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BIGOTE DE GATO Y OTRAS FIGURAS

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Por Luis Sexto

 Bigote de Gato no habrá necesitado de alas para trasladarse al cielo cuando a mediados del 2003 y casi con cien años, falleció en la capital. Las dos aspas de su bozo de manubrio le habrán servido para volar definitivamente y seguro a las espumas de la memoria.  

La Habana fue cuna, si no de su nombre, sí de su fama, en una época cuando San Cristóbal, entre las contradicciones de un esplendor engañoso como las almohadas traseras de ciertas mujeres de entonces, acogía la presencia de personajes que deambulando entre el ingenio y la locura singularizaban sus calles más céntricas con los atuendos de una corte insólita.  

Oh, se le deshojó a La Habana el último de sus reyes de la musaraña y de la libertad de espíritu. Claudicó uno de los símbolos más añosos y humanos de la ciudad. Y muchos de nosotros –habaneros por hábito o por inscripción- hemos perdido un paisaje superviviente de la infancia. He oído afirmar que uno empieza a ser adulto cuando entierra a sus padres. Y también -me arriesgo a decir- cuando los castillos de la niñez se pulverizan o se derriten. Sí, se me han muerto aquellos domingos en los que de la mano de papá recorría el Malecón y veía, por instantes, a Bigote de Gato pasar desalado en un convertible rojo, como todo un señorón del folclor, del latido sustancial habanero, mostrando al aire la redundancia pílica con la que sostenía su nariz, desafiaba el ridículo y cubría una sonrisa que, junto con los felinos rayos del mostacho, ya era, para siempre, una de las quintaesencias de La Habana. 

Detrás de la presencia de Bigote de Gato, asturiano llamado Manuel Pérez Rodríguez, marchaba la voz de Daniel Santos cantando aquella guaracha donde se archivó el paso del insólito personaje, descrito en la letra “como un gran sujeto/ que vive allá por el Luyanó”.  Hombre cuerdo, experto en gastronomías licoreras, propietario de un bar en la calle de Teniente Rey donde se juntaba gente que no dormía. Y, además, bebía. 

En esa época Barbarito Diez también le cantaba al Caballero de París. Mira quién viene por ahí, ah, el gran caballero de auténtica triste figura. Estaba loco. Pero conservaba la dignidad del que intuye su nobleza de persona y la defiende. En fin, no estorbaba para estimarlas como fragmentos irrecuperables de los días de todos, saber si aquellas alegres figuras de La Habana urgían de la atención de un psiquiatra o, en cambio, la salud mental les fortificaba el modo de recortarse en su deambular provocativo. Se hermanaban todos en el pintoresquismo que barnizaba de contrapunto, de contrastes, el discurrir de la capital. Estaban además La Marquesa, Juan Charrasqueado, quién más, quién más... pregunto porque no alcanzó a calar tan hondamente en mis tiempos de niño.

De joven recuerdo a Charles, que en cualquier terminal de ómnibus interprovinciales de occidente disertaba como un profesor infatigable y nunca aburrible, y me acuerdo de Julio, especie de semáforo viviente en la intersección de la calzada de Puentes Grandes y avenida 26 en Aldecoa.  

A mis 12 años apareció Juan Cagao, idolillo en el poblado de Rancho Boyeros. Era de alcurnia pueblerina, fuera del ámbito consagratorio de la capital. Pero cuánto hizo correr a los menores que salíamos de la escuela publica, luego de cada jornada matutina de 1957. Bloqueaba la calle con un foete rústico que hacía restallar como una cicatriz en el aire. Y comenzaba el desbordamiento del grito, del insulto en la muchachada, y los más tímidos, como yo, intentábamos pasar calibrando el momento exacto en que el látigo percutía para colarnos por el espacio libre antes del próximo chasquido. Uno, en medio del apremio, disfrutaba de la ira del loco y sospecho que si lo hubiésemos ignorado, él nos habría obligado a repetir: ¡Juan Cagao, Juan Cagao!,  para burbujear de cólera en aquel show del mediodía. 

Los veo así a todos: como una postal de navidad que el deceso aún fresco de Bigote de Gato me ha enviado desde aquel punto en que el gusto de vivir elige transformarse en la añoranza por haber vivido. El luto de La Habana ha empezado por mi corazón.

30/08/2006 22:19 Luis Sexto #. Crónicas



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