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ALEGATO POR MI OFICIO

Por Luis Sexto

De los periodistas podríamos hablar el año entero. ¿No hemos sabido acaso de  periodistas mexicanos asesinados recientemente por ejercer su profesión sin doblegarse ante el soborno y la amenaza, y un tanto más atrás de otros que perecieron en cualquier parte del mundo donde practicar el periodismo honradamente es meter las manos en un fuego atizado por la opresión, la criminalidad, el terrorismo de estado?En cierta jornada de rastreo en la Internet, ya tan común en nuestra vida, leí que la profesión periodística es la segunda más peligrosa del mundo. Las estadísticas acusaban que escribir sobre la sociedad humana, sus verdades y sus conflictos podía conducir a la muerte. Y muerte de bala. De crimen. Y también por accidente. Solo los pilotos de prueba –esos cobayos del aire- afrontan más peligro que los periodistas.

Ante el dato, puede uno adoptar disímiles posiciones: creerlo, no creerlo; temer o no temer. Por mi parte, al conocer por fuente fiable que yo, periodista, podía alguna vez ser víctima de la peligrosidad que ronda a los de mi oficio, admití que era verdadero el hallazgo estadístico. Y nada novedoso. Porque yo mismo, en alguna ocasión, había experimentado el riesgo por buscar una historia o un personaje. Como aquel día, en San Cristóbal. Escalaba la Sierra del Rosario hacia la finca cafetalera de quien, según noticias, poseía una historia capaz de interesar a los lectores de Bohemia. Y al cruzar un río crecido, el agua que bajaba en torrentera de lo más alto de la serranía casi me echa a navegar hacia los hielos eternos.

Esa aventura es una de mis condecoraciones morales. Y resulta un recurrente talismán contra el desaliento el saber que la profesión que ha sido el gusto principal de mis ocios, la misión primordial de mis deberes y la concreción cotidiana de los principios solidarios entre los cuales he crecido, nos reclama, a veces, hasta la existencia. He sido, junto con mis colegas, de aquí y de allá, un privilegiado.  Sí, colegas: la posibilidad de morir haciendo nuestro oficio es como un acto de supremo servicio. Y me parece que nuestros dedos, nuestra mente, son instrumentos que ofician un culto de servicio al Hombre. ¿Romántico? En efecto, romántico. Y a mi parecer quien no asuma el periodismo con esa actitud romántica presumiblemente no logre practicarlo con vigor, ira, amor, solidaridad y desprendimiento.

En estas cosas pensaba hace dos semanas cuando, invitado por la Unión de Periodistas  de la provincia de Villa Clara, asistí, en Remedios -mi municipio natal- a un encuentro de periodistas que habían sido corresponsales de guerra junto a las tropas internacionalistas cubanas.  Rendíamos tributo, como todos los años, a Tony, un enviado del entonces periódico Bastión muerto en Angola. Ante su lápida, la emoción más recurrente nos cimentaba la certeza de que allí, un hombre, un joven, convertido en una columna de polvo humano, vivía su muerte en la Historia.  

La cita ahora es inevitable. Ryszard Kapuscinski asevera que el periodismo no es una profesión apta para cínicos. Con lo cual, el autor de libros capitales del periodismo literario –hecho pasión,  sangre,  arte- admite que el oficio periodístico necesita como ejecutor una buena persona. Y es comprensible. ¿Puede acaso uno arriesgar la vida por una verdad, una historia, un personaje si no posee la entereza de seguir una vocación que entraña la posibilidad del martirio y que ningún dinero puede pagar, porque el dinero la mancilla y contamina? Y si mencionamos a Kapuscinski, elegido como el periodista primordial del siglo XX, habrá que evocar a John Reed, merecedor también de ese título, por reportajes capitales como Diez días que estremecieron al mundo, o México insurgente, compuestos entre las balas de una ciudad en revolución o el polvo de las llanuras mexicanas sembradas de sables inmesericorde, o aquellos en los que el reportero se hacía meter preso para entrevistar a los líderes encarcelados de una huelga. En esos periodistas, y en tantos más, como nuestro Pablo de la Torriente, latía la lumbre de una vela que se consumía en el empeño de ver, oír y escribir para que, luego, en la urgencia limitadora de un despacho cablegráfico, o en las letras más meditadas de un libro, el resto de los seres humanos vivieran un fragmento de la Historia, único, irrepetible, pero transferible por la osadía y la abnegación de un periodistas que, olvidándose de sí mismo, vivía para luego hacer vivir a los demás.

¿Qué somos, nosotros, periodistas no mediáticos, si no inmediatos abanderados de la sociedad?  Somos puentes. Somos enlaces. Mejoradores de la existencia. Heraldos del  mundo nuevo. En un momento de limpieza y claridad profesional, la española Maruja Torres nos asignó los instrumentos: una voz narrativa, un punto de vista y una ética. Parecen instrumentos endebles. Su poder es, en verdad, incalculable porque nuestras cámaras pueden captar nuestra muerte, y en nuestras manos podemos apretar, con la rigidez de lo inapelable, los papeles que dirán a los vivos: nos hemos ido, pero estamos ahí, en ese jirón de palabras entrecortadas, en esas fotos humeantes, en ese trazo que grita por la justicia, enviando, para siempre, la esperanza de que sobre la ruina se alzará el triunfo solidario de un mundo compartido. Entre todos.   




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