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HISTORIA DE UN BURRO NO TAN BURRO

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Por Luis Sexto 

Ningún burro en Cuba ha ganado más fama que Perico, el burro de Santa Clara. Ni el de Mayabe, en Holguín, con su circense y postiza afición a beber cerveza en botella. Ni el de Bainoa, cuyos méritos pocos recuerdan o saben, y del cual, aunque hubiera aprendido a leer, no dispongo todavía de datos que aseguren que sobrepasara a su congénere en crédito y difusión. Ante la tumba de Perico, un senador de la República deshojó un papel de lágrimas y alabanzas, y el meditado y sobrio The New York Times, entre otros medios norteamericanos y cubanos, publicó la noticia de su muerte en una nota encabezada por una frase contundentemente significativa: “Perico ha muerto.”  Y se abulta aun más el álbum de recuerdos del burro santaclareño, con este otro detalle. Los estudiantes de primaria de mi generación, niña aún en los años 50, lo conocieron en un libro nacional de lectura que le dedicaba una crónica. A Perico quizás lo aventajen mundialmente en nombradía el asno del Domingo de Ramos, el de Sancho Panza y el burrito Platero. Ellos tuvieron a los evangelistas, a Miguel de Cervantes y a Juan Ramón Jiménez como cronistas. Perico, con una existencia probablemente más enjundiosa y versátil, no ha hallado aún biógrafos, tan competentes como aquellos, que lo pongan a vivir para siempre en la relectura.Sé que diré enseguida una frase corriente, un hallazgo anterior de mil bocas. Pero es la síntesis cabal del valor de aquel burro cuyo deceso en prestigio de humanidad,  el 26 de febrero de 1947, a los 33 años,  movilizó el luto en Santa Clara. Perico demostró, en suma, que un burro puede no ser tan burro. Definición compuesta, naturalmente, desde el punto de vista humano. Porque, como les contaré, los habitantes de Santa Clara amaron a Perico por actos que parecían copias de la conducta de hombres y mujeres. Incluso, en la estatua que lo rememora en un parque de la ciudad de Marta Abreu, creo ver al pollino en posición human: en dos patas. Desde la perspectiva asnal, Perico habría pensado que los hombres, al quererlo, se portaron un tanto como burros. Esto es, noble, abnegada, tolerantemente...Perico nació en la loma de Cerro Calvo, en los contornos de la ciudad, aproximadamente hacia 1914. De allí salió a cumplir el destino usual de los asnos. Ah, si lo hubieran elegido como cabalgadura de un profeta, o de un escudero, o como juguete de un niño poeta, su gloria tuviera mayores ecos de artificios, de cascabeles. Fue, sin embargo, a tirar de un carretón de helados, y luego de otro  donde se vendían objetos de ferretería, y finalmente, arrastró un carromato que recogía botellas. Siempre con el mismo amo, Bienvenido Pérez, alias Lea, persona generosa. Porque, además de tratarlo con afecto, cuando quince años más tarde prosperó y adquirió un vehículo motorizado, premió al burro jubilándolo, otorgándole el diploma de libertad para que transitara en horas diurnas por las calles y, al anochecer, retornara a casa, y para que una vez al año fuera a Cerro Calvo, como gustaba de hacer a veces sin permiso, a solazarse con los burros que nacían y crecían en aquel criadero. Muchos pensaban que esa excursión a sus corrales nativos la exigían ciertas urgencias genésicas. Mal pensamiento. Porque Perico era casto. Había sido castrado antes de salir al mundo a trabajar. Fábrica de burros –decían los Pacheco, dueños del criadero- sólo la de Cerro Calvo. Ese era el negocio, como apunta un relato de Mario Crespo, en 1976.En lo inmediato a Perico no le satisfizo el retiro. Y en ello se asemejó también a ciertas personas que estiman que dejar de trabajar equivale a aislarse, a someterse al olvido. Y cuentan que cuando el burro vio el carro por el cual lo apartaban, puso sus patas sobre la defensa para impedir que rodara. La rebeldía duró minutos. Asumió su nuevo destino. Y en ese instante Perico comenzó a labrar su definitiva identidad. Poco a poco fue ingiriéndose como una presencia habitual y cansina en las calles. Como un detalle. Una estampa de mansedumbre. Como una tradición que enriquecerá la memoria de la ciudad fundada a fines del siglo XVII, tras una bronca con ciertos habitantes de Remedios, opuestos a un nuevo asentamiento, hacia el centro,  pues el pueblo se exponía demasiado en la costa norte al cuchillo de piratas y corsarios.Trotaba Perico, cabizbajo, por las calles más céntricas. Por Villuendas, Marta Abreu. Por todos los barrios. La Pastora, el Carmen,  Buen Viaje. Al principio no fue comprendido, ni tolerado. Pero un día y otro, y un caramelo de un niño aquí, un sorbo de refresco allá. Y no se sabe con exactitud cuándo, un tarde Perico tocó con sus cascos a una puerta y rebuznó, de modo tan delicado, fino, considerado, que el toque y el rebuzno le parecieron a la familia como de humanos. Y le dieron pan. Y jornada tras jornada, el burro pasaba a la misma hora, por las mismas casas, por la misma ruta. Y los automóviles frenaban para cederle el paso. Y él, si el tráfico aumentaba, subía a la acera. Para no estorbar.Una vez un policía, que estrenaba uniforme y garrote en el servicio y por tanto no conocía a Perico, lo vio en el medio de la calle y comenzó a espantarlo. No pudo con la voz. Y con el tolete lo golpeó. Perico se marchó. Los transeúntes protestaron por la violencia policial. Hasta un sargento, que oyó al pasar el reproche por acto tan cruel, insultó al agente y le advirtió:-¡Perico tiene los mismos derechos de cualquier ciudadano! Al burro no le bastaron las aclaraciones airadas del sargento. Y desde ese incidente, cuando veía de posta al policía abusador, modificaba su itinerario con un rodeo para sortear el riesgo.Bebía cerveza. Pero no tanta. Nunca adquirió el deleznable vicio que más tarde, en el Mirador de Mayabe, en Holguín, insuflaron en un inocente pollino, muerto después  y sustituido por otro que murió o morirá probablemente víctima de afecciones hepáticas. A Perico le gustaba fría. Y no se habituó a otra bebida alcohólica. Unos periodistas norteamericanos, pedantemente originales como otros norteamericanos que entonces visitaban a Cuba, lo invitaron a güisqui. Probó. Y Perico, con el trago en la boca, se disparó a correr. Fue la forma que adquirió su rechazo a esa bebida.Podría enumerar los centenares de anécdotas que componen la biografía del burro pilongo. Y ese título,  pilongo, que le entregó el senador Fileno de Cárdenas en la oración fúnebre  del entierro de Perico, es el gentilicio de los santaclareños que nacieron en la ciudad y, sobre todo,  se bautizaron en la pila de la iglesia parroquial mayor.Perico murió tranquilamente. Había vivido en la mansedumbre y en ella murió. Unas fiebres lo acometieron en la calle. Retornó a la botellería ubicada en San Cristóbal y Maceo. Y luego quedó quieto, quieto... Legaba, con su deceso, la  materia para componer una desmesurada crónica de elogios sobre la  excepcional capacidad del burrito para vivir en la sociedad humana. Unos dijeron que era un burro con  cerebro de persona. La esquela mortuoria califica su inteligencia de maravillosa y quienes la firmaron prometían  jamás olvidarlo, porque “era bueno e inteligente como humano”. Quizás la convivencia natural propició que el asno demostrara sus facultades como ser vivo.De cualquier forma, para que la fama de Perico quede completa, sea perenne, hace falta un libro que como otros de igual asunto se reedite o se estudie periódicamente. Lo merece. Un libro que yo empezaría así: Perico, granas de ocaso sus ojos negros, se va, manso, a un charquero de aguas de carmín... Y no sigo: me percato de que estoy recitando a Juan Ramón Jiménez. Es el autor que Perico aún espera. 

02/06/2006 19:28 Luis Sexto #. Curiosidades



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