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CARILDA TOTAL

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 Por Luis Sexto

Calzada de Tirry 81 merece el crédito de ser la dirección más célebre de Matanza. Es el título de un libro de poemas, y ello sería una razón suficiente para que ninguna carta languidezca en la bolsa de un cartero. Pero, además, en la casa tatuada con ese número en una de las calles más antiguas de la ciudad, vive Carilda Oliver Labra.  

He escrito “vive”, aunque cuando paso ante su fachada el portón y los ventanales están habitualmente cerrados y percibo un hálito de misterio, desolación, en las maderas y los herrajes coloniales. Son, sin embargo, apariencias. Allí, a pesar de que la arquitectura y los recuerdos mantienen en el aire los olores del pasado, sigue habitando la vida, la ilusión. “Estoy más viva que nunca”, la oigo decir mientras convierte la noche en el espacio vital de su creación. 

Una gran mujer de América, la chilena Gabriela Mistral, aseguró  que Carilda  es “profunda como los  metales, dura como el altiplano” y “su poesía, de ser divulgada con justicia, ejercerá pronto ardiente magisterio en América”. De profecía, el juicio se transformó en hecho y verdad. El Premio Nacional de Literatura legitimó sus méritos en los ultimos años. Mas, ya con su primer libro, “Al sur de mi garganta”, Carilda mereció en 1950 el premio nacional de poesía. En ese volumen empieza a estar presente la meteórica fuerza que recorre, como una simbiosis de garra y ala, de pasión y ternura, su obra toda, y ha convertido a la autora en una de las mujeres esenciales de la poesía iberoamericana. Ha escrito poesía de mujer; revelación inaudita de un temblor, un color, que  supera los tabúes, los prejuicios, y se expresa en legítima alma interior, en feminidad real.  

La obra de Carilda integra en una sola voz un Eros tumultuoso, dulces duendes familiares e imprecaciones políticas. Mezcla compactada de la vida y la literatura, la experiencia y los libros. Pero si hemos de filtrar y precisar tan disímiles ingredientes, las cuentas de la vida se imponen al resto de la fórmula. Ella, según afirma, ha vivido más de lo que ha leído. Y, por supuesto, ha escrito mucho más. Escribir es su modo habitual de asumir una existencia en la que han alternado la abogada, la profesora de dibujo, la animadora cultural. Y siempre en Matanzas, su ciudad mito, su lar totémico, del que nunca ha querido separarse, y cuya tierra –como símbolo del suelo patrio- la quiere toda sobre su tumba. Debemos creerle cuando asegura que nunca ha podido escribir un verso lejos de Matanzas.   

Carilda se empalma, poéticamente, con la generación que en Cuba se llama de “los 50”. Es decir, la tendencia literaria que comenzó a evidenciarse en esa década del siglo XX y se caracterizó por introducir en el poema las palabras y los asuntos de la cotidianidad, en un desbordamiento de lo conversacional. La antología básica de los coloquialistas –publicada en 1984- abre su muestrario con Carilda, no solo por ser la de más edad, sino por que ella fue anticipadora del coloquialismo. En sus poemas, aun desde los primeros,  la autora de “Desaparece el polvo” ubica frases, palabras, imágenes que contaminan el verso del diario discurrir de la gente. Como en una ruptura del lenguaje de la poesía que logra, en sus manos expertas, enriquecer la expresión poética. “Muy pobre  sería el creador –me dijo un día- que solo tuviese en uso un lindo ejército de palabras.”   

Mencioné antes lo político. Y es fácilmente comprensible. Nunca ha desdeñado lo íntimo, lo personal. Pero en horas de dolor o catástrofe colectivos, su verso se manifiesta beligerantemente. Cantó a Martí. Cantó a Fidel, cuando Fidel se hallaba todavía en la Sierra Maestra al frente de su ejército guerrillero. Pero Carilda no es solo una poetisa política. O erótica. O doméstica. O intimista. Es todo ello a la vez. La unidad que junta las quejumbres, las dichas, los cataclismos,  las pasiones, los insomnios, las frustraciones, el amor, en una ofrenda de amor a la vida.  Carilda es la totalidad que nos acompaña y desafía. Porque la vida, para esta mujer, “cabe en una gota” de amor.  




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