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LO QUE ES Y NO ES LA CLARIDAD EN EL ESTILO PERIODÍSTICO

 Por Luis Sexto

Fragmentos del libro "Literatura y Periodismo, el arte de las alianzas", publicado por la Editorial Pablo de la Torriente, La Habana.

La claridad se empina como el requisito insignia en el estilo del periodismo. Escribimos los periodistas para ser comprendidos inmediatamente la mayoría de las veces. La evolución técnica y tecnológica de nuestra profesión ha procurado, incluso, que lectores u oyentes se sintonicen más aceleradamente con el mensaje de los medios. El lead con sus cuatro preguntas básicas –rescatado de la antigüedad clásica, según sostiene Raúl Peñaranda- se propuso conquistar al lector que la modernidad capitalista iba generando. Un lector espoleado por el trabajo urgente de las industrias que solo podría leer en un tiempo siempre precario, tenso. Todo, pues, breve y, sobre todo, claro. Influía también en ese afán un hecho económico: la actividad editorial dejaba de fundamentarse en la divulgación de las ideas, en el careo de partidos y grupos políticos, para asumir la práctica de una empresa informativa. Mark Twain, en Un yanqui de Conneticut en la corte del rey Arturo, habla de fundar en Londres un periódico, porque no se concibe una sociedad sin él. Por supuesto, un diario informativo de acuerdo con la dinámica concepción capitalista de la sociedad estadounidense.

La claridad, por supuesto, no es un hallazgo del periodismo. Horacio, desde la antigüedad latina, advierte que “el entender es el principio y la fuente del bien escribir”. Y en qué consiste la claridad. Habitualmente los profesores recomiendan emplear palabras comunes, y trasmiten, así, el síndrome de la palabra rebuscada que es, según ese criterio, el vocablo raro, inusual. Por encima del techo de la comprensión general. Es una tendencia propia de muchos aprendices inquietos por la voluntad de estilo. No me niego a reproducir un fragmento de una entrevista de James Irby con  Jorge Luis Borges.  “Yo antes escribía de una manera barroca, muy artificiosa. Me pasaba lo que le pasa a muchos escritores jóvenes, creo. Por timidez creía que si hablaba sencillamente la gente creería que no sabía escribir. Sentía la necesidad de demostrar que sabía muchas palabras raras y que sabía combinarlas de un modo sorprendente.”

En lo que respecta a ese asunto, me parece que no hay palabras rebuscadas, sino fuera de lugar. Quizás sea lo mismo. Pero, a mi modo de ver, la palabra disuena, suena rebuscadamente, cuando no encaja en el nivel del lenguaje de un autor. ¿Podríamos acaso acusar de rebuscado a Lezama Lima? Cada término allegado por el creador de La cantidad
hechizada se inserta cumplidamente dentro de los límites culturales de su expresión. En Lezama la palabra más llana pecaría de rebuscamiento si no participara en la altura del resto de su lenguaje. En él, quizás, la palabra irregular debería sustituirse por heteróclito. El rebuscamiento proviene, por lo general, de la impericia o  la incultura. Quien no sabe escribir hurga en los breviarios de sinónimos, y como la imprecisión lo guía, cuando elige, selecciona el término que produce una ruptura del lenguaje. Como un crujido que denota la quiebra de la naturalidad.

El miedo al rebuscamiento, pues, aqueja a muchos periodistas y editores. Y condiciona actitudes honradas. Pero  puede por momentos emparentarse con un concepto reaccionario.  El poeta y narrador Félix Pita Rodríguez me contaba que, siendo el autor dramático más oído en la cadena CMQ, hacia los 1950, uno de sus propietarios –Goar o Abel Mestre- le recomendó muy severamente que “bajara el nivel, pues él escribía para un pueblo con una edad mental de siete años.” El autor de Corcel de Fuego, revolucionario en letra y espíritu, le respondió que por ello mismo no lo bajaba. “Yo quiero, señor, que algún día el pueblo tenga 28 años de edad.” Se colige de la anécdota que escribir para el pueblo es ascender, y las palabras, que componen la escalera, tienden lógicamente a subir. Mas, apartémonos de esa discusión, porque no es su momento, y clasifica  además como demasiado peliaguda. 

Digamos, así, que la claridad depende, en cierta medida, de las palabras,  pero el factor lexicográfico no implica el mayor riesgo. Existe una oscuridad textual que no puede achacársele a la dicción. Corresponde al pensamiento. De este tipo fueron las que enloquecieron a don Alonso Quijano. Por descifrarlas pasaba las noches de claro en claro y los días de turbio en turbio sin que brotara la luz de esfuerzo tan empecinado.  Por ejemplo:

Los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas os fortifican y os hacen merecedoras del merecimiento que merece la vuestra grandeza. 

Leía esta frase el hidalgo manchego en un libro de caballería. No la comprendía. ¿Y por qué parece oscura?  Simplemente, porque solo puede hacerse claro lo que es, y en este período falta un ingrediente básico: el pensamiento. Predomina la vacuidad, y el vacío es ininteligible. O, por lo mínimo, suscita la confusión que lo hace inaprensible. Escribe claro quien piensa claro, nos recordó Miguel de Unamuno.

Voy ahora a citar un párrafo de cierta nota informativa donde no aparece una palabra fuera de la normalidad. Sin embargo, sobresale por las sombras. Comprenderlo supone una fatiga, si llegamos a leerlo hasta el final.

Más allá de los números (este año terminarán unas 3 000 viviendas y rehabilitarán otras 2 000 y tienen 7 000 en diferentes fases de construcción; han producido millón y medio de tejas criollas; emplean marabú en la fabricación de puerta, ventanas y algunos muebles), del ahorro de cemento que implica el mampuesto (más de una tonelada menos comparado con las tradicionales de bajo costo) y de algunas reglas propias para elevar la cultura habitacional, como la prohibición de construir casas de madera y techo de guano o el uso de celosías a modo de ventanales, o para incentivar la celeridad constructiva –no hay escalafón para entregar materiales sino que prima que “al que más avanza es al que más se ayuda”-, Peña insistió en que la participación de la gente, de la familia en la construcción de su vivienda, es lo que da valor a este movimiento popular y rinde más frutos.

Como se ve, el periodista no empleó ninguna palabra extraña, ajena a la compresión unánime. Sin embargo, qué ha pretendido informar, pregunta uno, porque el párrafo logra una oscuridad que proviene de su enrevesada  composición. El abigarramiento de datos  en incidentales dentro de incidentales, y la separación entre el sujeto y el verbo y uno de los complementos fundamentales del predicado (más allá de las cifras) convierten el enunciado en una carretera de montaña: en plenitud de curvas; no se divisa el horizonte. Si un lector se interesara, tendría que invertir un tiempo superior al que merece un texto de esa índole, para organizar de modo coherente un cúmulo de información sin jerarquizar.

La claridad, más bien, depende de la sintaxis, del orden y la longitud de las frases. Un término fuera de norma podrá comprenderse mediante la influencia del contexto. O el juicio del diccionario. Pero párrafos ordenados de modo tan estrecho e inarmónico entorpecen la lectura de modo que, al primer extravío, el lector desiste.  El párrafo del ejemplo, publicado en un diario, se clasifica dentro del estilo sintético que algunos llaman envolvente y yo, modestamente, de bolsa. Esto es, una cosa dentro de la otra. A partir de ahora puede arreciarse la polémica. No pretendo imponer una regla. Mas, si como definió Azorín, escribir es poner una cosa al lado de la otra, el estilo que encaja, sobre todo en el periodismo, es el cortado, en su nombre más popular, y analítico en el más teórico. Y consiste en la mezcla de frases breves y frases un tanto más largas, y, según señaló Juan Rulfo, con  el sujeto, el verbo y los complementos como puntos de apoyo,  y, con el punto y seguido -añado yo- de piedra sillar sobre la cual se asiente la estructura del párrafo.

Deseo, no obstante el ejemplo propuesto,  abundar. Seguidamente cito otro momento de tinieblas en un texto publicado en una revista.

Una de mis más gratas satisfacciones al iniciar estas notas es la de presentarles una anécdota de nuestro inmortal Finlay totalmente desconocida hasta este momento, al haberla pasado por alto sus historiadores en la seguridad de que este hombre extraordinario era tan moralmente excelso que una expresión adicional, de carácter íntimo, en familia, no podría aumentar jamás el plano cimero que sus merecimientos ya le habían conquistado, pero, para mi padre, que se encontraba en la casa del sabio cuando se le notificó que no recibiría el Premio Nobel –debido a las razones que no es necesario apuntar para no ver la pequeñez de los hombres una vez más- constituyó un axioma filosófico de tal envergadura que siempre lo recordó, es más, grabó aquellas palabras de respuesta del sabio con tanta firmeza en mi consciente, para guía y norma, para confrontar vicisitudes, defraudaciones, incomprensiones o reacciones de mala fe del ambiente en que me moviera, que llegaron a convertirse quizá si en máxima de base al desarrollo de mi carácter...

Es, a simple vista, una demostración infeliz del estilo envolvente: una oración sobre otra, o dentro de otra. Ni un punto. Resulta, pues, una evidente falta de claridad;  necesitamos más de una lectura. Y oímos la desarmonía general del párrafo. Póngalo usted en estilo periodístico. Verá cómo mejora.

El estilo cortado no es un invento contemporáneo. El propio Azorín, uno de sus artífices en nuestra lengua, recuerda que en el siglo XVIII, en un pueblito nombrado Río Frío, el cura don Jacinto Bajarano compuso un libro sobre el arte de escribir en el cual recomendaba la frase breve como clave de un estilo dúctil y claro. Y entre el siglo XIX y XX, William Randolph Hearst, a quien podemos reprocharle diversas insuficiencias éticas, pero reconocerle capacidad  y eficacia periodísticas, exigía a los redactores de sus numerosos periódicos que no lo dijeran todo en una sola oración. Decía Hearst: “He pedido muchas veces que los reporteros y corresponsales de nuestros diarios escriban con párrafos cortos. En la mayor parte de lo que se escribe en los diarios se incurre en el error de que el cronista trata de decir todo lo que sabe en una sola oración. Esto recarga la lectura y a veces cuesta trabajo entender lo que se dice. Es fácil fraccionar los temas en frases cortas y hacer más párrafos, de manera que este resulte más legible y comprensible.”

La tradición, que opera también en la perdurabilidad y funcionamiento de los estilos, estableció en Cuba el uso del procedimiento analítico. Una cosa al lado de la otra. Muchas de las mejores prosas del siglo XX, se caracterizan por el predominio de la frase breve. Martí, inmerso en los preliminares del 1900, es, desde luego, un caso estilístico único. Él sabía salir airosamente de los encaracolamientos del estilo envolvente y conseguir una expresión que conmoviera  y desgarrara. Imitarlo implica el riesgo de que se nos vea el índice del maestro. Sin embargo, en su Diario: de Cabo Haitiano a Dos Ríos, Martí logra anticipar la prosa nerviosa, rápida, ágil que distinguirá, al menos en lo periodístico,  a numerosos autores.

Ejemplifiquemos.

JORGE MAÑACH
 
            Una cosa es, en efecto, el problema histórico de un pueblo y otra su problema  político. Acaso esta diferencia se aclare, por analogía, comparándola con la que se produce en la formación individual. Es viejo el debate entre el determinismo y el libre albedrío. El hombre nace, en gran medida, determinado por antecedentes y circunstancias ajenas a su voluntad moral.
          

RAÚL ROA

   No soy de los que ponen  en cuarentena las virtudes del pueblo cubano. Conozco su historia. Y eso me basta para mantenerme perennemente encendida la fe en sus destinos. Ningún relato más reconfortante y aleccionador que el de sus sacrificios, abnegaciones y bizarrías. De sus lágrimas, sudores, bravuras y afanes brotó la nación. 
ONELIO JORGE CARDOSO  

   Llueve que parece que nunca va a acabar. De la falda de la montaña baja el agua siguiendo los trillos en turbios arroyuelos cargados de hojas y palos secos. Los arroyuelos se juntan a las cañadas y luego las cañadas hechas verdaderos ríos van al San Cristóbal cuyo sonido fuerte se confunde con el aguacero. Una abuela con sus nietos ha estado esperando  sin hablar y mirando al cielo, pero al fin se levanta y le habla a los suyos: hay que irse como sea. Ellos viven del otro lado del río y con media hora más de espera, el San Cristóbal no dejará pasar a nadie durante un día o dos. Entonces se van. Ella no lleva nada que le cubra ni siquiera la cabeza.

 

ALEJO CARPENTIER
         

 En los últimos años de su vida, Emilio Salgari se tornó de un humor sombrío; tenía manías persecutorias y se creía hostilizado por enemigos imaginarios. A fines de abril de 1911, se suicidó, arrojándose –según creo- de lo más alto de una torre, en Turín. Estaba a punto de cumplir cuarenta y nueve años y dejaba tras de si, un centenar de novelas.

FERNANDO G. CAMPOAMOR

A La Habana hay que vivirla por dentro, al decir clásico, luego de amarla a primera vista. La Habana del cielo y el mar endrinos a la luz nocturna. Es ciudad que derrama la gracia cordial como un brebaje de salud fraterna. En los techos de barro y en las persianas, en las ventanas de hierro y en los vitrales, el viento marinero la guarda en salmuera para que jamás pierda su palpitación cardiaca, su levadura en fermentación. Bien conocida, querida a fondo, hay que plagiar la frase que Michelet le dejó como una flor a París: “Esta ciudad fue todo para mí.”

 

Imponer una prosa tan ágil, sencilla, en los periódicos ha sido una labor espinosa. El propio Félix Pita Rodríguez me participaba que en el diario Noticias de Hoy, durante la década de los 1940, él predicaba la vigencia de la frase corta. Mucho punto y seguido, compañeros, aconsejaba, porque lo usual era el abigarramiento de las oraciones. Veinte años antes, Miguel Ángel de la Torre, uno de los cronistas ejemplares del momento, hablaba del espíritu de cobrador de cuentas que se había colado en el ejercicio del periodismo, y con el que se armaba una prensa plomiza y farragosa, renuente a  los rigores estilísticos que  ordenan los enunciados de la prensa.

Ahora bien, el llamado estilo cortado esconde sus trampas. Hemos de juzgarlo desde sus resultados negativos, aquellos que provocan una ruptura de la armonía mediante el monótono martilleo de frases cortas sin articulación. Si tradujéramos a un gráfico el efecto de estos enunciados veríamos  una línea recta.

Imaginemos un libro o una crónica o un reportaje escrito a bases de frases breves desvertebradas. La impresión de monotonía, aburrimiento, rigidez oprimirían al lector. Cuando uno recomienda el estilo analítico, es decir, una palabra puesta junto a la otra, una cosa dicha a la vez, no está abogando por el “estilo telegráfico” que los tratadistas condenan.

Era su cuarto y último viaje aquel año de 1502. Un viaje pobremente armado. Carabelas maltrechas y escasas vituallas. Un viaje en derrota y de ilusiones perdidas. Acosado por las intrigas, y ya antes puesto en cadenas, Colón era un viejo achacoso. Apenas sobrepasados los 50 años. Atacado por el mal de la gota y el reumatismo.

El párrafo, apropiadamente redactado en sus orígenes, supera a la versión reproducida arriba:

Era su cuarto y último viaje aquel año de 1502, un viaje pobremente armado, con carabelas maltrechas y escasas vituallas, un viaje en derrota y de ilusiones perdidas. Acosado por las intrigas, y ya antes puesto en cadenas, Colón era un viejo achacoso, apenas sobrepasados los 50 años, atacado por el mal de la gota y el reumatismo.

En Cuba, Eladio Secades condujo el estilo cortado al extremo en Estampas de la época. El libro por momentos marea, a pesar del ingenio del escritor.

Me parece una aventura ensayar una semblanza del guapo criollo. El guapo es uno de los tipos más frecuentes en las corrientes de nuestra vida. Todos nosotros tenemos algo de valientes y algo de tenorios. Nuestro censo está dividido en cubanos que se fajan y en cubanos que no se fajan. El valor es un estado mental. Para ser valiente, o para ser cobarde, no hay más que empezar.

Advirtamos, no obstante, que por momentos es dable utilizar la fragmentación para conseguir efectos rítmicos y aligerar el enunciado, o enfatizar en ciertos rasgos, ciertos lugares, ciertos datos. Así la emplea Eugenio D’ors en un fragmento de La Bien Plantada, que podrá ofrecerse como un modelo para los periodistas, aunque sea  una novela de ficción.

Hemos dicho que existía en el cuerpo de la Bien Plantada una central falta de canon; es demasiado alta su cintura; en compensación, el resto se ajusta   a una proporción perfecta. Y también su movimiento se ajusta a una proporción perfecta. Y su manera de mirar. Y su voz. Y sus palabras. Y su manera de tender la mano. Y su manera de decirnos adiós. Y su manera de vivir. Y su manera de tratos y maneras. Y su manera de ser amiga. Y, no hay que decirlo, su manera de bailar. Así –y no de otro modo que una gota de aceite en una extensión de ondas agitadas- la presencia de la Bien Plantada lo aquieta, serena y ordena todo en muchos, en muchos pasos a la redonda y en muchas, muchas almas de la cercanía

Lo racional supone combinar, establecer un contrapunto entre frases cortas y otras largas o más largas. Y entonces el gráfico que pudiera obtenerse de su representación estaría regido por la variedad: entrantes y salientes  mezclados con períodos planos. Así:

En compañía del fotógrafo Héctor García recorro la ciudad de México. De pronto, andamos ya por el barrio de Tepito. Viernes Santo. Héctor se detiene ante un puesto, para comerse dos empanadas de bacalao.

O así:

Es tiempo de abrir tu regalo. Los de latón y de vidrio se gastan en un día y desaparecen. Tengo uno mejor para ti: un anillo. Centellea con luz especial y nadie puede quitártelo; ni destruirlo. Eres la única que puede verlo, tal como yo fui el único que pude verlo cuando era mío. Te otorga un nuevo poder. Usándolo te elevas en las alas de todas las aves...  ves a través de sus ojos, tocas el viento que sopla entre sus alas, conoces el júbilo de llegar muy alto y todas sus preocupaciones. Puedes permanecer en el cielo, después de la noche o con la salida del sol. Cuando bajes tus preguntas tendrán respuestas y tus angustias habrán desaparecido.

Modifiquemos respetuosamente la entrada de “El guapo criollo”, de Secades, citado más  arriba:

Me parece una aventura ensayar una semblanza del guapo criollo, porque   el guapo es uno de los tipos más frecuentes en las corrientes de nuestra vida. Casi todos nosotros tenemos algo de valientes y algo de tenorios. Y así nuestro censo está dividido en cubanos que se fajan y en cubanos que no se fajan. El valor es un estado mental. Por ello, para ser valiente, o para ser cobarde, no hay más que empezar.

El punto y seguido es en este estilo el foco alrededor del cual gira la expresión; sin embargo, no se precisa que lo dejen solo, independiente. Requiere de la articulación con elementos oracionales: conjunciones, preposiciones y elementos retrospectivos o prospectivos que le presten al enunciado soltura y movimiento.  Y, sobre todo, lo abastezcan de armonía, “la cualidad esencial del arte de escribir”, de acuerdo con un criterio que, luego de todo lo expuesto en estas páginas, parece razonable.




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