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MANO EN EL HOMBRO

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 Por Luis Sexto 

Publicado en Juventud Rebelde 

Ahora, no sé. Pero en cierta época los italianos decían al entregar un regalo: te he traído un pensiero, un pensamiento. Como decir: te llevo dentro. Y así mechaban de espiritualidad el obsequio. Porque un pensamiento y la palabra que lo expresa son medios imprescindibles cuando se ofrece la afectividad. O la solidaridad.  

Suelen llegar a tiempo pensamiento y palabra. Al menos, esa es mi experiencia. Cuando en esta sección des Juventud Rebelde mencioné a la periodista Ilse Bulit y la ceguera que le fulminó la luz exterior, y conté de su entereza, ella me llamó: “Tu crónica fue un ángel. Vino a levantarme; yo estaba decaída.” Y la confesión no la disminuye. La exalta. Porque los seres humanos no somos enterizos como los postes de los cordeles eléctricos. Ni la vida psíquica y moral, ni la social, se mueven en línea recta. Zigzaguean. El héroe lo es porque salta sobre el miedo que intenta paralizarlo.  Estamos en días de enviar tarjetas, trasmitir buenos deseos, felices augurios a amigos y familiares. El cartero llevará a muchos el mensaje de que no están solos. Alguien los recuerda y estima. A otros, desdichadamente, quizás ni les interese. Les basta con la compañía de sus ambiciones y truculencias egoístas. Ah, una felicitación de fulano, qué buscará. Creo oírlos. Y ojalá esos rinocerontes del sentimiento sean los menos. Voy a pensar que los generosos suman columnas que, por largas y nutridas, se difuminan en el horizonte. Pero esa costumbre de la transmisión solidaria del afecto y la consideración ha de extenderse fuera de los días marcados en rojo en el almanaque: de las madres, de la mujer, de los enamorados, etcétera.

Esto, lo sé, huele discurso resabido. Me propongo, sin embargo,  hacer recordar algo más. Ayer, un amigo se quejaba de que, tras varias semanas de estar enfermo, nadie del trabajo lo había visitado. Ni llamado. También jubilados se lamentan. Se marchan del centro laboral donde quemaron sus energías más apreciables. Y tras la despedida, el regalito, y el discursito que promete nunca olvidarlos, los olvidan.   Puede esa preterición no ocurrir siempre. Nuestra sociedad se ha formado de la solidaridad y en la solidaridad. Sobreabundaría si enumero los hechos. Están presentes. Diré, sí, que los valores no se cultivan impartiéndolos sólo en un aula. O difundiéndolos en un periódico. Se adhieren, se funden en la conciencia, practicándolos, estimulando a los niños y adolescentes a pensar y realizar cada día un acto solidario. Técnica antigua. Pero eficaz. Porque si estamos dispuestos a ir a otro país para repartir gratuitamente la solidaridad en la medicina, o en la enseñanza, sin reparar en peligros e incomodidades, es porque, previamente, pusimos la mano servicial en un hombro aplastado, visitamos a un enfermo, o preguntamos por la madre o el hijo de un compañero. Sinceramente. 

Antes de concluir, envío un abrazo de fin de año a los lectores que hayan podido leer y respetar cuanto escribo, aunque no lo compartan. Y agradezco, ya que antes no lo he expresado en público, a aquellos que, en mis momentos de sobrada angustia, la asumieron moralmente como propia. No me alcanzará la existencia para agradecerles. Todo, en verdad, fue entonces menos doloroso.  

18/12/2006 17:51 Luis Sexto #. Ética



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