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LA SEÑORA DEL FARO

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Por Luis Sexto

  Las precarias circunstancias en que conocí a Victoria Denis Giraldez, no impidieron que hallara el punto muerto de su ternura.  Llegamos a ella navegando  con cara de asiáticos postizos, porque el sol, y el mar que le servía de espejo, nos achicaban los ojos en una especie de oblicuo acatamiento del rebrillar del mediodía. El viaje, por suerte, era corto, y a los 25 minutos la tierra se acercó al silbato.

El barco fondeó entre dos islotes. Un kilómetro a estribor, hacia el norte, emergía cayo Mégano, diminuto como un estuche, con sus arenas como de cal y forrado de pinares. Desde la banda contraria divisábamos al otro. Distante unos 500 metros mostraba sobre la línea de la costa el cono esquelético  y metálico de un faro pintado de amarillo y blanco. 

Era Cayo Jutías. 

Desembarcaríamos allí cuando el bote que sacaba arena del fondo, tocara las costaneras del remolcador y nos trasladara hacia la orilla. La ansiedad apresuraba los deseos de mojarme los zapatos en el playazo. Tenía hambre. Pero el escozor estomacal azuzado por el aire salitroso no era la causa de mi excitación, sino esa mujer. En el trayecto desde el puerto de Santa Lucía –cuya planta de sulfometales humeaba en la distancia-  yo me dirigía las preguntas normales de un reportero que marchaba hacia un personaje insólito.  Victoria Denis Giraldo era entonces la torrera. Más de diez años antes se había empotrado allí como jefa de la luz en un tramo principal del tráfico marítimo hacia el sur de las Américas. Los lamparazos del Cayo trazan las líneas en los mapas de navegación de docenas de naves que, luego de pasar el faro de Gobernadora, buscan el de Jutías, y después el del Cabo de San Antonio frente al Estrecho de Yucatán.

En qué la habrán convertido la soledad, el silencio, la tensión de sus responsabilidades. ¿Será tímida, delicada; acaso recia, amarga? Me preguntaba y me respondía imaginando figuras arbitrarias, innombrables. Más tarde sabría que una persona nunca encaja en una sola visión. Más bien compone cuadros  donde pueden convivir, alternándose, la fortaleza y la acidez, la timidez y la delicadeza.

En el minuto de nuestro encuentro Victoria se mostró amarga, descortés. El día anterior la electricidad solo le alcanzó para abastecer el faro, y aun no habían venido a reparar el cargador de las baterías. Entonces el cayo permanecía aislado, todavía sin la brevedad de una carretera sobre el mar como hoy.  Ella, así, esperaba electricistas. Porque la desesperaba la certeza de que pasaría otra noche sin los colores del televisor, consolándose del despojo  con el columpio sonoro del mar y el zumbido de algún mosquito infiltrado por los desgarrones de las mallas de puertas y ventanas.

-¿Periodistas? ¿Para qué necesito yo periodistas? –cortó la conversación y regresó a su casa.

Victoria no comenzó en el Cayo como señora del faro. Fue, primeramente, la esposa del torrero. Llegó allí siguiendo a su segundo marido, a quien habían nombrado responsable de aquella luminaria cuya construcción empezó en 1902 y terminó ocho años más tarde. Venían del Cabo de San Antonio donde ella había nacido en 1933.  La vida en Jutías, pues, no se le presentaba como un castigo. La soledad y el asilamiento la acompañaban habitualmente. A los 13 años pareció que podía desprenderse del sino en que se le mezclaban el mar desierto y la tierra arisca. Viajó  a La Habana.  Se casó en 1951. Pero el hombre empezó a beber  aguardiente, y regresaba al hogar trastabilleante,  colérico. Y rompía alguna pieza del ajuar precario de los obreros.

Si el problema es de romper –decidió Victoria- yo rompo esta pareja tan dispareja. Y retornó, con sus tres hijos, al intrincado y olvidado Cabo de San Antonio.

-Allí vivía papá. Solo.

Después pasaron nueve años en Cayo Jutías, contando diariamente los 173 escalones del caracol del  faro. Una mañana,  su esposo navegó definitivamente  hacia Santa Lucía. Iba tras una nueva mujer. O escapaba de la uniformidad del paisaje, la igualdad del tiempo. Lo conocí una década más tarde en el faro de Carapachibey, en la Isla de la Juventud. Supe, por él, que Victoria se había jubilado. Tras la partida irremisible del hombre, el radioteléfono trajo la decisión: había sido nombrada torrera.

La evidencia de que no permitiría una entrevista,  avivó más mi interés. Y le dije a Aramís Ferrera, el fotógrafo: es una mujer de carácter. Él, inquieto por la hora, replicó: eso es lo malo, porque no nos invitará a almorzar. La seguimos.  Y quince minutos después, Victoria cortaba en ruedas varios aguajíes,  sanos, sí, porque los había pescado ella y ella sabía cuál podía enfermar de ciguatera. Yo había penetrado en la casa y me había percatado de que, dentro,  no influía lo agreste del Cayo. Victoria mantenía el chalet como si a cada momento  fuera a tocar a la puerta un visitante desconocido o una vecina chismosa.  Predominaba el gusto de la mujer que, sin lujos, adecenta su habitación para vivir en la limpieza y la luz. Uno lo percibía en los cojines de las butacas, el forro que protegía el televisor, el mantel...  La elogié en voz alta.

Su rostro, hasta ese instante en fase severa, adquirió poco a poco matices de dulcedumbre. Y una sonrisa, que anunciaba hospitalidad, aceptación,  firmó finalmente  un gesto de gratitud hacia mis encomios. Y al encender las hornillas de gas para hervir boniatos y freír las ruedas generosamente anchas, empezó a evocar su historia. Le advertí que no le había solicitado autorización a sus jefes para entrevistarla. Tendrá usted que llamar a La Habana.  A nadie pido permiso para hablar de mí, replicó mientras el olor del pescado, convertido en emisario, pregonaba mi triunfo.   

Aramís, cuya eminente barriga dudada de mi eficacia, entró para almorzar aguají. El cerdo del mar, dijo con la boca llena. 

(Victoria Denis falleció hace unos cinco años; la visité en 1990)   

29/08/2007 10:47 Luis Sexto #. Crónicas



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