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ENCUENTRO CON ANDRÉS HENESTROSA

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Por Luis Sexto

El 13 de enero murió Andrés Henestrosa a los 103 años. Hace unos meses escribí estas líneas que han de servir, póstumamente, como homenaje al poeta fallecido. 

Mi primer artículo o ensayo publicado apareció en la revista Ábside, gracias al hispanista cubano José María Chacón y Calvo. Conservo el ejemplar que me enviaron por correo y la carta que lo acompañaba, firmada por don Alfonso Junco, el director y autor, entre otros libros polémicos, de La jota de México y otras danzas.  Y  hablo de Ábside  y de esas historias que en la vida de un individuo se ensartan cuando aparece un hilo provocador, porque en esa revista de cultura mexicana -que en 1968, cuando yo puse mi nombre inocente en sus páginas cumplía 31 años de fundada- leí una frase de Andrés Henestrosa cuya maestría me hostigó durante un tiempo con el deseo de leer a su autor en más abundante paginación. Alguien citaba un párrafo en el que  este poeta narrador decía: “Muchas otras cosas me regaló España. Muchas más me dará la vida; pocas como las de aquella noche madrileña. Cómo sería que a la mañana siguiente ya era recuerdo, melancolía, que es como se llama la dicha cuando envejece.”  

Hubiera querido haber encapsulado, en un cartucho de síntesis y poesía, esa última línea subordinada. Y haber seguido en contacto con el autor de ese párrafo tan vital y ascético, tan ingrávido y tan cargado a la vez. Desde entonces pretendí convertirme en lector del que fue capaz de inventar fórmulas tan austeras y tan originales. Y como uno no lee siempre los libros ni a los autores que desea, esperé pacientemente a topar con la prosa de Andrés Henestrosa, mexicano de múltiple sangre, que en 1921, a los 14 años, aprendió el español y más adelante empezó a ejercer los puestos políticos, diplomáticos y literarios que le ganaron  sus aciertos.   Leí más tarde un elogio de su prosa, leve, como pájaro en el aire, ensartada en una ternura melancólica y con la sugerente sobriedad del que cree que las palabras no han de derrocharse como fortuna ajena o mal habida. Las frases que enseguida reproduciré las he capturado, como a mariposas, de salto en salto, y quizás pertenezcan –no lo he podido comprobar desde la distancia en que se halla Cuba de las librerías mexicanas- a Retrato de mi madre, publicado en 1940: “No duró mucho aquel amor. Doce años después mi padre murió. Mucho tiempo para el sufrimiento, pero un instante para la dicha. (…) Mi madre vivió llorando. Después se secó las lágrimas, y una gran resignación, refugio de mis dos sangres oprimidas, ocupó el sitio del infortunio. (…) Silbó el tren. Me monté en él y estoy seguro que lloró aquella noche todas las lágrimas que ante mí contuvo. Estoy seguro porque yo me siento anclado, igual que una pequeña embarcación, a un río de lágrimas.” 

Hace unos días, al fin se produjo un encuentro completo entre Henestrosa y yo. Divagando entre los libros domésticos de un amigo, hallé un  volumen de crónicas del mexicano y lo pedí en grado de urgencia suma: como una medicina que de no ingerirla, puedo perecer. Fue uno de los últimos, ya nonagenario el autor: La otra Nueva España, compuesto en 2001 a base textos publicados en periódicos sobre escritores y artistas españoles. Posiblemente me hubiese gustado sumirme en Los hombres que dispersó la danza, o en el mismo Retrato de mi madre, o Los cuatro abuelos, o Acerca del poeta y el mundo, títulos, entre otros, de su bibliografía. Pero aun en estas crónicas urgidas por el periodismo se aprecia la prosa aérea de Henestrosa, donde cada palabra no necesita de otras para alcanzar un valor dentro de la abnegación de quien renuncia a lo mucho por lo mínimo. Andrés  convoca, más que la belleza, la sustancia de la realidad y el Hombre.  

La belleza parece no ser conquista que lo presione. Ha confesado que una de sus hazañas es haber aprendido el español siendo adolescente, cuando ya había formado su pensamiento y su habla  en la dulzura de las lenguas indígenas. Pero cuando escribe prefiere ser fiel a la vida. Solo intenta –interpreto- pasear su espejo por el suelo y el paisaje, mientras  las  llamadas calidades del estilo se le van adjuntando en la ruta después que la verdad, apenas rozando el camino a pesar de su peso, marcha airosa en su carroza trashumante. Lo acepta claramente cuando, lamentando la muerte de Pío Baroja,  dice que este  es “un escritor que desentonaba un poco en el coro de los grandes escritores españoles”. “No tuvo la maestría de Gabriel Miró; careció del arrebato de Miguel de Unamuno; muy lejos de la elegancia de Ortega y Gasset, entre él y Azorín no hay punto de comparación en lo que mira al estilo. Y sin embargo, Pío Baroja ha sido uno de los autores más leídos, más buscados y de fama igual a sus contemporáneos, si no es que más grande. ¿Por qué? Porque Baroja al escribir echaba adelante al hombre más que al escritor.”  

Oyéndole esto, más me apego a Andrés Henestrosa. Y más me percato de que mis deseos de leerlo, a medias satisfechos, podían haber estado prescrito desde mucho antes. Tal vez desde el primer momento cuando él indio recién estrenado en el español comenzó a leer a esos españoles “de otra Nueva España” que nombra, respeta  y ama: Unamuno, Azorín, Baroja, Ortega, Miró, Bergamín…  Los mismos autores, me parece, en los que quise aprender a quedarme para siempre en una página,  que esa es la gloria del que posee un estilo.     




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