y escasas de riesgos. Porque en un descuido, una falla de sogas y estribos, el aparejo que ayuda a ascender no sirve como paracaídas. Pensaba que se extinguían los hombres con afición a cabalgar en una palma anónima. Uno de sus hijos, aun adolescente en 1990, quería aprender, y él  le iba a enseñar, porque podía enseñar dormido el oficio a quien deseara aprenderlo. No le gustaba que las riquezas de la palma permanecieran en lo alto, en espera de que el viento o el rayo vinieran a destruir lo que ese árbol, con sueños de águila, sólo entrega a los audaces que saben dominarlo en el aire.

 

13/06/2008 23:32 Luis Sexto #. Curiosidades



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