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"NOSOTROS", EL BOLERO ETERNO

 Por Luis Sexto
 

El bolero Nosotros pertenece a Pedro Junco. Y también es mío. Ah, si aquella mi primera noviecita imposible pudiera hablar desde su deceso a destiempo -enferma de los “clavos adelantados de sus pechos”-, sabría decir que debimos separarnos a causa de tantas inexplicables, silentes miradas que la madre atrapaba celosa a la puerta de su casa, frontera con la mía. “No es falta de cariño… te quiero con el alma. No me preguntes más”. Nosotros se hacía nuestro. Como recurrente sentimentalidad melódica sin tiempo ni nombre.

La muerte prematura de Pedro Junco excedió el apotegma griego de que el que muere joven es un elegido de los dioses. Más bien se convirtió en dios, porque tras su fallecimiento el 25 de abril de 1943 comenzó a vivir en la inmortalidad de la leyenda. Tenía 23 años. Desde entonces, el pueblo en sucesivas generaciones se ha venido preguntando a quién dedicó  Nosotros, ese bolero que parece olvidarse y de pronto resurge en la voz de un cantante de moda, después de que mil voces precarias y anónimas lo tararearon para curarse los espasmos de una decepción

El autor, desde luego, vale por esa pieza y por otras que son apenas conocidas. Y perdura, a pesar de no haber sobrepasado el borde de la madurez creadora, por haberse insertado en un movimiento de renovación musical que en los 40, en Cuba, profundizó en los valores del bolero y perfeccionó su concepción de poética popular. Y, además, porque junto con Orlando de la Rosa preludió el filing, que luego tomó cuerpo en Portillo de la Luz, José Antonio Méndez, Ángel Díaz, y varios más de nombradía imprescindible.

A qué mujer dedicó Pedro Junco Nosotros. La pregunta continúa vigente desde el deceso de su autor, como perfumada por la leyenda, y no admite una respuesta única, contundente. Pudo ser a una u a otra, a esta o a aquella. O a ninguna. En la vida del compositor hubo más mujeres que años. Cuatro antes de morir, escribió en su Diario el 13 de marzo de 1939: “Esta noche, sin quererlo, se me juntaron tres novia: Marta, Rosa y Silenia.” Si uno ignorara que ese hijo privilegiado de una familia de clase media de la ciudad de Pinar del Río, dotado de estatura y fisonomía cinematográficas, había también estudiado música y ya posiblemente componía y solo lo distanciaban dos años de estrenar su antológico bolero, al leer su Diario uno concluiría que esos apuntes procedían de un joven corriente que transitaba por el momento más ebullente e irreprimible de la masculinidad.

¿Es caso preciso suponer que Nosotros fue dedicado a una mujer real? El artista tiende a inventar sensaciones, paraísos, damas, torres y escaleras sin el urgente reclamo de una experiencia propia. Le bastan, incluso, las ajenas. Nosotros,  como sabemos, telegrafía un mensaje que, tras la muerte del creador, casi inmediata al estreno de la canción, obliga a suponer una destinataria. Una musa. La obra dramatiza la agonía de un amor indubitable. El caballero, sin explicar razones, renuncia a la amada, le dibuja la imposibilidad, le armoniza el adiós definitivo. Dos antes más tarde, el poeta muere de tuberculosis. Y bastan esos datos para que la especulación se acomode en un blando sofá, porque ella, la mujer, tuvo que existir. ¿No le decía el músico que aunque “nos queremos tanto, debemos separarnos, no me preguntes más”?

Nadie ha encontrado la prueba escrita de que el célebre bolero haya sido una necesidad, una situación real, del autor. La tradición, nutrida por amigos de Junco, señaló a una colegiala de mediana estatura, ojos anchos y oscuros, piel blanquísima, pelo negro y naturalmente ondulado. Ella, hija de una familia también agraciada por la fortuna, fue el ideal inalcanzable, la otra mitad que hizo del amor “un sol maravilloso”, un “romance tan divino”.  Se llamaba María Victoria Mora. Pruebas hay de que Pedrito la amó por encima de las mujeres que paralelamente se vincularon al candente, intenso y plural Eros del músico. He leído una libreta donde él escribía los borradores de sus cartas amatorias. Había letras para María Victoria y otra dama de nombre público en la cultura, Rosa América Cohalla, poetisa. Y en el medio para  Gladys, Esther, Leonila, Odila y otras. A Rosa América, con quien coprotagonizó un apasionado romance,  le confesó en una carta: “Tú sabes bien cuál sobre todas me gusta y ansío...”  Era María Victoria, cuyos padres se oponían al noviazgo de su hija con Junco, porque al parecer sabían que este estaba enfermo de tuberculosis, entonces enfermedad maldita, o que en su familia había antecedentes del mal.  Lo curioso es que, después  del estreno de Nosotros, en 1941, en el teatro Aida de Pinar del Río, Junco escribe a Rosa América y le comunica que “de mi romance imposible no tengo casi nada nuevo, solamente proyectos para una entrevista, pronto, en La Habana.” Y añade: “Pienso realizar mis sueños.”

Cómo, si todavía la buscaba y la esperaba, iba a sellar definitiva y dramáticamente aquel romance con una canción. Desde luego, el artista asume la facultad de anticipar sensaciones, prever destinos,  inventar la vida.  Pudo pensar en ella mientras componía Nosotros. Mas, en ninguna de las cartas a María Victoria, consultadas por mí, le informa la existencia de la pieza. En cambio, a Rosa América le dedica Me lo dijo el mar. Y se lo confiesa en una carta. “La hice solamente pensando en ti, en nuestro algo que no es.” ¿Por qué a esta sí la entera y a aquella no?

Esos son secretos que persisten en mantener la hermeticidad. Pero, de cualquier forma, la canción existe y el tiempo la enriquece envolviéndola en un halo de soledad, tristeza, desesperación, ingredientes de una leyenda que, si no cierta, palpita como la vida. Y en cuya certeza futura, innombrables caballeros volverán a cantar, con los húmedos latidos del adiós, que “no es falta de cariño/ te quiero con el alma/ y en nombre de este amor/ y por tu bien te digo adiós”.

En fin, el bolero eterno. Tuyo, mío. Nuestro.

03/05/2006 13:46 Luis Sexto #. Curiosidades



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