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DE CODOS EN EL PUENTE

20071101164226-matanzas1.jpgPOR LUIS SEXTO


Mi primera impresión de Matanzas se engarzó con los puentes. De niño, viajero en una Flecha de Oro –la ruta de los pobres- procedente de Las Villas, se me reveló a la derecha la ventana azul del mar, atravesado en la desembocadura del San Juan por un cruce ferroviario, y a la izquierda la lejana silueta de las pasarelas de la calzada de San Luis. El niño miraba desde el paso de hierro del Calixto García. Nunca olvidé la visión. Y me ocurrió como a muchos, o a todos, cuando al transitar por la ciudad les perturba el discurrir de los 15 viaductos sobre los tres ríos que, en lógico rebautizo, debían de legitimarle a la ciudad el apelativo de la Venecia de Cuba, con las góndolas inmóviles de sus puentes.

Matanzas distrajo parte de su historia levantándoles puentes al Yumurí, el San Juan y el Canímar. Intentaba domesticarlos para unir los tres sectores en que la dividieron dos de esas corrientes que asumieron desahogos de rebeldía y que con sus cíclicas avenidas de furia arrastraban las ligaduras de madera o cantería sobre las cuales los vecinos de Versalles y Pueblo Nuevo se comunicaban con el centro de la villa o la ciudad.
Pero los puentes significan allí más que la recta o arqueada servidumbre que allana el camino. Esconden entre sus barandas y pretiles un valor de sensibilidad, cuyo trazo, medieval o moderno, preserva a Matanzas como una postal de caserío somnoliento, arrinconado contra el lomerío por el palmetazo del casi mar interior de su bahía.
Sobre ellos se han acodado todas las generaciones de matanceros. Unos a llorar sus desgracias de amor; otros a filtrar ante la abrupta silueta del paisaje el júbilo de vivir. Y todos, en cualesquiera de las noches de Matanzas han cantado con sus actos, como en un eco antañón, lo que versificó José Jacinto Milanés: “San Juan, ¡cuántas veces, parado en tu puente/ al rayo de luna que empieza a nacer, / y al soplo amoroso de brisas fugaces/ frescura he pedido que halaguen mi sien!”

Yo también, tres lustros después de mi descubrimiento infantil de la ciudad, estuve de codos en el puente. Durante un año trabajé allí, y por las noches solo tenía la alternativa, luego de estar leyendo una hora en la biblioteca Gener y Del Monte, de sentarme en un aburrible banco del parque de la Libertad a silbarle al sueño mis bostezos, o caminar hacia uno de los puentes a mirar el fluir del tiempo en las aguas negras. En una ocasión, acompañado de Enrique Pichardo, nos alumbró la idea de visitar a Agustín Acosta. Los poetas han compuesto otra de las gracias de Matanzas.
Acosta conservaba la fama de haber empezado a actualizar la poesía cubana en los primeros lustros del siglo XX. Su libro principal, La Zafra, le había adherido a su autor el título de poeta nacional. Había llevado al poema la tragedia primordial de la nación: las viejas carretas rechinan, rechinan, llevando el futuro de Cuba en las cañas, hacia el ingenio norteamericano.

El poeta, cordial con los visitantes, me recomendó, aprendiz yo entonces como ahora, que nunca escribiera ni improvisara versos después de comer. Me regaló, corregidas por él, las pruebas de imprenta de su último libro, Caminos de hierro, expresión de su decadencia, publicado en 1962. Durante la charla, su esposa, apreciablemente más joven, que lo empujará, según ciertos allegados del poeta a la emigración cuatro años más tarde* -a pesar de que el poeta había pedido a Dios en versos que “no me alejes de aquí”- entró en la sala. Una estatua de Apolo aleteaba sobre un pedestal en su cuadriga de fuego. Oh, a ustedes también les gusta la poesía, dijo la señora. Cuando nos retirábamos, Pichardo, hombre mayor, comentó su disgusto por ese saludo tan pobre de miramientos.

-¿Viste? El dios griego casi se cae de su carro al oírla- y trató de ocultar su sonrisa afilada bajo el cuello de la camisa, mientras la calle Descanso, contradiciendo su nombre, nos obligaba a caminar hacia la calzada de la Playa, para recalar otras vez en alguno de los puentes donde la ciudad se percata de la atmósfera líquida que la divide y la une en un adormecido tórax marino y rural.

(DEL LIBRO CRÓNICAS DEL PRIMER DÍA)


*1973
01/11/2007 11:35 Luis Sexto #. Crónicas



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