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POESÍA BAJO CONSIGNA

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Por Luis Sexto

 Uno va muriendo poco a poco. Lo aseguran filósofos, biólogos, químicos, físicos. Y cuando lo digo yo, que nada soy, no pienso en la muerte paulatina arrastrada por el envejecimiento. Me refiero a que al perder un afecto queda trunca la parte del corazón que el difunto ocupó. Uno, pues, también está compuesto de cadáveres afectivos. Y el 19 de octubre de 1991 se me adjuntó Félix Pita Rodríguez. 

 Después de dejarlo solo en su tumba volví a releer Las crónicas. Fue el primer libro de poemas que leí completamente; discurría yo por el tránsito dichoso y sin carné de los l6 años. Desde entonces Félix fue para mí una presencia imprescindible como el primer maestro o el primer amor.  Lo reduzco, a pesar de mis intenciones, si prosigo ciñéndolo a los valores que le atribuí mientras sus libros operaban en mi conciencia de aprendiz y su amistad vigorizaba mi vocación de escritor. Félix ejerció también una presencia insoslayable en la conciencia de la nación. Sólo ocurre con los escritores que trascienden las cercas del individuo y se amasan con los dolores, las aspiraciones, la historia de su pueblo. Y de voz personal, se transforman en sonido, voz, lengua patria.   

Con Las crónicas: poesía bajo consigna, Félix Pita Rodríguez olvidó sus deudas formales con el vanguardismo y el surrealismo, y se insertó en una poética cuyo compromiso con la revolución pasó del espíritu a la letra. Nunca como en ese momento de 1961, obra y hombre se soldaron en una irradiación unánime. El joyero de versos engastados con cinceles que esterilizaba en los vapores del lujo verbal,  renuncia a  comprar una parcela en los terrenos de la posteridad y se abstiene de levantar “un edifico de nieblas, / construido utilizando materiales del sueño, / sombras del subconsciente, / ni purezas definitivamente puras”.

Félix comenzó enamorado del Hombre; quiso interpretarlo en su porción invisible, en esos resortes de la conducta que a veces son un misterio. Era, así, un filósofo a lo popular: buscaba el hombre y recaló en la indagación de Juan Pueblo, Juan Desposeído, Juan Pobre, la forma doliente de ser hombre. Y viajó aparentemente impelido por el afán de parecerse a algún personaje aventurero de Salgari. En realidad, el vagabundeo por el planeta fue el impulso natural de su humanidad. Sus libros son trasunto de la experiencia en un callejón místico o en una posada marginal de Veracruz. 

Nunca se embarrancó o temió el naufragio. Poseía la escalera para subir y aposentarse en el cuenco del humanismo popular, que lo convirtió en filósofo de la lucha y el cambio. La sensibilidad  -aguzada, fantástica escalera- le despejó cualquier nubarrón vanidoso y le cortó a tiempo el ombligo como pecado original. Para él, como poetiza en Las crónicas, la vida era como estarnos  “jugando nada menos que todo lo que debe ocurrir mañana”. Su divisa era una toma de posición humilde y doméstica: “Servir es más preciso que brillar”. 

Y no mentía. Lo certificaba su militancia en el bando de los intelectuales angustiados por la suerte del Hombre en el Madrid asediado durante la guerra civil o en el París adonde recalaban los perseguidos del fascismo, o en La Habana lacerada por la tiranía de Batista… Y lo confirma su obra cuya sustancia creí encontrar cuando terminé de buscar cuál era la palabra más repetida por el autor de Corcel de fuego. Me trasmitió la costumbre León Bloy, escritor francés que se hacía llamar Mendigo Ingrato.  En una de las cartas a quien era  entonces solo su novia, Juana Molbech, dijo que la palabra más usada por un escritor representaba el fondo de su alma o de su obra. Era, según la tesis del autor de El desesperado, una definición implícita de la personalidad, un carné de la naturaleza moral y estética del autor y su escritura. Había aplicado el método en Edmond de Goncourt y la encuesta determinó que la palabra más socorrida de este narrador francés era: nada. Y nada -tal vez pudo sugerir en la carta a la hija del poeta nacional de Dinamarca- es la obra de Goncourt. Aceptémoslo con sospecha. León Bloy se apegaba a sus odios como las garras de su nombre. También el cubano Elías Entralgo aplicó el método al escribir el prólogo de las Prosas Varias de Miguel Ángel de la Torre, narrador y cronista fallecido en 1930. Y el término recurrente resultó idiosincrasia. 

A mi vez, hallé 58 veces la palabra corazón en 14 cuentos de Félix Pita Rodríguez. Y contrariamente a lo que pensaría un crítico puntilloso –con frecuencia máscara de un criterio bolo-  creo también que la repetición trasciende cualquier negligencia en el trabajo de estilo y pasa a convertirse en un íntimo rasgo estilístico. El método no me falló. Y la obra de Félix es como lo atestigua el vocablo más recurrente en su prosa narrativa –corazón, del cor, cordis latino, nicho donde la expresión figurada pone los más lancinantes sentimientos humanos. Obra, pues,  cordial, generosa, servicial. Él era así: rotundo, activo, sangrante. Cuando le conté mi hallazgo, tomó uno de sus libros de poesía, y leyó una estrofa cuyo último verso decía: “En lo más alto el corazón.”

 “Ya ves”, dijo;  “parece que yo también intuí algo de eso…”   




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