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Guanahacabibes: La quimera del oro

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Una visión de la cola de Cuba 

Por Luis Sexto

 Recoleta, tímida, apenas advertida, la Península de Guanahacabibes encubre bajo su pequeñez y modestia de cola un enigma dorado que ciertos historiadores de lo utilitario valoran  en más de 200 millones de dólares. Es tierra de tesoros, porque hace dos o tres siglos fue solar clandestino de piratas y corsarios.

Lo más asombroso de esta historia es que nadie –que se conozca- ha visto jamás un tesoro completo, para confirmar cuanto se ha escrito y dicho sobre los misterios de Guanahacabibes. A lo sumo unas cuantas monedas antiguas, aparecidas en alguna cueva o playa, como indicios estimuladores de sueños y ambiciones, y leyendas. En ello, en fantasías y tentaciones, es rica esta península que en el extremo occidental de Cuba remata el Cabo de San Antonio. Hoy, deshabitada en su porción más boscosa y profunda, Guanahacabibes conserva un tesoro más tangible que el dinero o las joyas. Es el compuesto por la riqueza de su flora y fauna que la acreditaron para recibir el título de Reserva Mundial de la Biosfera, firmado por la UNESCO. 

Antes de 1959 la habitaron leñadores, carboneros, y criadores de cerdos. Por su inaccesibilidad e incomunicación era sitio ideal entonces para que piratas y corsarios y otros bandidos posteriores la utilizaran de escondrijo, como empleaban ciertos puntos del Caribe, entre los que figuraba la Isla de Tortuga.Piet Adriaenz Pita, Francis Drake, Francis Nau L’Olonais, Henry Morgan, en fin, ingleses, holandeses, franceses, estrellas de la delincuencia marítima internacional, ocultaron sus cofres en las cuevas que horadan el suelo pedregoso de la península, o levantaron campamentos en el Cabo, como también la llaman, para descansar de sus campañas de espada y pólvora.

Todo es nebuloso. Unos niegan la posibilidad de que existan cofres enterados o escondidos. Han sido el fruto de las ambiciones de gente de la ciudad, o invenciones de montunos que, empeñados en ganar amigos, alentaron a cuantos llegaron al Cabo con planos y sueños. Algunos, sin embargo, aseguran que hay dinero. Y mucho. Y no les preguntemos por las pruebas. Un cabero célebre, Fisco Valera, recientemente fallecido, sostenía que existen creencias que no le reclaman pruebas al hombre. La cosas –apuntaba Fisco- tienen a veces un lenguaje que solo puede entenderse si uno lo escucha desde adentro.Los piratas, si no sus tesoros, dejaron en Guanacahabibes sus nombres.

Casi toda la geografía conserva en la toponimia huellas de la presencia de piratas, corsarios y filibusteros. La Punta del Holandés, el Caletón del Judío, la Playa de los Ingleses, Las tumbas de Noroña, la Playa de Perjuicio. Y un nombre muy singular: Las Tetas de María la Gorda, promontorio que se conocía como Vigía Antigua y ganó ese apelativo femenino, porque se asemeja al busto de una mujer.Uno de sus sitios turísticos más encarecidos, es precisamente la playa de María la Gorda. Dedicado al buceo, guarda una leyenda que se relaciona con tan sugestivo nombre. María la Gorda,  era hija de un  capitán español, que estableció en Guanahacabibes un campamento con el propósito de buscar el tesoro de la catedral de Mérida escondido, según afirma la tradición, en una cueva. El oficial murió, y su hija que lo acompañaba permaneció allí, edificó un poblado y se dedicó a abastecer de alimentos y otras productos, además de mujeres, a las tripulaciones que recalaban en la ensenada de Corrientes. Con el tiempo fue perdiendo esbeltez  y hermosura hasta ser llamada  María la Gorda. ¿Existió o es un mito? No se sabe. Solo sabemos que el nombre sobrevive sin que nadie se haya atrevido a cambiarlo, como probando que esa tierra fue refugio de piratas y fugitivos. Y tal vez de tesoros. 

31/05/2006 12:09 Luis Sexto #. Curiosidades



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