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LAS VIÑAS DE LA LOCURA

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Por Luis Sexto 

Ya Cuco no está loco. Ahora es posiblemente el viñador más avezado y célebre del país. En la primera vendimia en 1987 recolectó 20 quintales. Fue una fiesta. Los incrédulos llegaron a la finca sonriendo como si con aquellas caras de bromistas suplicaran perdón al loco que había revolucionado la  tradición agrícola de Güira de Melena, con un cultivo que sólo... sólo a los locos se les ocurriría. 

Muchos en la zona lo imitaron más tarde. Pero muchos también se arrepintieron. Porque la vid pide los cuidados de un recién nacido durante diez meses al año. Entre el cultivo y la cosecha. Plantar. Y luego empalizar, fumigar, desyerbar, podar... Y sólo un descanso de dos meses. 

Llegué a la casa de Cuco 16 años atrás, cuando apenas hacía dos que se había atrevido a desafiar el clima, la inexperiencia, la crítica, el prejuicio. Estaba deprimido. El día antes, una granizada había estropeado sus viñas en medio de la cosecha. Los emparrados simétricos se ofrecían como el símbolo de la desolación:  revoltijo de hojas, gajos, frutas. Frustración del trabajo. Cólera ante lo inevitable. “¡Cómo usted me va a entrevistar en estas circunstancias!” Sin embargo, conversamos. Y salí de aquella especie de jardín que es su finca con el retrato de un hombre cordial y generoso, que convertía cada jornada en el ámbito de lo extraordinario. Sin palabras. Con actos, el idioma de la grandeza. Se repuso del desastre.

EL CRÉDITO GANADO

 Después he regresado a comprobar si persevera en la faena de viticultor, oficio tan raro en Cuba como el conocimiento sobre la vid y su agrotecnia. Recuerdo, en particular, una visita. Terminaba de cerrar la vendimia del 2000, con la cual sumaba 13 cosechas consecutivas y  un promedio anual de  1 000 quintales en dos hectáreas: más de 7 000 matas en  casi un patio dentro del patio de siete u ocho hectáreas que componen su propiedad. Le pregunté al saludarlo si ya había aprendido algo sobre la uva. Me respondió que no lo suficiente. Los viñedos son conflictivos por los problemas que el agricultor  topa en el camino: hongos, lluvias, granizadas, vientos  Y aunque nunca ha fracasado, va cursando aproximadamente el quinto grado.

-Aún no he llegado a la secundaria. La uva no tiene fin.  

Cuco -que legalmente se nombra Oscar Hernández Pérez- comenzó a “enloquecer” cuando visitó a su amigo Sosa en San Antonio de los Baños, y vio tres o cuatro matas de uva de las cuales colgaban  racimos sustanciosos y con aceptables lealtad al azúcar. Sintió un impulso inexplicable mientras acariciaba las verdimoradas bolitas que alguna vez comió a las 12 de la noche de un 31 de diciembre.

-Me gustan; voy a plantarlas -dijo.

-Pero si de uvas no sabes nada; es difícil- argumentó Sosa. 

Al principio le allegaron un folleto titulado “El difícil cultivo de la uva”. Y él, que conocía todas las bondades y los caprichos de la tierra, casi sonrió irónicamente. “Me quieren asustar.”  

La locura contagió temprano a Cuco; se la transfirió su padre. Al viejo no se le ocurrió plantar uvas, pero ahorró un centavo y luego otro hasta cuando en 1945 compró la finca “Jorge”, unas 10 hectáreas con un bohío jorobado en el medio. Padres e hijos -dos varones- prosiguieron trabajando en propiedades ajenas colindantes para terminar de pagar la propia y reunir aperos y semillas. La gente comentaba que Hernández había enloquecido. Figúrense. Guardar dinero con tanta paciencia y privaciones para comprar una tierra yerma. Pero él nunca se arrepintió de haber pagado 3 600 pesos -entonces mucho-por aquella reducida porción, cuyas ventajas calculó en silencio: no se extendía en zona baja, ni hospedaba piedras y se hallaba a unos cinco kilómetros de Güira de Melena y a menos de tres de El Gabriel, localidades al sur de la ciudad de La Habana. Un agricultor sabio adivinaba cuánto rendirían esos detalles.  

“Jorge”, con los años, se transformó en una feraz productora de papa, tomate, ají, ajo, cebolla, zanahoria, flores, alternativamente. Y una casona de madera y tejas,  sólida y ancha, se irguió en lugar del bohío, y un tractor, que todavía puja después de casi 45 años, cruzó de un lado a otro removiendo el olor de la tierra. Y Cuco, que se resistió a irse con su hermano a la ciudad, construyó junto a sus padres una vivienda de mampostería, y se casó con  Olga Iglesias. 

Aquella vez recorrimos los viñedos. Los pasillos sombreados por las vides, que se entrelazaban arriba, suscitaban las ganas de sentarse bajo el emparrado y sobre el suelo limpio como piso de hogar. Uno se imaginaba andar por tierras lejanas donde las viñas, las uvas, y las vendimias, y el vino, son riquezas campesinas, y también fiesta, rito emparentado con una profunda antigüedad mediterránea. Nos acompañaba el recuerdo del bíblico Noé, y su embriaguez con el fruto de la vid, y los escritos egipcios que aseguraban que el cultivo de la uva retrocede unos cinco mil años antes de nuestra era...  

LA HUMILDAD DEL APRENDIZ 

El saber inicial le llegó a Cuco mediante la comunicación. Porque, reconociéndose audaz, tozudo, emprendedor, sabe que la humildad ha de acompañar a cualquier aspiración. Se enteró de que en Pilón, en la provincia de Granma, Ángel Mora se dedicaba a la viticultura. Y Cuco, ahora, se quita el sombrero. Y por lo que  dice, uno comprende que el descubrirse la cabeza no es un gesto reflejo; equivale a un saludo, un acto de respeto al ya fallecido, campesino oriental.

-Me dije: si vive de la uva es porque la conoce.

Y partió hacia Pilón. A aprender. Allí estuvo dos horas.

-Nada me ocultó. Lo demás lo he aprendido en mi lucha diaria, o leyendo algún folleto extranjero. 

En esta tierra no crece y fructifica cualquier vid. Solo una variedad, con resistencia para no secarse  cuando el termómetro enrojezca hasta los 40 grados Celsius. Esa es la variedad de Cuco. En un momento de mi primera visita le pregunté cuál era la diferencia entre sus uvas y las europeas. “Las de allá más dulces; las mías, más productivas. Doy hasta 19 cortes; los europeos, mucho menos.” Pero, actualmente, prefiere menor volumen y mayor calidad. Porque, disminuyendo los cortes en la vendimia, que transcurre de junio a septiembre, la fruta se entrega más dulce. 

Lo que sorprende en este campesino alto, robusto, de hablar apresurado y abierto, es la capacidad de sus manos. Qué tendrá en ellas que, en cuanto emprende, la tierra lo premia con la abundancia. En noviembre de 1999 plantó una hectárea de fruta bomba, de la Maradol, esa papaya que inventó Adolfo, el padre de Adolfito Rodríguez, uno de los agrónomos más conocidos de Cuba. Al año, en la primera cosecha, recogió 600 quintales. Y en la escueta plantación cuelga un volumen similar, que ha tirado al suelo a ciertas matas por las tetas numerosas que se le prenden al tallo. Lo mismo le sucede con la zanahoria. Su nombre representa los más elevados rendimientos del país: 16 500 quintales por caballería.   

ué tendrán las manos de Cuco. Quizás sea un Rey Midas. Mas,  conversando con él, que se acercaba entonces a los 70 años y sostenía sentirse más vital que cuanto alcanzó los 60, uno va entreviendo que la agricultura no es magia, sino técnica, inteligencia. Y que las manos son fértiles cuando se aplican al trabajo. Sobre todo con amor. Amor a lo que está más arriba de la frente; amor a lo que arruina el sueño poniendo a girar en el pecho mil dudas y esperanzas. El dinero no es el propósito de Cuco. Lo asegura con su voz caliente, de persona natural:

-Prefiero la gloria de recoger a costa de talento y empeño que todo el dinero que, con menos dificultad, pueda ganar. 

Esa es su verdad. Yo la creo. Por ello, de vez en cuando,  vuelvo a verlo.   

24/08/2006 10:06 Luis Sexto #. Curiosidades



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