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EL DOBLE FILO DEL ADJETIVO

Por  Luis Sexto

Cierta noche  miraba el Noticiero Nacional de Televisión -que así se llama desde hace 40 años lo que en puridad es un noticiario- cuando escuché a un reportero referirse a “un fructífero proceso” de no importa ahora  qué cosa.  Y de improviso tuve la revelación gráfica, audible, en fin, real, de cuanto uno oye o lee en cátedras académicas o bibliográficas sobre el adjetivo y su papel técnico  estilístico.

Recibí, pues, la inspiración de incoar una causa sumaria al por momentos estéril,  redundante o adulterador adjetivo. Ideas y principios gramaticales sobran, de modo que nada sorprendente podré yo allegar. Por tanto, mi análisis no se concentrará en la gramática, más bien en la técnica y el estilo.  El adjetivo, lo sabemos, es una parte de la oración. Existe en nuestra  y en otras lenguas con una función muy específica: califica o determina al sustantivo mediante una subordinación de índole descriptiva, numérica, ordinal, extensiva.  Por ello, no hay que huirle, temerle a ultranza, como al gerundio cuya mala fama ya sugiere que es una forma verbal bastarda en el castellano. ¡Tanto  lo esquivamos! Pero hay que advertir que lo que se ha de evitar es el gerundio mal usado, porque el correcto es propio y necesario en el esquema de la expresión Y, por analogía, se ha de sortear el adjetivo inoportuno, gratuito, convertido en epíteto, esto es, innecesario, exangüe, sin vigor.

 Los tratadistas del estilo y también estilistas reconocidos –Azorín entre otros- recomiendan emplear con sobriedad el adjetivo: donde hay uno no hacen falta dos. Está bien. Pero a mi parecer,  sobran e implican un riesgo estilístico, sobre todo, los adjetivos que componen fórmulas desgastadas como  hierba verde,  cielo azul,  gran escritor,  fiel guardián,  amigo leal, y otros del mismo corte que acompañan redundantemente a un sustantivo cuya naturaleza semántica porta la cualidad que le quieren adjuntar. La hierba es habitualmente verde y  parece lógico que solo se le adjunte el matiz cromático cuando no sea verde. El litigio no es con el adjetivo. Decididamente con su pobreza, su presencia artificiosa, su uso automático. Conozco escritores que lo mejor de su estilo radica en el uso de cadenas de adjetivos, deslumbrantes por singulares y útiles. La tendencia al énfasis produce enunciados tan conocidos por su tremendismo como este: El reo se subió tembloroso al aterrador patíbulo donde pagará su horrendo crimen.  Y la retórica tiende a estos giros: En el pináculo de la Historia, sobre  los picachos excelsos de los Andes y entre el vuelo de las águilas, Simón Bolívar relumbra con los destellos aurorales de la gloria, inmerss en los florilegios concebidos por la mano sacrosanta del sacrificio. De ambos horrendos “estilos” hemos de huir temblando de pavor. ¿No?

Ahora bien, el periodismo mantiene aprensiones contra el adjetivo también por razones técnicas. La nota informativa, por su esencia objetiva, impersonal, exige la ausencia de ciertos adjetivos, en particular aquellos que implican una opinión atribuible al periodista. Ese es el problema de la información mencionada al principio de esta página. ¿Cómo puede el reportero calificar de fructífero un proceso: lo conoce tan profundamente para ello;  resulta además imprescindible calificarlo?  Podrá ser fructífero, no lo dudo. Pero  a la nota informativa  más que calificar le corresponde informar. Habrá que valorar al comentar lo que pasa, no al contar lo que pasa, según los términos del recurrente y útil del Curso de redacción de Martín Vivaldi. De cualquier forma, si fuera imprescindible el calificativo, lo técnicamente procedente sería reproducirlo en palabras de una fuente, de una voz autorizada por su dominio o sus vínculos del universo interior de la información, para  salvar al reportero de una inclusión perturbadora.  Lo que al periodista compete, en este ejemplo, es demostrar con los datos  “lo fructífero del proceso”. La acumulación y jerarquización de hechos, cifras y opiniones ajenas  logran la credibilidad del enunciado.

En medio de una evolución técnica que tiende mundialmente a mezclar los géneros,  a los periodistas nos corresponde mezclar solo lo mezclable. Pero la nota informativa, esto es, la noticia, ha de permanecer pura, incontaminada., sobre todo de opinión. Algún colega argüirá que en un periódico, un medio cualquiera, todo es opinión. Y es cierto, pero no toda opinión se expresa de igual forma, ni con los mismos ingredientes.  Desde su ubicación en la plana, su extensión, hasta los verbos y adverbios y adjetivos puede opinarse en la nota informativa, pero sabia, subliminalmente. Como indica Alex Grijelmo en su Estilo del periodista, un discurso, por ejemplo, se valora en la nota informativa utilizando verbos que maticen la expresión. No solo el personaje “aseguró, aseveró, dijo, añadió, declaró, apuntó”, sino “espetó, resaltó, anticipó, lamentó, bromeó, ironizó, precisó, enfatizó.”  Con estas fórmulas sustituimos valoraciones explicitas como  fue “un discurso ingenioso, atrevido, chistoso”, que implican el ejercicio crítico de un reportero que solo reporta, informa de un hecho.  Los adverbios, adjetivos del verbo, sea dicho de paso, traicionan también al reportero apremiado por el tiempo u olvidado de su  función.  Proscrita ha de ser la tendencia a decir que “el ministro habló largamente y machaconamente”. Lo cual equivaldría a “largo y machacón discurso”.  Quizás, como aconsejaría el dominio de la técnica y el estilo periodísticos, ese enunciado se expresaría de manera más visiblemente objetiva con recursos que calificaran sin calificar.  Digamos: “Durante su discurso de más de una hora, el ministro repitió varias veces que el comercio bilateral con Canadá se desarrolla fructíferamente”.

En resumen, adjetivos en operación descriptiva pueden resultar atinado: “La carretera, recta y plana en la mayor parte de su longitud,  necesitó la inversión de 20 millones de dólares.” Pero hemos, en apego a las exigencias de la nota informativa, suprimir los que valoran a un personaje, un fenómeno o un hecho. Porque la noticia no es palabrería. Y el abuso del adjetivo calificando todo de histórico, trascendental, único, o de sus opuestos,  invalida la eficacia de la información.

Un dato vale por mil adjetivos.




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