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EL MÁS CARO

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Por Luis Sexto 

Juan Ángel Cardi me invitó a almorzar para agradecer  mi nota impresionista, publicada en el periódico Trabajadores, sobre su novela policial El american way of death. Cinco o seis años más tarde, sin quererlo,  y con la voz rota, le devolví la gentileza: despedí su duelo.

Cuando nos sentamos a la mesa era la primera vez que lo veía. Al detenerme junto a su tumba, ya lo conocía tanto como para sostener el elogio que le debíamos y que algunos, por pusilánimes y prejuiciosos, no quisieron decir. Y obraron adecuadamente. Porque –advertí aquella mañana- Cardi no hubiera aceptado un discurso florido, retórico, u oficioso. Se habría quejado a la presidencia de la Unión de Escritores y Artistas en una carta con copia para todos, incluida “la Virgen María”.

Fue un humorista  desde sus primeros tinterazos radiales en 1933, cuando comenzó en radio Álvarez, en la Habana, escribiendo una sección llamada Noticias con rabo. Lo conocí viejo, pero no gastado, que la mucha edad y el poco rendir no han de tomar el sol los domingos necesariamente juntos. Todavía el virtuosismo de su improvisación o su creación humorística, capaz de  cortar el pellejo o de estallar en los pies, alborotaba una página o rompía un grupo. A cierto poeta de mucha armonía y conocimiento, le preguntó si había leído las novelas de un tal Juan Ángel Cardi. El lírico y retraído colega le respondió que sólo leía obras policíacas en inglés. Cardi, manoseando la ironía, replicó antológicamente:-

Esperaré a que me traduzcan. 

En una de las paredes de la sala doméstica exhibía un mural -trazado con varias brochas-  donde, jinete en una bicicleta, llevaba en traje de novia sobre la parrilla trasera a Tata, su mujer. La pintura rememoraba la fecha cuando legalizaron, en medio de un festín inapropiado, una  desmemoriada costumbre carnal. Debajo la leyenda: Gloria in el sexo dedo, corrupción, si alguien no la recuerda, de la primera frase de una oración de alabanza en la misa: Gloria in excelsis Deo.

Era, por supuesto, un chiste.

En los últimos años de su vida ennegreció sus mejores cuartillas, incluso le sopló su estilo juguetón a la humareda de la novela policial cubana, en el espacio fervoroso que discurrió entre los finales de 1970 y la década siguiente. Entre los textos que olvidó publicar sobresale el Epistolario de Floripe Méndez, páginas cosidas en una paráfrasis de Eça de Queiroz –así, con zeta, advierto a los barredores de calle de la literatura: como aparece en las ediciones que conozco del polémico portugués-. Guardo, en particular, la mayoría de las cuartillas, ya limpias, de la última e inconclusa novela de Juan Ángel Carballo Díaz, nombre y apellidos legales de Cardi. Me las cedió Roberto, su hijo mayor, en una declaratoria de heredero que me enaltece, quizás con el propósito de que yo pusiera los renglones que le restan. Ah, el Viejo tendrá que esperar. Debo aún terminar mis novelas. Y Cardi, seguramente, habrá de alegrarse del pretexto, porque, diría, más vale  obra inconclusa que mal terminada.

Al escribir de Cardi las dudas me desconciertan. Son las mismas sensaciones de cuando certifiqué ante sus amigos y lectores que  renunciáramos a las esperanzas, porque en verdad había dejado su habitual jadeante resuello en una cama del hospital Calixto García. Era tan severo, tan urticante, que temo que cualquier juicio mío acarree más indiferencia sobre un hombre inmerecidamente olvidado. Y temo, sobre todo, provocarlo hasta el grado de protestar ante el secretario de la eternidad y remitirme la copia en un papiro celestial tan dilatado como las alfombras de las recepciones presidenciales. Hable él, pues, de sí mismo. Que afronte la responsabilidad de representarse antes de terminar aquel primer almuerzo en La Roca donde por más de cuatro horas hicimos cuanto se suele hacer a una mesa, además de una entrevista.

-¿Cómo se convirtió en un profesional del humor?

-No recuerdo nada de mi vida intrauterina.

-Dicen que el periodismo daña al escritor a partir de un momento...

-También dicen que  un lobo se disfrazó de abuelita.

-¿Qué es el humorismo?

-Desde hace muchos años trato de hallar la respuesta. Vuelva el año que viene.

-¿Cómo escribe: de un tirón, o despacio, martirizándose?-Sin duda alguna de un tirón. El martirio viene luego, al perfilarlo.

-¿Cuándo escribe qué trata de suscitar en los lectores?

-Nunca he pensado en eso. Lo que me preocupa mucho es saber si se quedan dormidos al leerme.

-¿Le resulta difícil escribir?

-No sé por qué esa pregunta me recuerda a alguien que quería conocer si yo sabía lo que era parir.

-¿Sus escritores predilectos cubanos y extranjeros?

-Todo el mundo menciona dos nombres, entre los cubanos. Quiero, sin embargo, ser generoso y nombrar cuatro: Fulano, Mengano, Zutano y Esperancejo. Entre los de fuera, los cuatro que menciona todo el mundo. Creo que es la mejor manera de evitar que Dios se enfade y el Diablo se encabrone.

Nos citamos para ese día a la una. Me esperaba en el bar del restaurante. El pelo un tanto largo y desordenado se concertaba con  una barba deshilachada y blanca, para conformarle una cara de intelectual en bancarrota. Vestía una camisa azul de mangas largas. Me recomendó, con la natural estridencia de los que creen que los demás son deficientes del oído derecho, que pidiera sin consideraciones la bebida de mi gusto antes de almorzar. Había solicitado camarones por adelantado, y ellos necesitan una base digestiva fuerte. Digamos alcohólica. Cardi, me habían contado, era experto en esas minuciosidades gastronómicas y sus preparativos en las barras.Ante un literato decidí vivir en literatura. Y dije:

-El detective de El american way o death, solo bebe un cóctel llamado Alexander. Yo quiero hacer lo mismo.Se alisó teatralmente con las dos manos la melena entrecana, y chasqueando la lengua comentó al tiempo que se levantaba:

-Ah, carajo, qué exigentes son mis personajes. ¡Ese es el más caro!  

(Del libro Con Judy en un cine de la Habana y otras crónicas de la ciudad)




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