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EL MISTERIO DEL ABUELO DE PICASSO

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Por Luis Sexto
 

Hace dos años se publicó en La Habana un libro en cuya creación sufrí tanto como el autor, aunque yo no estaba involucrado en la obra. Es un libro polémico. Y si provoca la polémica, un libro ya empieza a ser interesante. Y de interés y de polémica debe uno hablar cuando comenta La historia secreta de Picasso, texto de Jorge Garrido, recientemente publicado por la editorial cubana  Ediciones Imagen Contemporánea, cuyo título promete el develamiento de incógnitas y misterios relativos al maestro del Guernica. 

La polémica y el interés se centran en la clarificación y revelación de los detalles que atañen al abuelo materno del pintor, el que dio el apellido que el nieto convirtió en indicio de genio y exclusividad.  Y por ello, el libro sigue dos pistas: aquella que habrá de conducir a precisar el velo de vaguedades e imprecisiones que envuelve la vida y el destino en Cuba de Francisco Picasso Guardeño, y la de un Pablo Ruiz Picasso que intenta enterarse secretamente de quién fue en verdad su abuelo y quiénes fueron los hijos cubanos que se añadieron a las seis hijas que don Francisco dejó en Málaga.  

Este libro es primordialmente una aventura en la selva de secretos e intereses de una familia muy célebre y poderosa. La novela gótica pierde su capacidad de estremecer y hacer producir adrenalina, ante la maraña de pistas, despistes, mentiras, silencios, tráfico de influencias, ambiciones, celos, aullidos nocturnos, crujidos de puertas, tumbas desconocidas, huesos extraviados, luces repentinas  y sombras perennes, con que este libro nutre sus páginas. 

El resultado de la aventura el lector lo irá descubriendo a lo largo de la ruta, y es posible que su imaginación colabore a establecer la verdad o la verdad probable. Porque el autor cuenta, sobre todo, con la imaginación de cuantos lo lean, después de haberla él utilizado, como linterna mágica, en los pasajes más tupidos de los misterios de Picasso. 
 

Pero si la dilucidación de esos enigmas supone los ganchos de una novela policial, Garrido, escritor forjado en el lenguaje y la síntesis del periodismo, y habituado a trabajar con preguntas primordiales como quién, qué, cuándo, dónde, cómo y por qué, también narra sus peripecias en la indagación y la confección del libro, tal un reportero de las profundidades. Porque topó con obstáculos interpuestos por manos invisibles para que las verdades e hipótesis que él se proponía establecer nunca trascendieran el cascarón de los enigmas y los enredos familiares. De modo que están todos los ingredientes de una historia que, además de polémica e interesante, es apasionante. También apasionada. Quizás obsesionada. Mezcla de verdad e imaginación. Sin ficción. Porque cuando falta el documento entre los tantos papeles acopiados durante tres años en archivos de instituciones locales y templos parroquiales, la intuición -que también suele llenar vacíos cuando responde al conocimiento entrañado de la realidad- propone una hipótesis cuya cercanía con la verdad no demerita  la investigación.
 

¿Novela? Sí, novela en cuanto a la técnica y la estructura: narración vivaz, temblorosa, cinematográfica, mediante la superposición de planos, la ruptura del punto de vista espacial o del personal, o el temporal, en un balón de suspenso y magia. ¿Reportaje? Sí, reportaje por el afán periodístico de elucidar los móviles y datos de una historia todavía actual, y por la participación explícita del autor en la obra. Literatura, además, por la acentuada evidencia de una voluntad de estilo que intenta trascender mediante el engaste de una prosa plástica, rítmica, tan rápida como el pensamiento. Y uno de cuyos valores primordiales son las cadenas de adjetivos originales y reveladores. 

El misterio de Picasso ha entrado ya en su tercer siglo. ¿Por qué  no respetar a Francisco Picasso Guardeño en el descanso de su sepulcro incógnito? Los secretos de cualquier otro malagueño de origen italiano, pudieran descomponerse en una tumba que las aguas de la bahía de Cienfuegos inundaron en su secular guerra por ocupar la tierra, o en cualquier otro punto de la geografía del Caribe. A los de Francisco, en cambio, todavía no se les permite acurrucarse en ese nicho que un autor ha llamado la memoria del olvido.

Claro, no es culpable de que su recuerdo salpique hoy como ayer a unos y a otros por móviles diferentes. Pero le tocó una gracia: dejar entre sus genes los signos que, en los cálculos del azar, integrarán el genio de un pintor llamado Pablo Picasso, su nieto. Tampoco, desde luego,  Francisco es culpable de los giros de la herencia genética.  Pero a Jorge Garrido, un cazador de misterios, no se le puede imputar el haber construido, como un poseso de la verdad, este libro que, además de valer por sí mismo, por su forma avasalladora,  a muchos habrá de inquietar por su tesis e hipótesis dirigidas a esclarecer el persistente y seductor misterio de Francisco Picasso Guardeño: ¿Fue un espía a favor de Inglaterra? ¿Murió de enfermedad o de asesinato? ¿La familia negra que en Cuba reclama ser descendiente de Francisco, lo es en verdad?  

No estaba yo involucrado en la escritura de este libro. Mas, si usted es amigo del autor, y él le consulta, como suelen hacer los escritores con los amigos, sobre estilo, o  técnica, y habla de sus pistas, y sus dudas, y lamenta los desvíos, y le enumera sus ensoñaciones, le confiesa sus angustias, y luego le trae unas cuartillas para que lea, ya usted del borde del terreno pasa al centro del campo minado. Y sale convencido de que la faena de escribir un libro no equivale a percutir el cuero de un tambor de vez en cuando en una banda municipal. Es proyecto que enerva, angustia, perturba. Así vi a Garrido: la imaginación desgarrada, los ojos exaltados. Y yo me inquietaba, sufría previendo un colapso, y le decía cálmate, apacigua la catarata, remansa los vientos…  

Quizás por esa posesión demoníaca -ese trasvasarse la historia desenterrada al alma del escritor-, cuando uno lee La historia secreta de Picasso se siente arrastrado por funestas voces. Y se involucra. Tanto como yo, a quien todo le parecía ajeno en esa obra. Y de pronto, el autor toca en tu puerta y dice: Hace falta un prólogo.
 

Y tuve que escribirlo, para decir eso mismo: que yo no estoy involucrado en este libro. Soy más bien un testigo del autor. Y juro sobre las carnes angélicas de Las señoritas de Avignon que todo cuanto he dicho es la verdad. Y solo la verdad.  

 

08/08/2006 21:40 Luis Sexto #. Cultura



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