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LA MUERTE DE LISANDRO OTERO

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Por Luis Sexto 

Exactamente cuarenta y nueve años después de haber difundido quizás la noticia más importante de su carrera periodística, Lisandro Otero murió la noche del pasado 3 de enero con el crédito de ser autor de una obra donde convivieron sin estorbarse la literatura y el periodismo. 

Temprano en la mañana del 1 de enero de 1959, Otero abrió el canal 12 de la Televisión cubana con la noticia de que el dictador Fulgencio Batista se había fugado del país esa madrugada. Era entonces un periodista con cierta experiencia en la revista Bohemia y autor de un libro de cuentos titulado  Tabaco para un jueves santo Nacido en 1932 en la Habana, estudió en la escuela de periodismo Manuel Márquez Sterling entre 1950 y 1954, filosofía en la Universidad de La Habana y de 1954 a 1956 siguió cursos en La Sorbona. 

A partir del triunfo de la Revolución, Otero compartió funciones de dirección en medios de prensa, entre ellos el suplemento cultural Lunes de Revolución y las  revistas Cuba y Revolución y Cultura. Sirvió como diplomático en Londres y en Santiago de Chile y fue además vicepresidente del Consejo Nacional de Cultura. En los años más recientes ejerció hasta su muerte como director de la Academia Cubana de la Lengua, correspondiente de la Española. Paralelamente, incluso mezclando experiencia y escritura fue desarrollando una obra narrativa que incluyó libros de reportajes como ZDA, En busca de Viet Nam y Razón y fuerza de Chile. Entre sus novelas sobresalen dos obras maestras, la noveleta Pasión de Urbino, en la que abordó audazmente la vida sexual de un clérigo, y Temporada de ángeles, un fresco sobre la revolución inglesa en la que se advierte, aparte de la exacta y viva reconstrucción de la corte londinense del siglo XVII, un lenguaje tan precisa y artísticamente organizado  que la convierten en una de las novelas de más alto nivel estilístico en la literatura cubana. La situación –premio de la Casa de las Américas en 1963-En ciudad semejante, El árbol de la vida y Bolero, son otros de sus títulos que, en conjunto, fueron traducidos a 15 idiomas. 

Lo más singular de Lisandro Otero radica en que  hasta sus últimos días ejerció el periodismo. En 2006 publicó un volumen con las crónicas y reportajes publicados en  medios de América Latina y Europa en la última década. Con esos textos – recogidos bajo el título de Avisos de ocasión- que se afiliaban unas veces al periodismo literario mediante la fluidez narrativa y otras a través del ensayo y la crónica, Otero mostraba su profunda cultura y, en particular, su dominio noticioso de la actualidad.  

En una entrevista concedida al autor de esta nota meses antes de fallecer, Otero confirmó que había comenzado a escribir bajo la influencia de la literatura estadounidense moderna.  “Antes había experimentado la influencia de los españoles de la Generación del 98 y la omnisciencia del autor, legado del siglo XIX, se me introdujo en el discurso literario. Tuve que hacer un esfuerzo para sacudir al autor-dios y darle entrada al observador objetivo y aparentemente desapasionado. Describir como un testigo y no involucrarme como un protagonista más, esa fue la primera enseñanza de aquellos escritores, que abandoné después, cuando comencé a leer intensamente a los franceses, especialmente Stendhal y Flaubert.      

Entre los norteamericanos que leyó enumeró a “maestros como Hemingway, Dos Passos,  Faulkner, John Steinbeck, William Saroyan,  Erskine Caldwell, James T. Farrell, Thomas Wolfe… Más tarde vinieron otros: Norman Mailer, Carson McCullers, John O´Hara, Truman Capote, Gore Vidal”. 

Más evidente fue la  influencia norteamericana en su periodismo, sobre todo en tu modo asumir  el tema  mediante datos informativos que van directo al interés de los lectores. “El periodismo norteamericano –reconoció- descansa principalmente en la compilación de datos corroborados y de ahí surge la reflexión y el razonamiento propios. Primero, los hechos, luego, el análisis. Ese es el estilo que uso, aunque cuando llegó el llamado “nuevo periodismo” de Tom Wolfe, la mezcla de elementos narrativos, descriptivos y ambientales con la trascripción informativa encontré que yo había estado haciendo eso desde hacía tiempo”.  

The New York Times le sirvió como de sus modelos principales.  “A pesar de su falta de ética, como lo demostró en sus informaciones sobre la invasión de Irak, sus notas periodísticas son, técnicamente, magistrales”. 

Lisandro Otero murió con el reconocimiento oficial al ser honrado en 2002, con el Premio Nacional de Literatura.  Era también un autor acatado por los lectores, y su obra, no obstante cualquier arista controvertible, ha de figurar por sus calidades estéticas y sus valores humanos como una de las más sólidas y respetables de la literatura cubana escrita durante la Revolución y de la lengua.     

 




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