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ENTREVISTA CON EL NOVELISTA LISANDRO OTERO

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Por Luis Sexto

 -¿Podemos hablar de cierta influencia de la literatura norteamericana en tu obra? Una  vez leí que en La situación había alguna huella del conductismo norteamericano.  

-Totalmente cierto. Comencé a escribir bajo la influencia de la literatura estadounidense moderna.  Antes había experimentado la influencia de los españoles de la Generación del 98 y la omnisciencia del autor, legado del siglo XIX, se me introdujo en el discurso literario. Tuve que hacer un esfuerzo para sacudir al autor-dios y darle entrada al observador objetivo y aparentemente desapasionado. Describir como un testigo y no involucrarme como un protagonista más, esa fue la primera enseñanza de aquellos escritores, que abandoné después, cuando comencé a leer intensamente a los franceses, especialmente Stendhal y Flaubert.     

- ¿Qué autores estadounidense has leído, en particular en tus días de formación? 

 -Maestros como Hemingway, Dos Passos,  Faulkner, John Steinbeck, William Saroyan,  Erskine Caldwell, James T. Farrell, Thomas Wolfe, etc. Más tarde vinieron otros: Norman Mailer, Carson McCullers, John O´Hara, Truman Capote, Gore Vidal. 

 -¿Tuviste relaciones con Hemingway?  ¿Cómo lo defines?

 -Lo conocí en el Bar Floridita, allá por el año 1950, un día en que se hallaba escribiendo y lo distraje de su concentración para expresarle mi fervor por su obra  y tuvimos un altercado. Luego pagó la cuenta de mi consumo para desagraviarme y me invitó a ir a la Finca Vigía. Allí hallé una fiesta, el siguiente domingo, de gente importante, mayormente norteamericanos a quienes no conocía. Hemingway me recibió cordialmente y se fue a atender a sus amigos, pero como yo no conocía a nadie al poco rato me fui. Luego lo fui a recibir cuando llegó en un barco trasatlántico desde África. Venía cargado de cajas, unas cuarenta y cinco, con escopetas, cabezas disecadas, tiendas de campaña, toda la parafernalia de un safari. Hice un reportaje sobre esa llegada para la revista Carteles. Por ahí debe andar, en el  archivo de esa publicación. Había tenido un accidente de aviación y venía muy maltrecho. Recuerdo que puso especial atención en atender a su amigo Kid Tunero, un boxeador. Luego lo vi en otras ocasiones, en eventos, cócteles, bares. Era un hombre imponente, muy alto y corpulento, con una voz grave. Físicamente era descomunal e imponía respeto. Pero resistía mal su bebida y se volvía pendenciero y agresivo. No le gustaba hablar de temas culturales, evadía todo comentario sobre literatura, prefería disertar sobre deportes, pesquerías, tiro al blanco y  peripecias aventureras.     

-A mí parecer, es más evidente la influencia norteamericana en tu periodismo, sobre todo en tu modo de apoderarte del tema  mediante datos informativos que van directo al interés de los lectores. 

 -Tienes razón. El periodismo español se basa en la opinión pura, en criterios que parten de la subjetividad del articulista, a veces sin más sustentación que un estado de ánimo, o lecturas previas, o un repaso somero de la actualidad. El periodismo francés es más cerebral y sabe encontrar la cantidad de ángeles que caben en la cabeza de un alfiler. No prescinden jamás del valor de la palabra. El periodismo norteamericano descansa principalmente en la compilación de datos corroborados y de ahí surge la reflexión y el razonamiento propio. Primero, los hechos, luego, el análisis. Ese es el estilo que uso.    

 -¿Podrías citar periodistas que hayan ejercido alguna influencia en ti? 

-En primer lugar Ilya Ehrenburg, quien hizo, allá por 1935 un sensacional libro-reportaje titulado “España, república de trabajadores”, que para mi es un modelo del género. Luego, sus crónicas sobre  los combatientes soviéticos durante la Segunda Guerra Mundial son pequeñas obras maestras. En los años que he dirigido distintos medios periodísticos,   recomendaba leer a Ehrenburg a los jóvenes periodistas como ejercicio de taller, una obra de indispensable conocimiento para quien quiera hacer periodismo.

 “Otro periodista, que fue una estrella en su tiempo, en la revista Paris Match, el francés  Raymond Cartier, me enseñó mucho sobre cómo se hace un gran reportaje,  esas piezas abarcadoras que cubren la vida de un país. La lectura cotidiana de un diario como Le Monde, durante  los años  que estudié en París, me enseñó mucho a  hacer un periodismo investigativo profundo, me iluminó en la manera de realizar encuesta de datos, inquirir sin fatiga y luego pensar, reflexionar con calma y en profundidad sobre lo hallado. Le Monde ha perdido mucho, desde entonces.  

“Otro diario que me ha servido de modelo es The New York Times, que pese a su falta de ética, como lo demostró en sus informaciones sobre la invasión de Irak, sus notas periodísticas son, técnicamente, magistrales.   Cuando llegó el llamado “nuevo periodismo” de Tom Wolfe, la mezcla de elementos narrativos, descriptivos y ambientales con la trascripción informativa encontré que yo había estado haciendo eso desde hacía tiempo. 

 “Tengo libros de reportaje como “Cuba:Z.D.A.” sobre la implantación de la reforma agraria en Cuba, o “En busca de Vietnam” sobre la cultura en aquél país durante la guerra con Estados Unidos, o  “Razón y fuerza de Chile”, sobre el gobierno de la Unidad Popular de Salvador Allende, donde traté de aplicar algunas de las normas que había aprendido. “ 

 -En tu libro Trazado creo recordar haber leído varios artículos en torno a asuntos o problemas norteamericanos, ¿ha sido en ti una especialidad?

 -No, exactamente, pero siempre me he sentido muy vinculado a la cultura estadounidense. He aprendido y disfrutado con los productos de la auténtica creatividad, no hablo de la literatura chatarra de supermercados  ni las sonoridades cacofónicas de los huérfanos de talento destinadas al bazar del dólar, sino del fruto de la imaginación de los genuinos creadores.    

-¿Existe algún autor norteamericano con el que te unan relaciones más íntimas? 

-Íntimas, con ninguno. Conocidos, Hemingway. En 1952 emprendí una aventura, desde México, para visitar Oxford, Missisippi, y conocer a Faulkner. Durante una semana dejaba un autobús y tomaba otro, dormía en la estaciones de tránsito o en los parques. Recuerdo que una noche pernocté dentro de un vehículo estacionado en San Antonio, Texas. Me alimentaba con leche y pan, solamente, no me alcanzaba para más. Pero cuando llegué a Nueva Orleans no tenía un centavo y estaba físicamente agotado, así que continué con el pasaje que ya tenía comprado hasta Miami y de ahí a La Habana. Fue una derrota de la que me arrepiento. Nunca llegué a conocer a Faulkner.  

-A pesar de las diferencias idiomáticas, ¿crees en la existencia de vínculos entre la cultura norteamericana y la cubana? ¿Puedes señalarlos? 

-Claro que existen, y muchos. Ahí está Truman Capote quien tuvo un padrastro cubano y muchos creen que nació  en Matanzas. Ahí está la Obertura Cubana de Gershwin y el danzón Almendra usado por Leonard Bernstein. Ahí están los sensacionales reportajes de José Martí sobre Estados Unidos, en un período tormentoso de su formación nacional. Cirilo Villaverde escribió, en Nueva York, Cecilia Valdés y  lo influyeron  las novelas norteamericanas de su tiempo. Hart Crane vino a Cuba como periodista, durante la guerra hispano-cubana por la independencia, y murió de la malaria que contrajo aquí. Stephen Crane se suicidó saltando de un barco en aguas cubanas. Hemingway tenía en Cuba su residencia principal. Arthur Miller,  William Styron  y  William Kennedy han venido de visita. El jazz es otro elemento de unión entre ambas culturas por sus raíces africanas similares a las nuestras. Wifredo Lam aprendió mucho con los expresionistas abstractos neoyorquinos.  ¿Para qué seguir? Esta lista pudiera extenderse indefinidamente.  

-¿Qué escribes actualmente?  

-Estoy terminando “Nacionalismo, ideología y revolución en nuestra era”, un largo ensayo, que me solicitó el presidente del Instituto Cubano del Libro. Una meditación sobre la compleja situación en nuestro tiempo de desbordamiento del poder imperial, de neoliberalismo, guerras neocoloniales y despertar  de las izquierdas. Desde el problema palestino y la  invasión de Irak hasta el advenimiento de Lula y Kirchner, el desbarajuste de Fox, el pensamiento disolvente de Fukuyama y Huntington, la animación positiva del Islam y la insurgencia africana, la revolución cultural china y la regresión rusa.    




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