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VALOR POÉTICO DEL PAISAJE CUBANO

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Por Luis Sexto

El paisaje natural fue uno de los ingredientes primordiales de la poesía cubana hasta el siglo XIX. Cintio Vitier reveló a la apreciación crítica que Cuba poseía una naturaleza paradisíaca que conmovió a los fundadores y posteriormente a los continuadores decimonónicos del movimiento poético cubano.

Tal rasgo arcádico e imantado del paisaje no se le escondió a Ramón de Palma, quien hace siglo y medio aproximadamente, al teorizar sobre  los Cantares de Cuba, aseveró que para sentir la inspiración de esa especie de poesía popular era “menester contemplar el cielo estrellado de los trópicos en la solemne inmensidad de las sabanas, o ver los rayos de la luna platear las anchas  hojas de los plátanos o quebrarse en las pencas de los palmares”.

Quizás por esa capacidad de atracción que seduce sin destruir y deslumbra sin cegar, el sentimiento de lo nacional fue primigeniamente condicionado por el entorno natural y manifestó sus primeros acuses  de existencia en la poesía, lenguaje predilecto de la emoción.  Espejo de paciencia, poema de Silvestre de Balboa, escrito en 1608 en dos cantos y 145 octavas reales, está preñado de referencias al paisaje cubano; a pesar del molde clásico de su forma, le correspondió  anunciar  los tanteos de la criolleidad poética, los lances formadores de lo cubano en la  literatura.  El poema no trasciende por su intrínseca propiedad estética, pero expresa la incipiente asimilación , la lenta interiorización de la naturaleza y la sociedad en la conciencia social de la Isla. Y vale y perdura como acta del descubrimiento cultural del diccionario autóctono de la flora y la fauna de Cuba. Porque  en su lenguaje, donde prevalece el transoceánico sonido y la imagen leal a lo hispano, aparecen voces netamente cubanas como macagua, nombre de un árbol, y biajaca, de un pez de agua dulce, y maruga, de un sonajero, y siguapa, de una ave nocturna.

Los poetas, pues, tuvieron los sensores suficientemente aguzados para reparar en el medio donde residían. Suele ser común que uno no vea los árboles cuando se halla inmerso en el bosque, o no valore la belleza que disfruta todos los días.

Ahora bien, resulta una experiencia compensadora revisar las impresiones de los visitantes extranjeros sobre el paisaje de Cuba. Heinrich Schliemann, el arqueólogo alemán que extrajo del polvo y de la leyenda la ciudad de Troya, confirmando así el carácter histórico de la poesía de Homero, visitó nuestro país cuatro veces. En cierta página de su diario de viaje estampó esta observación:  “En todas partes se ve una cantidad sin número de palmas-reales, que vistas de lejos parecen formar grandes bosques y selvas y que dan al paisaje un aspecto de hechizo y encanto.”  Y precisa: “No hay monotonía en ningún lado...” Abiel Abbot, un religioso norteamericano, describía entusiasta: “Las vueltas que da este río son frecuentes y presentan los más diversos panoramas; unas veces las márgenes se curvan y forman un anfiteatro o ese encañonan dando lugar a ondulaciones y hondonadas bellísimas, tal como si una mano artística lo hubiera hecho.”

Podríamos citar centenares de citas emparentadas en tono y contenido. Pero hay que recordar que, desde 1493 hasta 1949,  sobre Cuba se escribieron, general o parcialmente, unos 631 libros, según la bibliografía del doctor Rodolfo Tro compilada en 1950.  Se conocen por ediciones recientes, entre otras obras, las cartas de Abbot, las de Fredrica Bremer, y las notas de Walter Goodman, Jacinto Salas, La Condesa de Merlín y las de John G. Wurdemann.

Este último puede servir de testigo referencial. Porque en su libro no solo se aprecian las observaciones favorables a la naturaleza arcádica de Cuba, sino que la defiende de ciertos ataques conocidos en su época  en Inglaterra. Wurdemann aduce en su apasionada apología un dato que  ha estimulado a investigar a escritores y periodistas como  Luis Espino, de Matanzas, y a quien esto escribe. En el cafetal de San Patricio, en la comarca matancera de Limonar, la poetisa que se ocultaba bajo el seudónimo de María de Occidente escribió, según Wurdemann,  el “más imaginativo de los poemas ingleses, Zophiel”.  Un crítico, compatriota de la autora, dudaba de que tal obra hubiera podido escribirse en una plantación cafetalera cubana.

Wurdemann, afiebrado ante lo que estimaba una injusticia, alegó que nunca pudieron tener mejor cuna las imágenes que la poetisa creó. “Una hacienda cafetalera es, en verdad, un edén perfecto, superior en belleza a todo lo que el frío clima de Inglaterra puede producir.”

Este juicio nos permite entrar en las modificaciones que la economía impuso al paisaje natural, y hacer notar que, en ese sentido, hubo una rivalidad entre café y caña de azúcar. Será, sin embargo, en otra crónica.

 
13/07/2006 17:22 Luis Sexto #. Cultura



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