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GABRIELA, ÁNGEL Y VIENTO

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Por Luis Sexto

 Quizás sea atinado aceptar  provisionalmente que cuando sustituimos nuestro nombre  con  un seudónimo, es porque nos empuja el deseo de oponer el “Yo” que uno desea ser  al que es. Ello es lo que parece haber ocurrido con Gabriela Mistral, nacida  como Lucila Godoy en 1889 y muerta 68 años más tarde con el nombre de un arcángel judeocristiano y el apellido del viento que sopla desde África hacia el valle del Ródano.

No evito la especulación. Consciente soy de qué  dentro del alma humana he de andar a tientas, con el sigilo de un ladrón nocturno que teme, no solo despertar peligrosamente a cuantos duermen, sino afrontar un riesgo estéril al entrar en la habitación equivocada. ¿Dónde está la lámpara de láseres que nos facilite recorrer los pasadizos interiores de esta mujer sin introducir los dedos en algún enchufe que nos electrocute con el ridículo? Freud lo intentó. Y a veces rozó el desacierto con la presunción de convertir a la psique sensitiva y complicada del Hombre en un amasijo de determinismos oníricos o postraumáticos.

¿Qué mueve a una persona a adoptar un seudónimo? Quizás lo que he dicho: el propósito de ser distinto al que se es, de definirse en la otredad al menos para la percepción pública. O también influyen los acertijos artísticos que suponen que un nombre ficticio, concebido junto a asesores de propaganda, porta más gracia, más atractivo, que el que se obtuvo en la declaración paterna ante el encargado del Registro Civil. Gardel por Gardes; Marilyn Monroe por Norma Jean Becker; Moliere por Juan Bautista Poquelin; Fray Candil por Emilio Bobadilla; Almafuerte por Pedro Bonifacio Palacios… Tal vez un irreducible complejo de inferioridad, o un conflicto de timidez insuperable perviven en el lecho movedizo de un seudónimo de escritor, poeta, dramaturgo, actor o actriz, cuyo nuevo nombre lo representa en la nueva vida de la fama. Puede ser solo eso, o posiblemente sea más. Pero casi suscribo que mayoritariamente una valoración muy aguda de los beneficios publicitarios sugiere el cambio de identidad, al menos en las relaciones públicas.

En Gabriela Mistral no lo veo de ese modo tan práctico. En su poema  “La otra” creo hallar una razón valedera. En esos versos deja filtrar ese querer renacer de la natal envoltura como otra: “Una en mí maté: yo la amaba (…) yo la maté. Vosotros también matadla.”

Los amigos y críticos de Gabriela coinciden en afirmar  que el tejido de su psique  estaba tramado con el fuego volcánico y los estremecimientos aciclonados del genio. Esa naturaleza no cabía en el apelativo común de Lucila Godoy, de modo que la maestra rural asume el nombre irrepetible que la identificará en la sobrevida de la poesía, orbe donde únicamente cabía la superabundancia de su espíritu.

Cuando Gabriela Mistral murió, el día de su deceso debió de oscurecerse el cielo de América Latina. Moría, según el poeta Eliseo Diego,  la mujer que estas tierras esperaron durante 400 años. Desde Sor Juana Inés de la Cruz, en el siglo XVI, la literatura de la América que está debajo de la del Norte, y es diversa y única en sí misma, y distinta a la que habla el inglés práctico del confort, no había contado con una poetisa tan universalmente femenina.

Gabriela, sin embargo, trasciende, supera a Sor Juana Inés en la ternura. Si la lucha de Juana de Asbaje -velada con un seudónimo como rito oficial para distanciarse simbólicamente de la dama  anterior a su ingreso en el convento- fue por establecer el valimiento intelectual de la mujer en tan temprana época,  la maestra chilena del siglo XX levantó, en cambio,  el emblema de la ternura; ternura que en ella, de acuerdo con Pablo Neruda, otro seudónimo liberador, se transparentaba  como “una sonrisa de harina en su cara de pan moreno”.

 Muchos de cuantos la juzgan quieren ver en la autora de Desolación, por ello,  a “una enemiga de lo intelectual”; a una intuitiva extrema que despreciaba el esfuerzo consciente del pensamiento. Pero, tengo que admitir, aun entre paradojas, que fue una intelectual de pulsaciones ardientes. Su obra, ganadora del premio Nobel,  es una prueba y un molde de conocimiento técnico de  la literatura, de dominio cultural del idioma. Habría que leer su folleto sobre la lengua de José Martí. Y vamos a palpar las sugestiones más impulsivas envueltas en el rigor del saber y de la información. Doblemente interesante es ese librito, que fue al principio una conferencia y después ha sido la conjunción del águila y la serpiente en las cumbres nevadas de los Andes; empalme del que vuelta y del que repta: esto es, del genio y del trabajo. Juntos ambos, como personalidad inmanente desde cuya altura el mundo se aprecia azul y blanco.

Para ella, como para Martí, la inteligencia solo era valiosa si servía para expresar lo más humano de la vida. Y por esa causa odió el brillo de la literatura sin savia de emoción y ternura. Entre sus insultos predilectos figuraba este más de una vez dicho con suavidad a algún erudito presuntuoso: “Estás podrido de inteligencia”. Ella, contradictoriamente, estaba compuesta de inteligencia, pero de fibras de intelecto sensible y apasionado en el que la razón atendía en prioridad las aparentes sinrazones humanas y luego lo formal y práctico.

Fue, por todo, la cantora de la ternura –así, incluso tituló uno de sus poemarios-. Su poesía, aun la que impreca y maldice, la escribió con “dulcedumbre de madre para el hijo dormido”, como reza uno de sus “sonetos a la muerte”. Y madre fue para los niños de la guerra civil española. Y como madre inquieta actuó para sus pueblos de América Latina, solidarizándose con la épica guerrillero de Sandino en Nicaragua.

 El corazón de la poetisa era una masa telúrica. Provenía de la propia raíz de los Andes donde, como advertía Martí, se apretaba la plata. La plata que en Gabriela palpitaba con el instinto del Incario, la Araucaria  y Tenochtitlán, en el haz que juntó casualmente la Hispania Fecunda de Rubén Darío. Ah, lo comprendo ya sin torceduras: Lucila Godoy, la muchachita frustrada, zurcidora de recuerdos, no alcanzaba para tanta gloria. Era tan ancho su corazón que solo podía habitar en el nombre de un ángel acompañado por el viento.




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