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LOS SUEÑOS, MOTOR DE LOS REVOLUCIONARIOS

20060920004945-rosencof.jpgPor Luis Sexto

En la estrecha soledad de una celda, el poeta y dramaturgo uruguayo Mauricio Rosencof confirmó la perdurabilidad del único dogma literario que ha resistido el tiempo: la poesía no puede ser encarcelada.Libre desde hace 20 años, Rosencof, de 73, continúa escribiendo y de vez en cuando recordando cuando, en 1972, junto con Raúl Sendic y otros siete miembros del movimiento Tupamaros, el régimen militar lo confinó a una ergástula de dos metros de ancho por un metro de largo. Allí permaneció trece años, hasta 1985, acompañado tan solo de un camastro y un tosco recipiente donde oficiaba sus más apremiantes urgencias fisiológicas. Si sobrevivió al aislamiento y la tortura fue gracias a que la imaginación –como el Hada Madrina viste de reina a Cenicienta- convirtió en poesía la opresiva circunstancia que lo acosó con la lentitud de lo que parecía nunca terminar.

“Cada mañana me levantaba conversando con mis camaradas, insultando a mis verdugos y luego paseaba con mi mujer por el malecón: así logré permanecer vivo, porque los sueños son el motor de los revolucionarios.”

Lo conocí en La Habana, recién liberado. Su pelo, blanco; rostro avejentado, que paradójicamente conservaba cierto fulgor de adolescente. Mientras bebía mate en una bombilla que había traído de Montevideo, me contó detalles de su prisión. En su celda escribió poemas y obras de teatro. Objetivamente no podía hacerlo. Sus carceleros se lo tenía vedado, y varias obras viajaron a las cenizas. Pero algunos de sus textos pudieron esquivar el destino del fuego, burlando la vigilancia en los dobladillos de la ropa usada. Así escaparon indemnes las estrofas que integran sus libros Conversaciones con la alpargata y Canciones para alegrar a una niña.

La poesía, en verdad, no puede ser jamás encarcelada.

Sin embargo, no concedía mucho valor individual a su resistencia, a su empeño por mantenerse vivo sin que se resquebrajaran su dignidad, su moral y su fe.

“El Hombre tiene reservas inagotables, siempre puede dar algo más, porque cuando llega al fondo del pozo, comienza a escalar nuevamente. No hay derrota, solo lucha.”Me confesó, además, que cada ser humano lleva un testigo dentro de sí mismo. Cuando lo torturaban sintió siempre la presencia de su hija. “Si yo no resisto –se decía- ella sabrá que yo flaqueé.”

Nacido el 30 de junio de 1933, Mauricio Rosencof apareció en la literatura latinoamericana en 1960, cuando el grupo teatral uruguayo El Galpón estrenó su pieza El gran Tuleque. En lo adelante se sumaron Las ranas (1961), Pensión familiar (1963)  La valija (1964), La calesita rebelde (1966). En este último año recorrió el norte de Uruguay. Fue testigo de la miseria de los trabajadores de los arrozales y cañaverales, y conmovido por esa visión publicó en 1969 La rebelión de los cañeros, libro de crónicas, y otra pieza teatral: Los caballos.

Al ser liberado en 1985, escribió Memorias del calabozo, en coautoría con Eleuterio Fernández Huidobro, el prisionero más cercano dentro de la soledad de la cárcel. Su catálogo bibliográfico inscribe unos 25 títulos, piezas de ficción, y testimoniales. Entre las más recientes destacan Las cartas que no llegaron (2000) y Las agujas del tiempo (2003).

“Mi teatro – me dijo aquel día en La Habana- se aproxima al de Máximo Gómez, pero también se asocia, en cuanto a actitud, al de Ionesco. Es decir, toco diversas cuerdas, y mis obras adoptan formas momentáneas, la que más corresponda al sentimiento que quiero comunicar.”

Entre los dramaturgos, Rosecof  prefiere al uruguayo Florencio Sánchez. “Por nuestro, y por su afán de testificar una época y reflejar los conflictos sociales de su momento. El primer compromiso de un escritor es como hombre. Ahora bien, en cuanto a la literatura el compromiso debe ser escribir bien, pero vinculándose a su gente, a sus pobres. Mi elección es definitiva: la literatura para mí  es un medio más para luchar por mis ideas políticas y sociales.”
19/09/2006 19:50 Luis Sexto #. Personajes



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