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VEN, VAMOS A CONVERSAR

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Por Luis Sexto

Mi mujer se preocupa admirablemente por las cuartillas que esperan por mis dedos. Y por momentos entra en la sala y me pregunta puntillosa: ¿Conversando, no? Efectivamente, estoy conversando con algún amigo a cuya confianza no le parece intromisión, ni grosería, el reproche conyugal.

Los tres sonreímos. Luego voy a responderle, y pienso que antes pudiera recitar un álbum de conceptos sobre la conversación para explicar mi actitud de aparente derrochador del tiempo. Porque cuanto más vivo más creo que si Robinson Crusoe no hubiera hallado a Viernes, él mismo lo habría inventado trasfundiéndole la vitamina del movimiento a una estatua de arena. Lo imagino, aún sin compañía, en un día cualquiera de su soledad náufraga e isleña, sentándose frente a las pencas cabizbajas de un cocotero para iniciar un diálogo monologado, como un sordo ante otro sordo. El propio Daniel Defoe se percató de que, sin un compañero, el novelesco paladín de la autosuficiencia hubiera resultado antipático, por inhumano.

Uno mismo constata la necesidad de la conversación cuando, viajero en un ómnibus, un tren o un avión, el vecino de asiento pica el intercambio con el miliunanochesco sortilegio de uf, qué calor. Pero no es charla, ni monólogo. Ni  cháchara, ni palique. Habrá conversación cuando el punto de partida se alarga en la esquiva consciente de lo baladí, y mezcla lo utilitario y lo sensible, lo racional y lo intuitivo. En suma, saber y placer. Porque registrado el concepto en sus expedientes más antiguos, conversación implica sabiduría, trasvase de ciencia y experiencia. Es ese el decir de Stefano Guaso para el que chi non conversa no ha esperienza, principio supremo de la civilidad renacentista que nos evita el ser poco men che bestia.

La conversación –que es la operación de versar, girar, en común-, se define en un ir y venir de las ideas sin la estridencia polémica del furor; más bien, con el anuente relajamiento del que no desea tener la razón. Porque el que conversa se independiza de sí mismo, en el más carnal reconocimiento de la libertad. Y se independiza, incluso, de la verdad.  Que no hay verdad que sirva y sobreviva si uno no escucha, tolera y acepta en la paridad reconocible de un diálogo carente de los atuendos intransigentes del reloj.

Nunca dos personas se acercan tanto como cuando conversan. ¿Qué sería de un amor que no mide en la conversación la distancia más breve? Se nulifica en la trágica ficción de los cuerpos, como los polos que chispean al juntarse y se queman en la misma vaguedad del roce. Cama y mesa, tradicionalmente, convocan la conversación. No entiendo hoy por qué en el refectorio de las escuelas donde estudié en mi infancia y adolescencia, el silencio regía la maquinal animalidad del comer. Precisamente, la conversación humaniza el acto de masticar y tragar. En silencio, somos simplemente leones que, en vez de gruñir, hacemos sonar los cubiertos. La paz, incluso, parte de una mesa animada, dispuesta a la satisfacción orgánica y por ende a la anuencia, al perdón que legitima las explicaciones. Ocurre igual en la cama. Previo al acoplamiento, el viaje hacia el interior ajeno se humedece en la conversación, como tirar el cabo que acerca el bote al espigón. Después, en la laxitud, el abismo nervioso del clímax se enriquece en el intercambio de aquellas regiones a las cuales sólo se llega con la palabra que desnuda y desbroza.

Ah, ¿derivo hacia la solemnidad? ¿Hacia lo escabroso? Justifíquenme. El tema fue tratado recientemente en la TV, y me adherí a aquel diálogo sustancioso entre dos especialistas que concluyeron que la conversación sufre el apocamiento, casi la extinción, entre nosotros. Y me opongo a cooperar con esa lenta operación de muerte. Me gusta conversar. Debo muchas chispas, muchos arranques a la sugerencia de algún interlocutor. ¿Conversando, eh?, me cuestiona mi mujer. Y tras de agradecerle su inquietud, le respondo:- No, trabajando.

 

01/05/2007 16:22 Luis Sexto #. Crónicas



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