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RESPONDIENDO UNA PREGUNTA

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Por Luis Sexto

Qué es lo que hay que cambiar, me ha preguntado un lector al enviarme su inconformidad por mi nota anterior en la sección Coloquiando en Juventud Rebelde. Debo reconocerle la expresión franca y, sobre todo, respetuosa. Se quedó sin entender, dice. Pero de los ocho mensajes electrónicos que entraron en mi bandeja, siete acusaban haber comprendido perfectamente; incluso, uno me mostraba su inquietud porque, alegaba, yo estaba jugando con “gasolina y fósforos”.

Desde luego, quien escribe para el público, del público debe de esperar diversidad en la comprensión del texto y en su evaluación de lo escrito. El lector suele completar cuanto lee, o exigir al autor por lo que le faltó. Uno ha aprendido a reconocer ese derecho en quienes se acercan a  las letras ajenas. Esa relación me la definió en una entrevista, a su modo ingenioso y urticante, el escritor Gustavo Eguren: Cuando escribo y publico hago un acto de agresión, es lógico, por tanto, que ciertos lectores respondan…

Quisiera pensar que mi lector inconforme –cuyo nombre callo porque no le he consultado- sí comprendió cuanto dije o quise decir, aunque me estaba exigiendo mayor precisión. Tal vez quería ver en el periódico todo cuanto él pulsa en su vivir y saber. No me justifico. La posición del periodista es muy incómoda y uno ha de conciliar muchos intereses y mantener una forma responsable.

Usted me pregunta qué hay que cambiar, y me parece que la decisión de establecer lo que necesita “cambiar” compete, en particular, a las autoridades políticas; a mi opinión tal vez le corresponda repetir lo que dije en mi nota anterior y he venido sosteniendo. Hemos de cambiar nuestra percepción de la política: subordinar las consignas y las palabras a los actos. Comprender, de manera general, que los mejores argumentos para defender nuestra sociedad del peligro de sucumbir, son las acciones que propician el progreso y la solución creadora de los problemas que limitan el bienestar.

¿Me pregunta usted qué cambiar? Lo que ya dije: cambiar el enfoque burocrático, rígido, autoritario de la política y la economía. Desterrar la visión autocomplaciente; adecuar los deseos a las realidades; convencernos de que detenerse, es decir, dejarlo todo como está por temor a perderlo todo, es un modo de empezar a perderlo… todo. Oh, la vida da cada lecciones. Y están ahí: cercanas en la historia; culpable de ceguera es quien no las quiera ver…

Me pregunta usted qué cambiar. ¿Y por qué me lo pregunta? ¿Acaso no vemos la urgencia de que el trabajo readquiera entre nosotros el valor de estimular a todos y no a un grupo de trabajadores de vanguardia? ¿Acaso no necesitamos que la crítica sustituya un tanto los aplausos, esto es, aplaudir lo que lo merece y enjuiciar democráticamente lo que nos perjudica? ¿Acaso no hemos de hallar la organización económica que impida que nuestros campos se escondan tras las yerbas malas y que unos pocos  hombres desde las oficinas digan a los muchos del surco qué hacer y cómo hacer? ¿No nos parece que las estructuras de “ordeno y mando” ya demostraron su incapacidad para dirigir a las personas en la política y la economía, y para convertirlas realmente en dueñas de la propiedad social?

Hemos de cambiar, en fin, cuanto haga vulnerable la independencia del país y limite la justicia y la libertad conquistadas por la Revolución. No es poco. Y yo no soy original al decirlo. Como tampoco lo soy al repetir que todavía algunos piensan que todo está bien, que nada tiene que moverse, porque si se mueve se quiebra su comodidad de actuar y decidir sin rendir cuentas… Ahora bien, esa es una posición que no tiene nombres: se escurre entre las apariencias y se  ha aposentado en butacas confortables, en vidas apacibles. A lo mejor usted los tiene al lado.

Y se me acabó el espacio. Lo demás, como dije el viernes pasado, póngalo usted… (Publicado en Juventud Rebelde, 14 de diciembre de 2007)

 

18/12/2007 20:11 Luis Sexto #. Política



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