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RUY DE LUGO-VIÑA, PRECURSOR

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Por Luis Sexto  

Mientras esperaba a que la bibliotecaria me trajera el título pedido, empecé a escribir este monólogo para espantar las moscas del aburrimiento: Vamos a ver cómo un cronista, sobre todo un maestro de la crónica, el mexicano Luis G. Urbina, prologa estas crónicas de Ruy de Lugo-Viña. ¿Qué ha de decir el Maestro? ¿Qué ha de decirnos 92 años después? Pero sobre todo qué ha de decirnos Ruy de Lugo-Viña… Quizás el tiempo, el paso del tiempo, nos diga el valor de cuanto uno escribe al fluir de los días, como quien no quiere las cosas,  y a veces también ante la indiferencia de cuanto nos rodean o nos leen por hábito…

No continué. Llegó el libro. Y con la emoción de los que se inician abrí aquellas páginas cristalizadas, amarillentas, pura cáscara de huevo salcochada al fuego lento de los años. Me hallaba en presencia de un libro de Ruy de Lugo-Viña, de quien hace mucho tiempo  me habló, por primera vez, el historiador José Luciano Franco, que lo consideraba su maestro. Luego-Viña fue, en efecto, un reconocido periodista en algún momento de los primeros 30 años de la República. Supe algo más en el Diccionario de la Literatura Cubana, y otro volumen de obligatoria consulta, Cuba en la mano, me suministró nuevas referencias biográficas. Pero no lo conocía. Sabía de él por el dato, no por la presencia periodística, estilística. Y llega un momento en que uno deja de venerar nombres y exige escudriñar, palpar el ídolo en su letra.

Ese día llegó en este mes de septiembre de 2006, cuando, cumpliendo el propósito contraído con los organizadores del II Encuentro Nacional de Cronistas, decidí entrar en la prosa de Lugo-Viña para traerlo hoy ante ustedes, colegas.

Y hemos de empezar este encuentro presentando a un muerto, un nombre sepultado en los anaqueles de las bibliotecas, porque no podríamos hacer cuanto hacemos hoy sin saber qué hicieron ayer los que nos antecedieron. La idea es común, resabida, excesivamente elemental, pero insoslayable. Pero si no bastara este argumento ontológico o cronológico, Ruy de Lugo-Viña posee otro mérito, otra invitación para venir a presidir nuestra tertulia en Cienfuegos. Nacido en el pueblo de Santo Domingo, al borde la Carretera Central, antes de avizorar a Santa Clara yendo hacia el oriente, se aposentó más tarde en Cienfuegos. ¿Por qué en Cienfuegos? ¿Por casualidad? No; Cienfuegos era, ha sido, un polo de cultura. Y por ello no fue obra de  un manotazo del azar que en esta ciudad nacieran y se forjaran, o se reunieran a forjarse o a trabajar escritores, periodistas, actores, pintores: Miguel Ángel de la Torre, David, Carlos Rafael Rodríguez, Raúl Aparicio, Samuel Feijoo, Duarte y otros, otros que se me evaden y no tengo tiempo para retenerlos.

Lugo-Viña vino, pues, a Cienfuegos, porque siendo hombre de sensibilidad artística y habiendo nacido cerca, lo atrajo la pujante ciudad del sur donde hallaría lo que buscaba: el canal para sus inclinaciones. Qué buscaba Lugo-Viña en Cienfuegos, esa ha sido la pregunta, que se podría responder preguntándonos qué buscamos nosotros en Cienfuegos. Eso que buscaba Lugo-Viña es cuanto buscamos nosotros aquí, en este encuentro: tal vez el origen de nuestro quehacer, la herencia trascendente que, puestas en hojas de periódicos, pueda aspirar también a las páginas de un libro, porque los que escribimos, nosotros, cronistas, quiere perdurar a pesar de lo volandero, efímero, de periódicos y revistas.

El libro que leí hace unos días en la Biblioteca Nacional José Martí parece  contener cuanto Lugo-Viña sacó de los periódicos para intentar dormir un sueño activo en las tarjetas y anaqueles de las bibliotecas. Quizás, vuelvo a asegurar con cautela, la  crónica sea en verdad una crónica cuando soporta el papel y la paginación de un libro. Este libro de crónicas, tal vez el único de Lugo Viña en este género, se titula Los ojos de Argos, impreso en la Habana, en 1915. El prólogo es de Luis G. Urbina, delicado cronista mexicano, el poeta de esa balada inmortal del beso que, al volar, se transforma en ave, en la música irrepetible, en el irrepetible parecido de aquellos ojos claros, serenos, que aunque miréis airados, miradme al menos, de Gutierre de Cetrina.

Luis G. Urbina, que ya era o será más tarde padre de Silvia Pinal, a la par que abría la verja de hierro dulce de este libro, teorizaba un tanto sobre la crónica: Y lo dice sin miramientos: “Todo lo construyó adrede el autor de este libro para albergar (…) las impresiones momentáneas exigidas por la inquieta voracidad del periodismo.”Sí, en efecto. Eso es lo que halla uno en Los ojos de Argos: periodismo. Pero, advierte Urbina enseguida, “el material de cultura, de talento, de emoción estética, es, a pesar de todo, tan fuerte, que resultó durable y de perfectas condiciones de estabilidad para ser trasladado de la hoja volante al tomo superviviente”.

Y resultó durable, sigue diciendo Urbina, porque “cronista que ve lo que pasa a su alrededor y en seguida corre a la mesa de redacción a reproducirlo en un estilo atropellados y simplón en el que se deslizan frases hechas, metáforas gastadas, muletillas corrientes, tropos de cuño borrado, y moldes léxicos con abolladuras en los relieves (…) cronista que conserva encerrados los adjetivos en un globo de lotería, para sacarlos a la buena de Dios, de sintaxis momificada, de barbarismo de moda, de sencillez cursi, como modestia de costurera, cronista así no es Lugo-Viña”.

Es decir, Lugo-Viña es cronista de verdad y en verdad de estilo, estilo que se teje, que se hila con intención de arte, sin que la mano sensible del escritor olvide o adultere la realidad. No fue Lugo-Viña cronista de palomas blancas y cielo azul. Fue pulso y buril, palabra labrada con gusto en medio de las páginas plomizas de los periódicos. El título de este libro, Los ojos de Argos, reafirma primeramente la condición periodística del cronista. Ojos de Argos, o lo que es igual, ojos multiplicados como los cien de la mitológica ave. Ojos numerosos para ver cuánto de interesante nos ofrece la vida y ojos abundantes para expresarlo en un enfoque más profundo, variado, esencial y por tanto más duradero. Vamos ahora a leer algunos fragmentos de las crónicas que componen Los ojos de Argos. Son crónicas de actualidad. Crónicas que parten de un hecho noticioso o una figura noticiable. Esto es, no son crónicas de remembranzas, de nostalgia, que suelen ser las más proclives al entramado poético. Son crónicas a la manera modernista y que estos tomaron de los franceses. Lugo-Viña habla de la vida de su momento, del discurrir maratónico de los acontecimientos. Lo que, como lo dijo Urbina,  el acontecimiento no se congela ni muere en la urgencia de la nota informativa: pervive más allá del tiempo. Porque el cronista intenta reflejar la vida con los espejos de la subjetividad, embadurnando el perfil de cosméticos estéticos. Ofreciendo una amable visión de la gente, los hechos y las cosas. Veamos cómo el cronista cubre aquel gran suceso –luego tildado de “pala”- de la pelea entre Jack Jonson y  Jess Willard. 

El “big-man”llega a La Habana seguido de una corte: la francesa lánguida que es su esposa, su entrenador, el secretario, que es por igual memorialista y corre-ve-y dile… y cuatro domésticos: uno que le limpia las botas –casi tan descomunales como las de un “gun-boat” Smith, otro que se encarga de la ropa sucia, otro que lo enjabona en el baño y lo cepilla cuando ya está vestido y el cuarto que, por estar a las órdenes de la consorte, no hace nada… a menos que se entretenga en cornamentar a su patrón. El “big-man” viaja como lo que es: como millordario que tiene larga cuenta en el Crédito Lyonnais y una fortuna en cada brazo. 

Ese es el primer párrafo de la crónica titulada Jack Johnson, el negro de los “knock-out” formidables. Y notamos la originalidad en el esbozo del personaje: lo define mediante datos que se convierten en símbolos, y emplea la ironía mediante alusiones que le incrementan el relieve: el crédito en un banco, la fortuna de sus brazos de “boxer” imbatible, la esposa francesa, blanca. Por supuesto, esa estampa atorrante de hombre fuerte, poderoso queda sugestivamente en entredicho con aquella observación  de un criado que apenas hace algo, salvo que se dedique a cornamentar a su amo. Cornamentar, cuánta finura en la palabra que tanto podría ofender a quien sepa leer español. Vemos, pues, al cronista, dando profundidad, incluso psicológica, mediante brochazos de color, pincelazos con la contundencia de suaves “upper-cuts” al mentón del lector. El resto de la crónica continúa así hasta trasformarse, unos párrafos más adelante, en un fugaz contacto, una rápida entrevista entre el periodista y el púgil. La estructura es cinematográfica: el plano general de la presentación, el particular del negro millonario y famoso que no halla hotel en La Habana, hasta el plano singular del encuentro donde el periodista tira dos o tres preguntas capciosas que provocan al campeón. En suma, como un cuento.

Yo no voy a seguir citando. El tiempo no alcanza. He de añadir que Ruy de Lugo-Viña se convirtió en un sobresaliente municipalista, un experto en los asuntos de la municipalidad como categoría histórica y política. Viajó mucho, porque parece que la bohemia, la trashumancia le espoleaba el gusto por la vida. Estuvo en Nueva York, y en Buenos Aires, donde aprendió conceptos nuevos sobre el  periodismo. En México trabajo en El Universal y Excelsior, que parece poco y es demasiado para un periodista, y fundó una revista en Madrid: Así va el mundo, título que, creo, Bohemia copió después para una de sus secciones. Fue delegado de Cuba a la Liga de las Naciones. Escribió obras de teatro. También poesía. Trabajó en Heraldo de Cuba, el periódico de Manuel Márquez Sterling que puso el género de la  crónica en la primera plana. Lo vemos, sí, como oficial de varias actividades, pero solo maestro de periodistas. Y cronista. Y como cronista murió en Cali, Colombia, en un accidente mientras  cubría el vuelo Pro Faro de Colón.

Murió, como podemos definir, con las botas o los guantes puestos. En su tarea.




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