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PANFLETO SOBRE EL PANFLETO

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Por Luis Sexto  

Levanto las dos manos a favor del pobrecito, el maldito, el menospreciado, el insultado panfleto. Y coincido con otros autores en que el  panfleto no puede ser el término peyorativo, hiriente, que se endilga a todo texto izquierdista o izquierdizante  escrito con palabras claras, asequibles, democráticas. Más bien ese texto puede ser llamado panfleto o calificado de panfletario, pero como indicio de excelente calidad periodística o literaria. Me explico. El nombre o título de panfleto, en puridad crítica, no implica forzosamente lenguaje soez, miseria ideológica, ni bajuna hechura. Todo lo contrario, ese nombre pertenece a un género al que no dudo en encasillar entre los estantes de la literatura y, por tanto, como portador de una naturaleza cualitativa que nadie descalificará ateniéndose solo a una supuesta miseria esencial del panfleto. Porque –sean ya precisados convencionalmente los extremos de la discusión- existe buen panfleto y también mal panfleto, como mala novela y buena novela, buena poesía y mala poesía.
 

El panfleto es la envoltura de la polémica. El documento concebido bajo los humos de la pasión, entre fervores partidistas, a favor o en contra de una idea o un acto. Qué hacía, si no, Fray Bartolomé de las Casas cuando defendía gallardamente a los aborígenes americanos de la explotación colonial y se enfrascaba en una polémica con políticos y teólogos del Reino, aduciendo ardientes argumentos a favor  del alma humana de tainos y siboneyes en Las Antillas, y en contra de su esclavización. El fraile “panfletaba”-reclamo la invención del verbo-, y si fuéramos a determinar en estas líneas una somera periodización de las letras hispanoamericanas, habría que sostener que con “La destrucción de las Indias”, del más tarde obispo de Chiapas, comenzó la literatura panfletaria en este lado del Atlántico. Esa misma tendencia que siglos después seguirá José Martí, uno de los estilos  renovadores de la prosa española en el XIX. Leamos Vindicación de Cuba, artículo que responde a ofensas contra los cubanos aparecidas en un periódico de Filadelfia, y tocaremos el estilo candente de un luchador social que, arrebatado por el amor a su país y a las ideas de emancipación e independencia, abofetea con limpieza al que osó denigrar al pueblo de Cuba. Panfleto hace Martí en ese  texto y en muchos otros que integran las tres decenas de abultados tomos de sus Obras Completas.

Honrosa, útil literatura de la polémica. Apasionada, filosa esgrima del intelecto. Cuantos sostienen prejuicios contra el panfleto se sorprenderían si repararan en que fue género de reconocidos escritores. ¿Admitirán que “Los Miserables”, la novela emblemática de ese “monstruo” llamado Víctor Hugo, es un panfleto?  ¿O “Utopía”, de Tomás Moro? ¿O  “Jerusalén liberada”, de Tasso?  ¿O “Anticristo”, de Nietzsche?  ¿O  “Yo acuso”, de Sola? ¿O “El desesperado”, de León Bloy? ¿O mucha poesía de Lope de Vega, Quevedo, Pablo Neruda, Nicolás Guillén, los ensayos de Unamuno?  ¿O, incluso, hasta las epístolas de San Pablo? ¿O “Vida de Cristo”, de Papini?  ¿Y qué de “El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha”?

No me acusen de liberar el freno de mi imaginación caribeña. La desmesura criolla no me obliga a desmandarme, al menos en este trance. El panfleto está ligado a la lucha de las ideas, a la predicación, el proselitismo, el partidismo en la literatura. Y toda la discusión puede centrarse en que a veces se escribe un panfleto indigno de sus funciones. Y entonces ya no sería panfleto, sino “despanfleto”o “antipanfleto”. En Cuba, que es la ciencia que más conozco, cierta tendencia llama “teque” a los textos cuya sustancia es la política revolucionaria. Déjate de “teque”, dicen algunos cuando leen  u oyen algo atinente a nuestra vida o a los ideales de la revolución.  Y yo, que de ello he escrito en medios cubanos, no los culpo. Porque una vez empezaron a rechazar justamente los temas políticos o revolucionarios expresados repetitiva y anémicamente, sin calor ni convicción, aventados de lugares comunes, escasos de sugerencias, ahítos de evidencias. Y empezaron a identificar el “teque” con todo lo relativo al discurso revolucionario.
 

Advierto, pues, que no seamos injustos con el panfleto. Ni menospreciándolo por su tono de pasión, por su  estilo claro, llamado a las mayorías.  Ni tampoco irrespetándolo con una factura indigna, nutrida por insultos y argumentos sin sostén racional. De paso, he de decir que los textos sesudos, académicos, son necesarios, aunque solo, por su lenguaje especializado,  pocos lectores los atiendan y entiendan. La obra magna de Carlos Marx –El Capital- resulta una aventura lenta y complicada cuando uno se adentra en su enjundiosa ciencia. Y no por ello hemos de prescindir de ese libro capital. Pero, a veces –y no es el caso de Marx- algunos de esos textos que abordan la sociedad y sus problemas con el instrumental científico repelen la lectura, porque están torpemente escritos. Dicen que el filósofo Kant  se excedió en lo abstruso, oscuro. Y algún especialista asegura que es por su profundidad. A mi parecer, Kant escribía mal; echaba el torrente de sus ideas en un estilo llamado “de baúl” por Jorge Luis Borges  y que yo llamo “de bolsa”, esto es, todo el contenido mezclado en larguísimas oraciones que llevan dentro de sí muchas más oraciones largas. La claridad en lo escrito, más que de palabras, deriva en  un  problema de sintaxis.
 

Y  no teniendo otra cosa que añadir, termino mi panfleto a favor del panfleto. 

21/08/2006 17:33 Luis Sexto #. Cultura



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