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LA FRUTA QUE FUE MADURA

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Por Luis Sexto 

“Sinuhé el egipcio ha reaparecido gracias a una reciente edición cubana. Y algunos de cuantos lo conocían confiesan que ahora, treinta o cuarenta años después de haberlo leído por primera vez, penetraron con más provecho en el mundo de antigüedades que construyó Mika Waltari con su novela.

Unos, incluso, tratan de interpretar la vida, o ciertas cosas, mediante la filosofía amodorrada, cansada, de Sinuhé. Conozco al menos a una persona que, cuando conversamos ambos de los males de la actualidad, la cubana o la extranjera, riposta a mi inconformidad, a mis críticas, con el sonsonete del trepanador real y agente de la inteligencia faraónica: “Así ha sido siempre y así será”. Que el poderoso abuse del débil. Que el rico se encarame sobre el pobre. Que aquel robe o este mienta. Que ese responda con la indiferencia. Que el otro use prerrogativas del cargo para regalarse privilegios... Por qué  inquietarse: así ha sido siempre y así será. Derrotismo. Resignación. 

Terencio, el latino, se aproximó al egipcio Sinuhé cuando estableció que nada nuevo había bajo el sol. Capsular filosofía antirrevolucionaria. Contra la utopía. Por negarse precisamente a admitir que los tiempos y las cosas eran irremovibles, circulares en su fluir, la especie humana ha alcanzado su desarrollo. Quizás lo único que no cambia es la ocurrencia de dificultades. Porque a un problema resuelto lo sustituye otro.Lo sabemos. Pero autorícenme a seguir descubriendo Mediterráneos. Y si a cada problema se le hubiera tapado con un “así ha sido siempre, paciencia, la pila superaría al Everest en altura. Y andaríamos en chancletas y comeríamos semillas. 

La última década en Cuba ilustra que la lucha, la negativa a aceptar los obstáculos como voluntad inapelable del destino, empuja, azuza, la superación de cuanto nos parezca irreversible. Quizás en 1991, si hubiéramos aplicado la fórmula fatalista de ciertos intelectuales y políticos anteriores a 1959, el esquife de la República, según la imagen del escritor José Antonio Ramos, se habría despedazado en “los acantilados de la Florida”, de acuerdo con la frase de Jorge Mañach,  otro escritor de los años 30 y que naufragó precisamente en las aguas de los Estados Unidos después de haber denunciado el daño que  la influencia del Norte le ocasionaba a Cuba. Nada –decían aquellos los pesimistas- es posible contra los americanos. Todo es posible, ha demostrado hoy la Revolución. 

Los gobiernos norteamericanos, sin embargo, continúan afiliados al “así ha sido siempre”de Sinuhé el egipcio. En particular con respecto a Cuba. La ven y juzgan como la vieron y juzgaron desde 1805. Primeramente, en esa época, como una isla por conquistar, por anexarla a la Unión. Después como la “fruta madura”que por ley de gravedad histórica debía caer, algún día, en las manos de los Estados Unidos. En el siglo XX, al fin, la manzana se desprendió luego de la guerra hispano-cubana-americana. Y hasta 1959 la consideraron posesión suya, como protectorado o necolonia, que ambas categorías  significaron lo mismo: absorción de la riqueza, la independencia, la política cubanas mediante la condición de “factoría yanqui” con que  invistieron a la isla.  

Antes y después del triunfo de la revolución de Fidel Castro, la actitud de los sucesivos gobiernos estadounidenses ha sido igual. El presidente W. Bush ha asegurado recientemente que solo dialogará con el pueblo cubano, y no con el Gobierno Revolucionario, que ha hecho pública, mediante palabras de Raúl Castro,  su disposición a resolver, mediante negociaciones, el diferendo entre los Estados Unidos y Cuba. Parece que W. Bush, al igual que sus predecesores, cree que el Gobierno Revolucionario carece de representatividad ante su pueblo. Un error que se repite desde hace casi medio siglo. Porque basta preguntarse por qué  se ha sostenido tantos años en el Poder. Claro, en Washington responderán que mediante la represión. Y cómo puede ser posible si cuantos manipulan  las armas son los hijos de los trabajadores y profesionales que desfilan por calles y plazas. ¿Acaso puede una parte de la población vigilar a la otra?  

Así ha sido siempre y así será en la política exterior de los Estados Unidos hacia Cuba. Todo cubano que se le oponga -como decía el interventor de turno sobre Juan Gualberto Gómez uno de los adalides de la independencia, contradictor de la Enmienda Platt-  es un “degenerado”. Y todo gobierno de La Habana que pretenda mantener su independencia y soberanía, será dictatorial, antidemocrático, como afirman en Washington que es el Gobierno de Fidel Castro.

De la tiranía del general Gerardo Machado y la del general Fulgencio Batista-cuyas víctimas aparecían torturadas y asesinadas en las cunetas de las carreteras o colgadas en los árboles del campo-, ningún funcionario de la Casa Blanca dijo alguna vez que eran enemigos de los Estados Unidos o que violaban los derechos humanos. Entonces Cuba era “nuestras colonia”, según el decir del historiador míster Jensk.. 

A fines del 2006, una delegación de legisladores visitó a Cuba. Uno podía haber creído que componía un “gesto de buena voluntad” en tantas décadas de hostilidad e incomprensión. Cuando regresaron, algunos de los congresistas emitieron declaraciones. Una, sobre todas, centró mi interés. Pudo haberla suscrito cualquier miembro del grupo bipartidista; flotaba en la atmósfera: “Con los cubanos no se puede hablar de democracia y derechos humanos.” ¿Por qué ha de poderse? ¿Por qué los cubanos habrán de aceptar la agenda que los gobernantes o funcionarios de los Estados Unidos deseen? No creo que la administración de la Casa Blanca aceptara que una delegación cubana pretendiera localizar cualquier conversación en la guerra de Irak o Afganistán.  Evidentemente, las diferencias entre Cuba y los Estados Unidos no tienen por qué pasar por los asuntos internos. Los cubanos, celosos de su independencia, calificarán de ingerencia el interés en aspectos políticos que solo atañen a los ciudadanos cubanos, en primer término a cuantos residen dentro de la Isla. Y puede asegurarse, analizando el proceder histórico de los revolucionarios cubanos, que las discusiones en ese sentido, mientras subsista el riesgo de la intervención norteamericana, serán aplazadas. Por lo inmediato, entre Cuba y los Estados Unidos podrá debatirse el bloqueo, que priva a Cuba de sus mercados  cercanos y del comercio libre entre las naciones; habrá que discutir las emisiones radiales y televisivas con fines subversivos,  a despecho de la legislación internacional. Podrá hablarse de indemnizaciones mutuas. Pero de lo demás, no será ahora como fue antaño. Y será como ha sido desde 1959.  

La Casa Blanca y el Congreso de la Unión tendrán que admitir la sensibilidad nacional, el apego de los cubanos a su soberanía y a la herencia de vasallaje que los Estados Unidos dejaron en Cuba cuando se marcharon en 1961. Además, tendrán que rectificar un enfoque: el pueblo cubano no es el que habita y gobierna la ciudad de Miami. El pueblo, aglutinado aun en sus diferencias e inconformidades, radica en el Caribe, donde la fruta, que fue madura, ha vuelto a reverdecer, para que siempre sea verde para los americanos. O cualquier otro intruso.       

16/02/2007 16:45 Luis Sexto #. Política



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