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LA PASIÓN OCULTA DE MÁXIMO GÓMEZ

20061021002940-maximogomez.jpgPor Luis Sexto

La obra del Máximo Gómez salta cualquier bandera. Fijarle patria, por lo tanto, no parece ser en lo sustancial  problema que deba ocupar, ni preocupar, a la historiografía, ni a cuantos veneramos la vida de El Viejo. Y la faena puede concluirse otorgándosele un título que supone una ciudadanía más vasta y ejemplar: internacionalista.

Pero si esencialmente no ha de interesar a los valores históricos, fijarle patria a Gómez o esclarecerle sus sentimientos nacionales más íntimos atañe en lo particular a la moral, a la ejemplaridad revolucionaria del Héroe de Palo Seco. Después de una inmersión en este aspecto -un tanto secundario frente a la vastedad de su acción fundadora- puede colegirse que los méritos de Gómez son mayores. Porque su entrega internacionalista a Cuba exigió sacrificar gustos, deseos, derechos muy íntimos.

Dos preguntas reclaman un intento de explicación: ¿Amó más a Cuba que a República Dominicana? ¿Qué significó en sus emociones la isla donde nació? Hemos de reconocer de inmediato que dos patrias comparten al Generalísimo del Ejército Libertador de Cuba. No lo comparten por razones de equilibrio diplomático. El propio Gómez se encargó de admitirlo cuando en su Diario apuntó la visión totalizadora del ámbito geográfico y social de su vida. El 11 de abril de 1895 navegaba por el paso de los Vientos en viaje de Boston a Jamaica. A las cuatro de la tarde, a través de la neblina azulenca de la lejanía, el General vio a la vez las cosas de “Santo Domingo y Cuba (…) los pedazos de tierra de mis ensueños”. “En la primera –prosiguió- dejé la cuna y quién sabe si en la segunda tendré mi sepultura.”Los cubanos, pues, podemos llamar conciudadano, compatriota, a Gómez. Y no solo por confesión del Generalísimo. Cuarenta años como actor principal en la historia de Cuba, construyendo la nacionalidad como cuerpo político y jurídico en independencia y libertad, confirman la ligazón sentimental del paladín de La Reforma con la isla que lo acogió en 1865 cuando, “errante y proscrito”, desembarcó en Santiago de Cuba para iniciar un destierro casi definitivo. Quiso a Cuba con la inclinación del hijo. Pero del hijo adoptivo. Porque –volvamos a preguntar-: ¿Se consideró a sí mismo netamente cubano? ¿Olvidó a República Dominicana?

Si aplicamos un criterio emotivo al analizar los hechos y los personajes de la historia, estas preguntas, y quizás sus respuestas, podrían causar una reacción de inconformidad, y podría, incluso, estimarse que con ellas se lastima la memoria del maestro de los Maceo, del Guerrillero que enseñó a los cubanos el uso del machete como arma de guerra. En cambio, para quien no guste de acomodar la historia a sus ideas e ideales, ni crea que por trascender el tiempo humano y perdurar en el histórico el individuo alcanza cierta laica, civil, santificación que lo separa de sus defectos y peculiaridades personales, el resultado de la indagación enaltecerá más a Gómez.

La médula de esta exploración se reduciría a formular otras tres preguntas aparentemente inútiles: ¿Renuncia el internacionalista a su patria para asumir al mundo como habitación, o se despatria absolutamente, o adopta como patria al país que sirve? Salvo que actúe como un mercenario o un aventurero, el internacionalista se introduce en la epopeya de otro pueblo impelido –además de por las ideas, la generosidad del carácter- por un sentimiento de amor que es prolongación del amor a su pueblo de origen. Y por tanto alejarse de este, no retornar para donar un gesto solidario, implica velar interiormente las lágrimas de la nostalgia como un caballero vela en silencio, soterrada y continuamente, una pasión imposible.

El Generalísimo fue un hombre de pasión que el soldado austero, estricto, exigente, enmascaró tras la humeante crónica de sus acciones bélicas o el tenso cavilar de la conspiración revolucionaria. Por momentos, sin embargo, suelta alguna señal de su preterido escozor cuando, desanudando el pañuelo de su corazón, el compacto militar se trasmuta en poeta, a la vez lírico y trágico.

Transcurre noviembre de 1898. Y aunque por primera vez en los últimos tres años duerme regularmente bajo techo, come con la aprobación ufana de su boca y ya no tiene que evitar ni combatir las balas y los sables españoles, Gómez está preocupado. Lo inquieta el fin de la guerra. “Este momento de alegría me da miedo.” ¿Cumplirán el presidente McKinley el Congreso de los Estados Unidos su promesa de entregar la independencia a Cuba? Dentro de estas urgencias y aprensiones que emborronan los días del Cuartel General en el ingenio Narcisa, en las afueras de Yaguajay, Gómez aprecia que la cercanía de la paz lo acerca a su más discreto anhelo. El 15 de noviembre escribe a su primo Francisco Gregorio Billini: “Yo, como siempre, sano y fuerte, acompañando a este pueblo en la odisea de su miseria. Este problema, de una parte, y de la otra, la oposición de los cubanos, a más de lo que juzgo un deber de conciencia, me atan de pies y manos como Prometeo a su roca, dilatando necesariamente la realización del gran deseo de mi alma: regresar al terruño amado, abrazar a los míos, contemplar mi cielo, bañarme en mi río… Este es el sufrimiento mayor; pero completemos la obra del sacrificio.”

El cinco de diciembre reitera al propio Billini que sus deseos son retirarse al lado de los suyos, “al calor de mi tierra amada, más amada mientras más lejana”. Y se desborda en una lánguida confesión: “A mi pueblo, a mi Baní del alma (…) no lo he olvidado ni un momento en medio de los azares de la ruda campaña.” Catorce años antes, el 8 de noviembre de 1884, hallándose en Nueva York, en respuesta a una carta del General Francisco Carrillo, le escribe: Su carta “me ha trasladado a mi Baní y me ha hecho aspirar el ambiente de sus flores y oír el susurrar de las aguas del ‘Banilejo’. Y resumía: “Verdaderamente, para saber cuánto se ama la patria y se adoran los recuerdos, se necesitan los sufrimientos del destierro. (…) General, a nosotros no nos queda más remedio que firmar un pacto con la muerte para volver honrados a que nos calienten nuestras tierras.”

Desde los llanos de Camagüey, el 20 de septiembre de 1895, le escribe a Federico Henríquez y Carvajal, el dominicano a quien martí llamó amigo y hermano: “…Mi amor por Cuba no ha causado merma en el amor a mi patria…”

En suma, cuanto hizo en Cuba “como humilde y devoto soldado de la libertad lo hice a nombre del pueblo dominicano, cuyas miradas estaban puestas en mí”. Así lo declaró en 1902 durante un viaje a República Dominicana. Retornará allí temporalmente en 1904. Y jamás volverá. Una año más tarde, Cuba, como previó, lo retuvo para siempre bajo el calor de su llanto. 
20/10/2006 19:30 Luis Sexto #. Historia



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