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CITA CON EL PASADO

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Por Luis Sexto

Me ha llegado de Las Tunas un libro con olor a galán de noche. Y que parece haber sido escrito entre los recovecos donde los niños ocultábamos la fantasía que sacudía el pañuelo del abuelo o se iluminaba en la tardanza del amanecer. Es un libro breve. Tan breve como las memorias que trata de remitir, entre las solapas de la poesía, hacia la estación del nunca morir.

Renael González no me ha sorprendido, aunque me ha remecido como un invierno impronosticable, con su noveleta La aguada de los milagros. El autor y yo nos conocíamosmos en el respeto, la delicadeza y la discreción de la distancia. Hace 20 años comenté con ánimo limpio uno de sus decimarios –ya era él un escritor de aciertos. Hasta hace poco nunca nos habíamos visto. Los días del nacimiento, sin embargo, nos vinculaban. Renael nació en 1944 y yo al año siguiente. Y supongo que ha de saber, por esa coincidencia, cuánto me atañen las evocaciones de la infancia o la juventud, y me ha premiado con esta trémula lectura.

Y qué busca este escritor de mi generación en la infancia, como otro coetáneo, José de Jesús Márquez, en su libro Asunto de familia publicado hace tres años en Matanzas. Qué encontramos en esa edad que tratamos de retener y que Renael González hace perdurar literariamente, en el esplendor de su sensibilidad gobernada con el oficio, aún milagrosamente niño, de las palabras y las imágenes. Vivíamos entonces bajo la comba de un ambiente embrujado, mágico; ámbito de apariciones y visiones que sustituían el conocimiento entonces precario, pero que nos mostraban al tacto de la poesía natural que cada ser, cada cosa, cada gesto, cada accidente tenían un alma sintonizada a la nuestra.

Tal vez por haberla vivido en la pobreza del cuerpo y en la carencia del intelecto, la niñez, y la juventud inaugural -de los 15 a los 20 años-, se nos fijaron a los ojos, a los deseos sin réplicas, y por ello no queremos perderlas. Nos negamos a que el niño aquel –título de otra novela que recobra la infancia- se nos haya extraviado en aquella frase: Cuando yo sea grande…

Eso decíamos mientras la ingenuidad desaparecía en la ropa que iba quedando corta y estrecha, sin que tal cataclismo nos afligiera salvo en la impaciencia por acabar de ser adulto y asumir como papeles titulares el cigarrillo prematuro o el amor de mentiritas.

La niñez y la juventud componen –como dijo un señor mexicano de muchos rangos y mucho más ingenio- un defecto del cual uno se corrige con la edad. Quizás en esa virtud que desbroza las imperfecciones de las edades primeras, se acuclilla el peor defecto de nuestra especie: envejecer, y dejar atrás los años en los que la vida volaba sobre las nubes errantes de cualquier tempestad, y el tiempo semejaba la cola sin fin de un papalote airoso, bordeado de inocentes petulancias.

Y la evidencia anula cualquier criterio opuesto: la niñez y la juventud componen las edades más fugaces de los seres humanos. Ya hoy somos menos niños, menos jóvenes que ayer en lo físico, lo orgánico. ¿Seremos también menos sinceros, menos puros, menos audaces, personas que calculan el rumbo de las tendencias para hablar o actuar? Quizás el planeta se crispa, se muerde, se desgasta porque los adultos hemos dejado perder el niño o al joven que fuimos, y los niños o los jóvenes se transforman en adultos más aprisa.

Al leer La aguada de los milagros, me he prometido que si tuviese nuevamente la ocasión de decir aquella frase ritual, aquel ensalmo que pretendía acelerar los procesos naturales del crecimiento, mi respuesta será otra. Porque cuando yo sea grande… cuando yo sea grande seré lo que he sido, y seguiré siendo ese niño que, ahora, Renael González ha despertado en mí. Y me mira con unos ojos donde se adormece la indefinible caída de la tristeza. La tristeza por el que fui y no seguí siendo.

13/02/2008 19:08 Luis Sexto #. Cultura



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