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EL ENTIERRO DE MI ABUELO

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 Por Luis Sexto

Tengo una frustración: no haber conocido al padre de mi padre. Ni en fotografías. Y su imagen en blanco intenta a veces ajustarse a mi figura cuando me copio ante un espejo. He querido parecerme a mi abuelo gallego.

El otro, el materno, nacido en las Islas Canarias, compensó la ausencia prematura de don Francisco. Oyéndolo adquirí –como algún famoso novelista con su abuela- el gusto por las narraciones heroicas. Yo era el auditorio frente al cual abuelo protagonizaba las rebeliones que nunca encabezó, las peleas que nunca ganó, las injusticias que nunca vengó. Ficciones de guajiro oprimido en todo menos en la imaginación.

Antes que el radiorreceptor de pilas, él me contagió de mitos. Y cuando alcancé seis o siete años,  los parientes se atormentaban al estimar que había yo nacido bobo, porque me sorprendían arrancándole al cuero del taburete el galope de caballo que  abuelo me había trasladado a la mente.

Muchos años más tarde me avisaron con urgencia. Durante el viaje estuve pensando que los abuelos no debían morir. Generan el único cariño gratuito de la vida. Los padres aman insuperablemente, pero a cambio, en un trueque inconsciente, piden a sus hijos ser como los concibieron antes de asomar por la claraboya que el amor les abre. Los abuelos miman, aplauden, amparan, y como clientes distraídos de la tienda, se marchan sin esperar el vuelto de su moneda.

Llegué al pueblo horas después de que el verde y el fulgor de abril se ahogaron en las cataratas del viejo. La familia estaba reunida  como creyendo ver un sueño o una mentira en la cara irremediablemente seria del abuelo. Empezaron a mirarme con el azoro de ciertos animales ante un bulto desconocido. No querían aceptar que el tiempo me hubiese puesto otro sobre aquel que se fue en el tren una mañana polvorienta y deshabitada.

El entierro partió enseguida. Los vecinos nos acompañaron sin importarles la harina rojiza que se les pegaba como nuevo betún a los zapatos. Había llovido. Y el cielo aún se tapaba con nubes gordas y grises. Me extrañó que nos detuviéramos a la puerta del cementerio. Obsevé a Tío Juan conversar apartadamente con un hombre alto, de pelo blanco y en sus gestos la solemne rigidez de una guayabera recién planchada. Trabajaba en la botica. Yo no lo conocía. Se había afincado en el pueblo pocos años antes. Y lo oí preguntar por el nombre completo y el lugar de nacimiento de abuelo.¿Para qué? –pregunté, y supe que ese señor despediría el duelo y tan sólo cobraría diez pesos.No deseaba sobresalir en aquel trance por mi impertinencia, y prohibirles a los vivos guardar un retrato del difunto, trazado con palabras buenas. En la gente hubiera quedado una sensación de acto inacabado, ceremonia inconclusa -de muerte incompleta- que los habría agobiado mientras tuviesen memoria. Sin embargo, argumenté:-Pero no conoció a abuelo, qué podrá decir.Pueden suponer que también me molestaba que las virtudes de abuelo se ponderaran con palabras pagadas como en un telegrama.

Un tanto alebestrado cañoneé un que se vaya.La resistencia de Tío Juan  se mostró cautelosa al preguntarme quién hablaría. Me trabé en un silencio cabizbajo. Era un problema.Si no hablas tú, lo hago yo –decidí.Tío Juan volteó  hacia los demás sus ojos, tan pequeños y tristes ahora. Pedía auxilio. Todos tiraron los suyos en los charcos amarillentos. Nadie habló. Sólo se oía el carraspear de una tormenta por donde la chimenea lejana del ingenio soplaba figuritas negras sobre los cañaverales acostados por el viento. Se defendió todavía:¿Qué vas a decir, muchacho?Y mientras me acercaba al último surco abierto por el viejo, creí que todos me preguntaban burlones y adoloridos a la vez:¿Qué vas a decir, bobo?Yo tampoco lo sabía. Pero acabé de introducirme en aquel ruedo.

Despacio, como si la voz me cojeara, enumeré los méritos de mi abuelo. Y cuando regresábamos sacándole quejidos huecos al  barro, todos me daban la razón. No se podía decir más. Esa era su verdadera gloria: El trabajo, la honradez y el haber aprendido a leer a los setenta. Así hubiera hablado él -comenté.¿Quién? ¿José? No, Francisco...Y callé. No les dije que a ese abuelo siempre he querido parecerme, porque ha causado mi única frustración: no haberlo conocido.  (Del libro Crónicas del primer día)

20/03/2008 22:24 Luis Sexto #. Crónicas

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gravatar.comAutor: Fabian Pacheco Casanova

>>>>>Desdichado aquel que toca despedir el duelo de un ser querido, pero comprensible, el ultimo ADIOS a quien en nuestra vida veneramos, quizas por haber vivido demasiado...Sr. Luis Sexto Ud. fue venturoso al poder tener toda su familia en momento tan solemne y desicivo para todos los que a alguien ama UNIDA...Mi Abuela Angelica Alvarado del Corral, muere poco dias de haber dejado YO la prision despues de nueve largos anos sin verla, cuando de Pinar Del Rio me train amigos a las Diez de la Noche, en el Portal me esperaba, la vi acabada desnutrida pero siempre olorosa, muchos besos me dio, muchos abrazos gozosos le transmiti por largo rato ANGELICA...No la pude enterrar o Santa Sepultura dar en el panteon de la Familia Pacheco, en la Lisa, Marianao; Todos los Pacheco Habiamos luchado, eramos presos politicos, las Mujeres detenidas por largas horas y nuestra viviendas ultrajadas sistematicamente. El Hijo fidelista-Guevarista que un afiche de Guevara el Guerrillero "Heroico" Inmenzo en su sala desplazaba en lugar prominente, no lo permitio, muchas suplicas y conversaciones de la familia con el, y en especial mis palabras no convencian, al aferrado al hombre y sus ideas, el castigo final fue NO, Un pariente lejano en el cementerio de Colon me facilita su masoleo, y alli es donde Va su cuerpo, El castigo a toda la familia y los que fuera en el EXILIO estaban, fue consumado, Sus dos Hijas Carmen Y magdalena COMO MIGUEL no entendian Viviendo en el pais donde Nacio Abuela, El PaRiente lejano era mas seguro para en COLON y como desagrabio ASI el hijo Mayor ChaCho lo pidio,Y LO EXIGIO, Mi tio...Con el Pecho Apretado, quizas no por la muerte que es duena de todos, La dureza de los anos transcurridos en las ultima decada nos fortalecia a todos, y el discurso de despedida del duelo me toco a mi... El Hijo de Chacho, se acerca, muchos vecinos amigos y familias Fabian, Pero tenemos que sepa YO tres del Departamento de Seguridad del Estado Cubano ENTRE LOS PRESENTES, Por favor Hery No quiero que vuelvas PARA ATRAS, Me entiendes. Puchito el Hijo de mi tio EL gUEVARISTA me insistia cuidado lo que dices, MI PRIMO.... Y mis ultimas palabras de aquel CONMOCIONADO momento fueron....Y EN NOMBRE DE CARMEN, MAGDALENA, MIGUEL, AUSENTES POR CAUSAS AJENAS A SU VOLUNTAD , NIETOS Y NIETAS ESTE MOMENTO DOLOROZO PARA TODOS LOS AMIGOS Y FAMILIA QUE A MI QUEIRDA ABUELA ANGELICA CONOCIERON, TRANSMITIRLES QUIERO, QUE POR CAUSAS AJENAS A LA VOLUNTAD DE LOS QUE EXILIADOS EN TIERRAS AMIGAS SE ENCUENTRAN A 90 MILLAS DONDE MI ABUELA NACIO HOY NO SE ENCUENTRAN AQUI, DANDO EL ULTIMO ADIOS y en nombre todos en especial los DE ALLA las mas esprecibas gracias a todos......E.P.D. Angelica y el querido abuelo de LUIS....Fabian Pacheco Casanova....

Fecha: 21/03/2008 11:37.


gravatar.comAutor: Enrique R. Martínez Díaz

Yo no conocí a mis dos abuelos, ambos murieron antes de yo nacer; de uno, abuelo por parte de padre, y que se llamó Enrique Martínez Barroso, conservamos una foto de 1911, con un mostacho impresionante; según me contaba el viejo, era algo cascarrabias y gran lector. Mi abuelo por parte de madre, que se llamó Rafael Díaz, era un isleño ó hijo de isleños, que se ganaba la vida pescando ó haciendo lo que hubiera a mano; murió a los 48 años, dejando a su viuda con seis hijas, una de ellas, mi madre, de 9 años. A mi abuela materna, tampoco la conocí; murió la Teresa Escanio en 1948, dos años antes de yo nacer. Si recuerdo a una dulce viejecita llamada Aurora Oller, que era la madre de mi padre; casi siempre bordando ó sentada en una balance, pues desde los sesenta años era casi inválida, y vivió 72; falleció en 1963. No tuve la suerte de tener un abuelo como el compañero Sexto, que me hiciera cuentos, en ese aspecto lo envidio. Espero que pronto mi hijo haga el correspondiente encargo, para ver si tengo la suerte de que mis nietos puedan recordar a su abuelo, como un viejito que les traía dulces y les hacía cuentos. Al menos, ese recuerdo lo tiene él y mis sobrinos de mi padre, que además le hizo canciones a su primera nieta. Lo cierto es que los abuelos consiente a los nietos, cosa que no hicieron con sus hijos; uno llega a abuelo cuando está viejo, y además, aprende que la edad mas bella y en la que se disfruta mas a los seres humanos es cuando son niños; son divertidos, de todo se asombran, ríen sin hipocrecía. Desgraciadamente, las personas mayores no son así.

Fecha: 21/03/2008 12:07.


gravatar.comAutor: chucho

Solo con el pensamiento me traslado al Tibet. Parece que la represion esta siendo generalizada, quizas en proporcion del descontento de los tibetanos. Es triste, ver como un pueblo es olvidado por casi todos. Los tibetanos, no son chinos. No tienen casi nada en comun, ni religion, ni lengua , ni costumbres. Para un pueblo que es de apena 4 o 5 millones de personas la libertad es un imposible. Quizas una autonomia verdadera seria la solucion, pero China dista mucho de ser una democracia. Mi opinion es que Taiwan, deberia desarrollar un programa ultrasecreto y hacerse con el arma nuclear, de esa manera, si se sienta a conversar con la China continental para un programa de unificacion, poder hablar en igualdad de condiciones. Yo conozco como unos 10 taiwaneses y todos detestan a China. Si Tibet es parte de China, pues entonces el Sahara Espanol es parte de Marruecos.

Fecha: 21/03/2008 18:20.


gravatar.comAutor: Gabriel

Don Sexto,

Si tiene usted dos abuelos españoles, eso le da derecho, no sólo a tener un pasaporte español, sino a votar en las próximas elecciones legislativas españolas, donde, naturalmente, su voto valdría tanto como el mío.

Un abrazo

Gabriel

Fecha: 21/03/2008 20:32.


gravatar.comAutor: Laya

Soy de sus asiduas lectoras. Dentro de este escrito hay un párrafo que me parece dentro de lo mejor de lo mejor que he leido para caracterizar lo que es un hecho innegable: el amor de los abuelos. Lo leí por primera vez mientras estudiaba en la cujae allá por el año 98 ó 99 en un mural del departamento de Matemática. En ese lugar si mal no recuerdo se lo adjudicaban a García Márquez, lo cual no me extrañó teniendo en cuenta lo bien q habla GM de su abuelo en sus libros. Años después buscando en internet parte de aquella frase q no olvidé jamás, me di cuenta que el nombre de GM no aparecía por ningún lado junto con el escrito y que el verdadero autor era un cubano, cubanísimo y genial también. Muchas gracias, Luis, por este bello regalo para el alma de aquellos nietos que tuvimos abuelos insuperables.

Fecha: 20/12/2008 21:53.


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