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UN CRONISTA LLAMADO FRANCISCO

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Por Luis Sexto 

No escribiré un prólogo; más bien mis palabras delinearán un pórtico, de modo que haré de portero para advertir de dos o tres verdades a quien entre en este libro. Es decir, como cualquier portero no estaré dentro, sino fuera. Y elijo esa ubicación porque me falta el derecho de “cienfuegueridad”. Alguna vez he alegado que soy cienfueguero embrionario. Mis padres, procedentes de la norteña y recoleta Remedios, cursaron su luna de miel en la Perla del Sur, y yo nací exactamente nueve meses después. Una habitación en El Ciervo de Oro –según creo recordar que me dijo mamá- me sirvió de muelle para empezar a desembarcar  desde el bote de la casualidad en este mundo al que nadie me llamó. Pero no basta para adquirir derechos. Ni siquiera alguna rama cienfueguera de mi familia materna –los Sánchez Borroto- podrán abogar por mí: nunca me conocieron.

Y por qué habré de necesitar un derecho de ciudadanía para prologar o, lo que es igual, decir las primeras palabras –desde fuera- sobre este libro. La respuesta la da el propio tema: aquí toparemos con una visión, un acercamiento a las interioridades de esta recta, limpia y original ciudad. Salvo alguna salida fuera de los linderos citadinos, lo demás es de nombre adentro. De gente y lugares de la península de la Majagua, en los que no soy experto

Ahora bien, del autor de Gajos del oficio puedo decir algo con más propiedad, porque soy su amigo. Y no porque lo sea, aclaro a tiempo, me pondré  a la entrada a vocear todo cuanto enseguida he de decir. Es mi amigo, y por eso lo conozco. Pero no lo alabo en nombre de la amistad que nos aproxima; más bien lo exalto atraído por la calidad y el talento que calimban a cuanto Francisco G. Navarro escribe. Desde la primera vez cuando me crucé con ellas, las crónicas de su columna De la Majagua, en el periódico 5 de Septiembre, me sedujeron. Este –le comenté al sagaz Eduardo Montes de Oca- es un cronista, escritor que asume con la gracia de la emoción los temas cotidianos, esos vapores que caldean, distinguen, cimentan las calles y que pocos perciben en el atareado pasar tras lo más concreto, y por tanto urgente, en la lógica servil de lo utilitario.

El cronista camina dotado de levedad angélica. Ve lo que otros desestiman. Huele una flor ridícula; se detiene ante una pared desconchada; oye una palabra en desuso; descubre un episodio envuelto en la naftalina del tiempo…  Los macera en su emotividad. Y los devuelve en la prosa lírica y preñada de la crónica. Así, de súbito, nos deslumbra lo que está junto a nosotros y no habíamos visto. Gracias al cronista todo comienza a sernos familiar.

 Aunque moleste, he de señalarlo: todos no somos elegidos por ese género exclusivo. El cronista es un señor muy raro con un pecho enorme. La crónica es cuerda que no se entrega unánimemente en la orquesta del periodismo. Viene entre las fibras de las aptitudes y se cría con el magma de la cultura.  Alegrémonos, pues, que Cienfuegos, que tuvo en Miguel Ángel de la Torre a un maestro de la crónica, haya suscitado, entre otros, a un cronista llamado Francisco G. Navarro.

De Francisco me place su capacidad de síntesis y de concisión. No significa ello que escriba textos breves, aunque los escribe. La brevedad a veces remite a lo incompleto. Y él escribe brevemente completo o completamente breve. ¿Acaso le pedimos más para aprehender en propiedad sus contenidos? Por momentos lamentamos que no haya más, que el texto termine, pero es la queja del que no quiere dejar de disfrutar los placeres de una prosa construida con sentido armónico,  abnegada hasta el punto de darle voz al pensamiento solo con el mínimo de palabras y entreverada con la ironía que insinúan unos ojos entornados, como si sonrieran socarronamente al recoger y transformar cuanto miran.

 Estas son mis impresiones. Por ahora se quedan en el lenguaje y el estilo de la crónica: pura subjetividad. Pero las intuiciones pueden corresponder a lo verdadero, real, genuino. No se necesitan dientes nuevos para morder y degustar el pan crujiente y blanco. Dicho lo cual, como portero de este libro, llevo mis manos a la boca, las convierto en bocinas y grito: Pasen, señores, pasen; no se lo pierdan.  (Gajos del oficio, ed. Mecenas, Cienfuegos, 2006) 




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