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UN DOBLE DE JUAN CANDELA

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Por Luis Sexto

Ande con cautela cuando en Cuba oiga tachar de mentirosa a cualquier persona. Quizás se refieran a ese compañero de boca larga y nariz corta que sólo sirve para darse en risa. Y sirve demasiado. Es el cuentero, tipo de juglar, invencionero, mitómano por vocación, que extrae los resortes de su gracia del contraste, lo hiperbólico, el doble sentido, mediante un vocabulario descoyuntado y, a veces, recién inventado. 

El cuentista Onelio Jorge Cardoso nos dio el nombre y la  imagen de este personaje popular, Juan Candela, en un cuento  homónimo y perdurable. No está extinto, aunque los años hayan pasado y la gente y las cosas hayan evolucionado, cambiado, y adquieran otras formas como otras formas se adueñan de las circunstancias.  Y todavía uno lo encuentra mientras él alivia el sopor de los velorios, o rasga la neblina del aburrimiento en un banco en cualquier parque. 

Allá, en la playa de Dayaniguas, en Los Palacios, Pinar del Río, uno de esos habladores de “pico fino”― en imagen de Onelio Jorge― contó que cierta noche, pescando, se le cayó al mar el farol de bote. Meses más tarde, la suerte lo enganchó casualmente y, al subirlo, vio que estaba todavía... encendido. Una carcajada lo aplaudió y se empalmó con otra aún más estruendosa cuando uno de los oyentes de la misma materia incisiva y ocurrente, apostilló: Caramba, como tenía petróleo ese farol. 

Al cuentero del que les voy a hablar ahora lo conocí en Guane, durante un coloquio de narradores orales, convocado allí por el Ministerio de Cultura en 1991. Los dolientes del propio Guane, Isabel Rubio, Sábalo y otros poblados de esa zona de Vuelta Abajo, se quedarían solos junto a sus difuntos si él no asistiera a los mortuorios con su guayabera blanca y su sombrero de paño. Cuando el sueño comienza a infiltrarse por las rendijas de los bostezos, la gente le pide: Lázaro Prieto, háganos un cuentecito de esos, pero primero el del león que se comía el maíz de los campesinos. Nadie se marcha a dormir. Y él empieza diciendo que allá se levantaron en masa tres o cuatro campesinos, y siguieron luego camina que te camina, camina que te camina, y a las tres cuadras... 

Lázaro Prieto, que ya cumplió 80 años, utiliza una marímbula que califica de acordeón terrestre y que hace cuatro décadas y unas hojitas más, él mismo construyó carpinteando un cajón con tablas de cedro, al cual le adicionó tres o cuatro laminitas de metal flexible que todos llamamos flejes. El instrumento suena como una orquesta cuando acompaña guarachas que el mismo Lázaro compone, y canta con voz de sonero natural, mezcla de torpeza y armonía. La música de la marímbula hala los pies, y de los pies poco a poco se trepa a la cintura. Narra cuentos de leones, lobos, cochinitos, caballos. Y aúlla, ruge, gesticula, grita. ¡Ah, si yo tuviera el don de la radio o la TV! Y las metáforas, las paradojas, las hipérboles, los términos estrambóticos saltan hacia el público. Las anécdotas son simples, casi pueriles, con finales abiertos o inconclusos. Pero ninguno de esos detalles influye negativamente en el resultado. La gracia, la comicidad, radica en el modo de decir, de contar; un modo que se sustenta en cierta dramaturgia cuyos efectos especiales Lázaro aporta con su garganta aguda. 

Un experto del Ministerio de Cultura lo definió un tanto cosmopolitamente: Es un showman. Otro perito, menos empenachado, arguyó: “Es un cubano auténtico”. Yo, menos chic, menos fino, dije: Es Juan Candela, Juan Candela...Lázaro se definió de esta manera: “Soy un cuentero, uno que alegra a los que están engurruñados.” -¿Dónde aprendió esa alegría, esa gracia? ― le pregunté. Me sale de adentro. Desde los diez o l5 años hago estos cuentos, que invento yo mismo. Éramos campesinos intrincados, pero mi abuela y mi padre y mi madre eran muy cantadores. Mamá era analfabeta, pero sabía; era la más lista del mundo. Ya de mayor, yo iba a la casa de cualquier guajiro, y decía: preparen malarrabia que esta noche vengo para acá, con mi acordeón terrestre al hombro. Malarrabia, por si no lo sabe, son rodajas de boniato con crema dulce.Por lo visto, usted siempre ha estado de fiesta; ¿trabaja?¿Cómo? No me insulte. Antes de l959 estuve de aquí para allá, buscando donde arrendar tierras y plantar tabaco. Propietario, propietario, lo fui con la Revolución. ¿Lee?  ¡El mundo colorado! Tenemos lecturas hasta más no poder. Leo los periódicos y revistas, y el televisor habla mucho. Entre los libros prefiero las décimas de Leoncio Yánez y la etimología. ¿Para qué la etimología? Para anotar y guardar las palabras. Nadie me gana a la hora de inventar palabras. ¿Improvisa? No soy improvisador, pero compongo versos con el lápiz; lo que usted me pida. No se qué... A ver, a que le digo en poesía todos los sitios que he visitado. Y recita lo que una vez escribió para variar su infatigable repertorio: 

-Yo de La Habana salí,/ fui a San José, Catalina,/ Madruga, Mocha y Fermina,/ Guanábana y Antón Diez./ Fui en una guagua que había/ a Matanzas y Colón, /Limonar y San Ramón, Coliseo y Jovellanos... Se detuvo. Y miró en torno como pulsando el efecto de los versos, y prosiguió enumerando poblados y ciudades en rima casi arbitraria hasta concluir: Santo Domingo al doblar/ se encruza con María Antonia,/ El Jíbaro, La Colonia,/ en Zaza y Calabazar. 

-¿Tanto ha viajado?  No cubano; esos son parte de los pueblos que aparecían en el boletín de viaje.¿Hace cuentos picantes, verdes? Me avergüenzan, pero en los velorios algunas mujeres me arrastran hacia un rincón y me los exigen, y yo, dándoles curvas a las palabras, les cuento hasta el cintintín de todas las entretelas, esas picazones, esos rajapuyonazos... ¿Y por qué cuenta historias de leones y lobos si en Cuba no los hay? Para que la gente se ría, porque les tengo que abrir la boca así: guaaaaaa, guaaaaaaao. ¿Usted ha estado triste alguna vez?  He tenido pocos días malos, tal vez en una desgracia como la muerte de mamá. Ni cuando pasó Alberto Casas Puentes. ¿Quién es ese? El ciclón llamado Alberto, que como se llevó casas y puentes yo lo apellidé así. Arrastró también  mi casa, mis libros y mi cosecha de tabaco Comprendo, le dije. Y él me asaltó, me replicó: usted pregunta mucho, ponga también su cuentecito, su virutica. Yo le respondí que no puedo, me falta gracia; quizás si me llamara Manolito González Bello, compañero del periódico. Y él: pues adivíneme esto: ¿Qué cosa cae en el suelo que para cogerla hay que subirse al techo? Sin mucha fe en acertar respondí que la sombra. -

No, cubano; este viejo tutankaménico le gana. Es la gotera, la gotera...

22/05/2007 19:00 Luis Sexto #. Personajes



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