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SEMBLANZA DE LEÓN BLOY

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Por Luis Sexto

Este fue mi primer artículo publicado. Apareció en la revista mexicana Ábside hace exactamente 40 años.  Entonces yo tenía 22. En esa época, escritores como  León Bloy seducían mi vocación de escritor. Creo que elegí bien el modelo.

El triste penitente jura de rodillas ante el sacerdote enmudecido por la perplejidad, execrar sobre los vasos sagrados donde la sociedad oficia su culto a la avaricia y la sinrazón ¿Quién es este desesperado imprecador que armado de su total abandono se arroja alas calles de Sodoma para defender los derechos de Dios? León Bloy. A fuer de ser originales no nos ahorraremos el título que universalmente se le ha dado: Vociferador de lo Absoluto. Quizás un fanático con la evangélica misión de ejercer de carillón a las trompetas celestiales.

Nace a mediados del siglo decimonono, en los años en que un fehaciente positivismo ocupa a muchos espíritus  de Francia, no tanto el propugnado por Comte o Spencer cuanto un positivismo mercantil de dividendos y acomodo. Surge a la vida, que será hasta su postrer alarde de vitalidad combate ininterrumpido, con un prisma doloroso, estoico, ante los ojos. La Gracia formaba desde los primeros vagidos al profeta, y ella en su sabiduría no permitiría  que el elegido conociese el sosiego de los simples cuando poseen un salario de por vida.

Es intensamente aleccionar ahondar en la existencia de León Bloy. Resulta asombroso seguir los pasos del joven inadaptado rebuscando su espacio en el mundo, atenazado por las lecciones de buena economía del padre mesurado y materialista. Era un genio; nadie lo sabía y creo que él no se percataba cabalmente de su condición. El exceso de fuerza que lo desequilibraba y las pasiones avasalladoras que lo desesperaban y hacían inútil para lo común, las vertía en sus entusiasmos literarios y las encauzaba por el odio a Cristo.

Parece paradójico este León Bloy con el descrito en las  primeras frases del artículo, y en sus últimas raíces lo es. En la superficie un sicoanalista –como también ciertos exegetas- vería la rebelión de la adolescencia, el derrumbamiento de los valores morales que la sangre en su correr joven y ebullente se encarga de golpear. Pero en las entrañas de estos sentimientos se hallan Dios y su voluntad rectora; es paradoja  que tendrá sus consecuencias felices o, más certeramente, inmejorables, como que están fabricadas por la Divina Contradicción. Por el odio a Cristo llega a Cristo. Y una vez abrazado al Nazareno de palabra de oro, vive y es capaz de morir por su amor.

Encajarían en la boca de León Bloy las palabras del poeta bíblico: “El celo de tu casa me devoró y los oprobios de los que te ultrajan cayeron sobre mí.”No es el primer que llega a ser devorado por el celo de Dios por esta vía. Su mutación espiritual nos recuerda la de San Agustín, para citar nada más un ejemplo que integra la constelación de convertidos por el odio. He ahí la paradoja: Bloy convertido, por el odio a Cristo, en un apasionado amador de Cristo.

Después de la catarsis casi fanática, el literato cobra vida ubérrima. Su pluma puede rasgar el papel impelida por el Amor. No necesitará otra cosa en el resto de sus días. Nunca hubiese escrito por el afán abominable de dinero. Si el amor no hubiese trastrocado sus rumbos él habría inventado por quién y por qué vivir y escribir. El hombre  y el escritor formaban una unidad orgánica y moral; llevaba en su alma el estigma de la generosidad y sus pies pisaban hondo, muy hondo. No importan sus injusticias que le impiden ser un santo.

Ahora que conozco al panfletario con honor que combate denodadamente contra las suciedades de la sociedad, que desfigura la hipocresía que desfigura los rostros maliciosos de los hombres, se me ocurre detectar homología, salvando el tiempo y la distancia, con otro escritor también francés, también poseído del mismo horror. Sin dudas, entre el autor de El Rojo y el Negro y Bloy hay puntos de tangencia, pero ambos lucharon con armas distintas. Si Sthendal se hubiese llenado con la pureza que inflamó al Desesperado, la cabeza de Julián Sorel hubiera venido abajo por causa más digna.

León Bloy, el león de manso corazón, fue despreciado. Tanto los idólatras de Baco como los cristianos arrebatados por el infierno que llevamos dentro, sentían el estallido colérico del flagelo sobre sus espaldas y lo rechazaban enérgicamente. Destino de profeta en su tierra como en la ajena: ser incomprendido, ser apaleado. Era su destino; estaba  comprometido con el Amor y seguiría vociferando hasta que su garganta hinchada no pudiese más; y aún así no callaría, pues continúa imprecando con el estruendo del rayo...

 




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