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QUIJOTE SIN SANCHO

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Por Luis Sexto  
Los zapatos de don Tomás Estrada Palma se solean en la calle G, cerca del Malecón de La Habana, sin el cuerpo que en legítima defensa les pertenece, mientras el bronce del ex presidente yace en cualquier almacén sin el calzado que, en justicia, también le corresponde. ¿Con qué propósito quedaron cuando ya quien los exhibía recibió el desahucio del pedestal que usurpaba y con el que encubría los retorcimientos de su itinerario patriótico?  
La pregunta me la insinúa por correo electrónico el médico Ahmed Guzmán, cuyo filoso humor la responde al mismo tiempo que la dispara, sin adjuntarme unas pulgadas para la reflexión en un juego de ingenio participativo. Los zapatos, pues –asegura él-, perviven allí como homenaje a los “tacos” plásticos –llamados quicos- de los años 60 y 70; son el monumento a aquellos escarpines, digamos a falta de sinónimos, que semejando zapatos obraban como hornos de plantas y dedos en tanto viandante de entonces. Eran, en particular, terrífica trampa para cuantos montaban a la grupa de una motocicleta. Cierta mañana viajé a reportar una competencia de motocross, aventado por un motociclista, y en un descuido puse el pie sobre el tubo de escape y casi me adhiero al vehículo: se me derritió la suela y más que zapatos parecía yo calzar una plancha.   

Vuelvo a escribir sobre las estatuas y su código de expresión paralelo o alternativo. El metal y la piedra trasmiten, rectamente, su contenido. Mas la pose, el gesto, el color, el conjunto, prometen un desvío repleto de sugerencias. Y hoy, además, me ha venido a la mente el Quijote de 23 y J. Lo digo de inmediato: es conmovedora, impactante, la imagen airada, furibunda, encabritada del caballero vestido de alambrón. Pero siempre le eché de menos algo. ¿Lo adivina usted? ¿Lo adivina el doctor Guzmán? Ah, pueden hacerlo, pero me anticipo. Le falta Sancho. No sabemos dónde estaba el escudero cuando el escultor Sergio Martínez tejió los hilos cobrizos de ese Caballero Andante belicoso, tan tenso como el alma de un loco.  
Habría cruzado Sancho la avenida 23, para pedir -él tan pendiente del yantar- una ración de pescado en Los siete mares, y por eso, en el momento de erguirse la estatua de su amo, perdió su puesto en la estampa como jinete sobre un borrico? Quizás el artista confesó a algún periodista -que no fui yo- las razones por las cuales excluyó al bonachón aldeano. Y la respuesta exigiría rebuscar en los archivos, porque el artífice ya murió. 
El Quijote, parece ley, no debe andar sin su escudero. Como al gato su cascabel, hay que insertar cerca la contrafigura que exalta la figura del alucinado Caballero. Me percato que Don Quijote brilla en la medida que se opaca y apoca su pusilánime ayudante. Tal vez esa furia descuerada, esa acometividad que le obliga a representar en 23 y J una bronca perenne, espada en mano, sea su protesta por no tener a un chasquido de su retórica de armadura y lanza al Panza dicharachero y previsor. Lo necesita. Para ello lo convocó a esa aventura donde ambos ilustran la pareja más contradictoria y más humanamente complementaria de la historia. El escudero no solo se ocupa de los bastimentos del cuerpo y que al Caballero le importan poco cuando no es hora de comer. Sancho es también el que le advierte que los molinos son molinos cuando lo son de verdad, y que chocar con ellos implica a rodar por tierra.
Yo sé, sin embargo, donde está el escudero que le falta al traslúcido Quijote. En un sitio enrejado y recoleto, a un costado de la Plaza de Armas vive en igual soledad inexplicable un Sancho Panza de alambrón. Ha vagabundeado por varios sitios de La Habana. Lo conformó un joven llamado Leo D’Lázaro. Y tendremos que convencer al escultor, y al Historiador de la Ciudad, para que lo pongan junto a ese Quijote que, en 23 y J, parece gritar peligrosamente: Aquí, en esta esquina, no hay más guapo que yo. Y Sancho, muy próximo, le podrá avisar en su sabiduría refranesca: tenga cuidado, uno nunca llega a saber... 

 
19/08/2006 03:53 Luis Sexto #. Curiosidades



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