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GABRIEL FIGUEROA: UN OJO DIFERENTE

20070613181723-figueroa.jpgPor Luis Sexto

Nacido en 1908, el mexicano Gabriel Figueroa murió evidentemente  viejo en 1997. Su nombre ya solo aparecía en las referencias de los diccionarios enciclopédicos. Lo conocí, sin embargo, un tanto activo en 1986. La Retrospectiva del Cine Latinoamericano de Toronto, celebrada ese año, lo invitó como uno de los pioneros, entre cuyos méritos sobresalía haber ganado el premio a la mejor fotografía en el Festival de Venecia, en 1938, con Allá en el Rancho Grande, de Fernando de Fuentes.

De aquella experiencia encontré recientemente, en el revoltijo de mi archivo, una entrevista con Figueroa. Y el hallazgo me obligó a volver, viajero en eso que solemos llamar evocación, al vestíbulo del hotel Park Plaza. Aquel día, al reconocerlo, decidí aproximarme a él en un impulso de las urgencias del periodista. Y entre las seis cuartillas del día siguiente, trasmití para La Habana mi conversación con el director de fotografía de varias películas de Emilio “Indio” Fernández y Luis Buñuel.

Entonces Figueroa me pareció tan viejo como el cine. Era solo veinte años más joven que el invento de los hermanos Lumiere. Entre sus películas, bajo el megáfono del “Indio”, se recordaban María Candelaria, Los abandonados, La malquerida, cuya fotografía acentuaba con cierto desgarramiento el desamparo del mexicano humilde, dentro de la intención populista e indigenista de “Indio Fernández. También Los fugitivos, dirigida por John Ford. Su obra le daba sombra suficiente para echarse bajo un árbol y esperar las ofrendas del caminante. Y mínimo, enteco, gastado, su anatomía recomendaba el descanso. Su beligerancia creadora, sin embargo, condenaba los criterios sobre la vejez a los archivos del mito. Preparaba un filme con María Félix, cuya realización no sé si se disolvió en un amago invernal. Y hacía tres años que había rodado El volcán con Houston, otro octogenario renuente a los diagnósticos.

La entrevista fue rápida. Como una pelea de boxeo. Un golpe de ida y otro de vuelta. 

Y comenzó cuando lo apresuré con un pie forzado.¿Cómo valora hoy a Emilio Indio Fernández? “Como un hombre sensible e intuitivo. Son sus virtudes principales. Poseía, además, una excepcional visión cinematográfica y un oído musical envidiable.” ¿Buñuel? “Detestaba la fotografía. Hice siete películas con él. Pero su base surrealista lo obligaba a no interesarse en la composición fotográfica. Era, en cambio, muy preciso y organizado en el rodaje.” ¿Y Houston? Exigente. Va directo al interior de los actores para sacarles el lenguaje, la expresión más ajustada.” ¿Cuál es, para usted, la función primordial del fotógrafo en un filme? “Interpretar el pensamiento de quien ha concebido la película.” ¿Será por ello que habitualmente aparecen en un plano inferior desde el punto de visita publicitario? “No sé... En mi caso se ha dicho que no se sabe dónde termina la dirección y comienza la fotografía. Yo siempre interpreto exactamente los propósitos de una película. Pero, en mis triunfos, también influye mi punto de vista. Y es diferente. Pretendo siempre lo original.” ¿Quién se lo aconsejó? Diego Rivera. Me advertía: Primero, Gabriel, es la academia, y luego rompe con ella según tu pensamiento. En una frase: aprende la técnica y luego olvídala.”      

13/06/2007 13:20 Luis Sexto #. Crónicas



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